Mónica García era anestesista en el Hospital 12 de Octubre. Lo de dormirte y que no notes el dolor lo conoce desde dentro. Confieso que cuando en noviembre de 2023 dejó su escaño en la Asamblea de Madrid para asumir el Ministerio de Sanidad, sentí algo parecido a la esperanza. No esperanza política: esperanza técnica. Por fin, pensamos muchos, alguien que ha tocado un paciente de verdad, que ha puesto una vía, que sabe lo que es una guardia de 24 horas porque las ha hecho. Hoy, dos años y pico después, lo de dormirte y que no notes el dolor lo conocen sus votantes y todo el sistema sanitario. La realidad es sencilla y cruel.
Los médicos españoles llevan convocando huelgas nacionales desde junio de 2025 sin parar. El 13 de junio de 2025, primera gran jornada, calificada por los propios sindicatos como histórica. El 3 de octubre, segunda. El 9-12 de diciembre, tercera. Y en 2026, el modelo se ha endurecido: ya no es una jornada suelta. Son semanas enteras de paro, una al mes, de febrero a junio: del 16 al 20 de febrero, del 16 al 20 de marzo, del 27 al 30 de abril, del 18 al 22 de mayo y del 15 al 19 de junio. Una huelga indefinida estructurada por tramos. Un cronograma de protesta que no tiene precedentes en la historia reciente de la sanidad española.
Y lo más revelador no es la duración. Es quién la convoca. La Confederación Española de Sindicatos Médicos, el Sindicato Médico Andaluz, Metges de Catalunya, AMYTS, el Sindicato Médico de Euskadi y O’MEGA han hecho frente común. Por primera vez desde que empezaron a existir estos sindicatos, toda la profesión médica se ha unido. Eso sí: en contra de la ministra. Como señaló con puntería el artículo de Crónica Global que da origen a esta columna, García ha logrado el único consenso sanitario de su mandato — y ha sido el sector entero poniéndose de acuerdo para irle en contra.
El coste asistencial no es menor. La Junta de Andalucía cifró en una carta oficial a la ministra la suspensión de 767.000 actos asistenciales a nivel nacional, exigiendo además su dimisión por «incapacidad negociadora». Solo en Madrid, las primeras jornadas de febrero supusieron 135.000 consultas suspendidas y 6.500 cirugías canceladas, con un coste estimado de 10 millones de euros. En Andalucía, más de 158.000 actos perdidos. En el País Vasco, las listas de espera quirúrgicas han crecido más de 15 días. Y el seguimiento de los paros, según los propios sindicatos, ronda el 80% en hospitales y el 50% en Atención Primaria.
Ochenta por ciento de seguimiento de huelga. Eso no es una huelga política. Eso es un colectivo harto.
El detonante formal es el anteproyecto del nuevo Estatuto Marco, que pretende actualizar una norma de 2003. Lo que en el papel sonaba a modernización necesaria, en la práctica ha resultado ser un texto que equipara a los médicos con el resto del personal A1 de la función pública, sin reconocer la singularidad del ejercicio médico, sin regular las guardias de 24 horas como jornada extraordinaria, sin abordar las semanas laborales que en muchos hospitales rozan las 90 horas. El mensaje de la profesión es sencillo: médico igual que funcionario de ventanilla, no. El mensaje del ministerio, durante meses, fue: esto es lo que hay.
A mí me mosquea especialmente un detalle. Cuando en enero de 2026 el ministerio anunció en rueda de prensa que había alcanzado un acuerdo con CCOO, UGT, SATSE y CSIF, los cuatro sindicatos mayoritarios del sistema pero no los médicos, los convocantes de la huelga respondieron con lo que había que responder: más huelga. Porque CCOO y UGT son sindicatos de empleados públicos. Los médicos tienen los suyos propios. Y a esos, nadie les había preguntado suficientemente bien.
Eso tiene un nombre en cualquier empresa: negociación con los que dicen que sí y exclusión de los que dicen que no. En el mundo privado lo llaman mala praxis; en el sector público lo llaman gestión. Juzguen ustedes.
La guinda la puso la propia García cuando, ante la envergadura de la huelga, intentó politizarla atribuyéndola a la influencia de Ayuso sobre los médicos madrileños. Los sindicatos médicos —de toda España, recuerden, de Andalucía a Euskadi pasando por Galicia y Castilla-La Mancha— respondieron con lo que hay que responder a ese argumento: más convocatorias y una carta de los consejeros del PP en bloque exigiendo a Pedro Sánchez su sustitución inmediata si no hay acuerdo. El consejero de Castilla y León, Alejandro Vázquez, portavoz del bloque, fijó el plazo para el 27 de abril. Hoy es 26.
Permítanme un momento de honestidad sobre lo que de verdad falló aquí, porque creo que va más allá de un texto mal redactado.
Cuando Mónica García llegó al ministerio, muchos esperábamos que gestionara con criterio técnico. Lo que encontramos fue gestión con criterio de partido. La diferencia entre las dos cosas es la siguiente: el criterio técnico dice «los médicos necesitan un estatuto propio porque su jornada es distinta a la de cualquier otro funcionario y hay que regularlo así»; el criterio de partido dice «si lo hacemos así, debilitamos el discurso sobre la igualdad en el empleo público y damos argumentos a la patronal sanitaria privada». La segunda lógica tiene coherencia ideológica. Pero produce huelgas.

Lo vi también en el episodio de la ley sobre colaboración público-privada, que en Cataluña levantó una tormenta considerable: el Cercle de Salut —el lobby más influyente del sector sanitario catalán, nada sospechoso de ser de derechas— puso el grito en el cielo porque una norma que pretendía defender la sanidad pública amenazaba con dinamitar el modelo de consorcios que hace funcionar la sanidad catalana. Cuando los defensores históricos de la sanidad pública te dicen que tu ley de defensa de la sanidad pública va a colapsar la sanidad pública, algo ha fallado.
Me consta que incluso dentro del sector sanitario, gente que había votado con entusiasmo a Más Madrid y que aplaudió su nombramiento, terminó decepcionada. No por su ideología. Sino porque esperaban a una médica gestionando la sanidad y encontraron a una política gestionando un ministerio de sanidad. Son cosas parecidas pero no son lo mismo.
¿Y ahora qué?
El sábado 25 de abril de 2026, en el auditorio del parque Paraíso del distrito de San Blas-Canillejas, Mónica García anunció ante los suyos que quiere ser candidata de Más Madrid a la Comunidad de Madrid en 2027. Sería su tercer pulso con Ayuso, tras 2021 y 2023. Y sin duda sería su tercera derrota. En 2023, al frente de Más Madrid, consiguió ser segunda fuerza por delante del PSOE — logro real, que nadie le quita. Pero el PP revalidó su mayoría absoluta entonces, y desde 2023 la situación no ha mejorado para la izquierda madrileña: la coalición llega fragmentada, el PSOE-M sin liderazgo claro y Sumar, como siempre, intentando articularse.
Díaz Ayuso, que tiene instinto político para estas cosas, se congratuló ya en el último pleno de la Asamblea de tener que dejar de debatir con lo que llamó un holograma. Con esa gracia suya para el remate, pone el dedo en algo real: García lleva meses con un pie en el ministerio y otro en la Asamblea, sin estar del todo en ninguno de los dos sitios. Y eso, en política, se paga.
Lo que me fastidia del anuncio no es la candidatura. Tiene todo el derecho del mundo a presentarse. Lo que me fastidia es el timing. Cuando una ministra anuncia que se va a presentar a unas elecciones regionales en plena crisis abierta de su ministerio, con cuatro rondas de huelga ya convocadas y dos más en el calendario, con 767.000 actos asistenciales perdidos y los consejeros autonómicos pidiéndole la cabeza, uno no puede evitar hacerse la pregunta incómoda: ¿está buscando Madrid porque quiere cambiar la Comunidad, o está buscando Madrid porque necesita sobrevivir a un ministerio que ya no puede sostener, y donde apenas se la cree nadie?
Cuatro años de salario autonómico y el título de «presidenta o candidata» es una salida muy digna para alguien que necesita urgentemente eso, una salida.
La realidad es que Mónica García va a pasar por la historia como la ministra de Sanidad que consiguió unir a toda la profesión médica. Que no es poco. Pero curiosamente fue en su contra.
Y mientras los médicos hacen huelga, ella corre hacia Madrid.
Corre, Mónica, corre.





