Hay un hecho fáctico que muchas personas prefieren ignorar: tener dinero guardado en una cuenta corriente no es ahorrar, es perder. Natalia de Santiago, experta en finanzas y autora de referencia en educación financiera, explica que la inflación no espera a que uno decida moverse, y que cada año de inacción tiene un coste real y acumulado.
De Santiago lleva años divulgando conceptos financieros para quienes siempre creyeron que las finanzas personales eran territorio de otros. Su enfoque huye del tecnicismo innecesario y va directo al comportamiento: qué hábitos concretos separan a quien construye patrimonio de quien simplemente sobrevive al mes.
La inflación devora lo que no se invierte: el error más común de los ahorradores

La inflación, explica De Santiago, no es un fenómeno abstracto que afecta a los precios del supermercado. Es una fuerza que actúa directamente sobre los ahorros de cualquier persona aunque esa persona no toque su dinero. Mil euros guardados hoy valdrán menos el año que viene, y aún menos el siguiente, porque la inflación se acumula año tras año sobre lo ya perdido.
Los datos que maneja De Santiago son contundentes. Entre 2004 y 2024, la inflación acumulada en España rondó el 55 por ciento. Eso significa que mil euros ahorrados hace veinte años equivalen hoy a poco más de quinientos en términos de poder adquisitivo real. La inflación, en palabras de la propia experta, es la kriptonita del ahorro. Y su antídoto no es ahorrar más, sino invertir lo ahorrado.
El error más frecuente que De Santiago observa en sus consultoras y lectores es dejar los ahorros a largo plazo sin ningún tipo de inversión. No por desconocimiento del problema, sino por parálisis. Muchas personas saben que la inflación erosiona su dinero pero no dan el paso porque no saben por dónde empezar o temen equivocarse. El resultado es siempre el mismo: la inflación trabaja sin descanso mientras ellas esperan el momento perfecto.
La alternativa que propone la experta no requiere grandes cantidades ni conocimientos avanzados. Los fondos de gestión pasiva, también llamados fondos indexados, replican el comportamiento de un índice bursátil como el SP500 americano o el conjunto de la economía mundial.
No intentan batir al mercado sino acompañarlo. Al tener comisiones más bajas que los fondos de gestión activa y al beneficiarse de la tendencia histórica de crecimiento de la economía, ofrecen una herramienta accesible y eficaz para combatir la inflación a largo plazo.
Ahorrar desde el primer día del mes: el orden que cambia todo
Más allá de la inversión, De Santiago aborda otro error que considera igualmente dañino: esperar a fin de mes para ver si queda algo que guardar. «Los gastos son como los gases», dice. Se expanden y ocupan todo el espacio disponible. Quien deja el ahorro para el final del mes casi nunca ahorra, porque siempre aparece algo en lo que gastar lo que sobra.
La solución es mecánica y sencilla. En cuanto entran los ingresos, una transferencia automática lleva el dinero destinado al ahorro a una cuenta separada sin tarjeta asociada. El dinero que no se ve no se gasta. El mínimo recomendable es el diez por ciento de los ingresos netos anuales, aunque cualquier cantidad constante es mejor que ninguna. Cincuenta euros al mes invertidos durante veinte años, gracias al interés compuesto, generan un capital muy superior a la suma de las aportaciones.
En cuanto a los gastos, De Santiago llama a revisar primero los fijos y no los pequeños placeres cotidianos. Dos seguros del mismo tipo contratados sin saberlo, suscripciones activas que nadie usa, comisiones bancarias evitables: ahí suele haber más margen que en el café del aeropuerto. Los gastos fijos son los que condicionan la capacidad de ahorro cada mes durante años y los que hacen al hogar más vulnerable cuando llegan momentos difíciles.
Sobre el alquiler frente a la compra, la experta desmonta la idea de que alquilar es tirar el dinero. Alquilar es un gasto necesario y perfectamente razonable, especialmente en los primeros años de vida adulta cuando la movilidad laboral vale más que la propiedad.
La compra tiene sentido a largo plazo pero puede ser una trampa financiera a corto si obliga a sacrificar oportunidades profesionales o a descuidar el colchón de emergencia, que debería cubrir entre tres y seis meses de ingresos netos antes de pensar en cualquier otra inversión.





