Margarita Torres (57), historiadora: “La clase media desaparece; es exactamente lo que ocurrió al final del Imperio Romano”

La historiadora Margarita Torres traza un paralelismo inquietante: la desaparición progresiva de la clase media en Occidente replica el declive romano, impulsando desigualdad, dependencia económica y una deriva hacia formas contemporáneas de neofeudalismo estructural.

Hay historiadores que estudian el pasado y hay historiadores que lo usan para entender el presente. Margarita Torres pertenece claramente al segundo grupo. Especializada en la Edad Media y en el ocaso del Imperio Romano, lleva años advirtiendo de algo que pocos quieren escuchar: la sociedad occidental está repitiendo, con inquietante fidelidad, los mismos errores que hundieron a Roma.

La tesis de Torres no es una metáfora ni una provocación intelectual. Es, según ella, un análisis frío y documentado. El Imperio Romano no cayó de golpe ni por la llegada de los bárbaros. Cayó, entre otras razones, porque la clase media dejó de existir. Y eso, insiste la historiadora, es exactamente lo que está ocurriendo ahora.

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La rana que no nota que el agua hierve: de Roma al presente de la clase media

La rana que no nota que el agua hierve: de Roma al presente de la clase media
Fuente: agencias

Para Torres, el paralelo más revelador entre la Roma tardía y la sociedad actual no es político ni militar. Es económico. El Imperio Romano contaba con una clase media robusta formada por comerciantes, artesanos, soldados retirados y grandes propietarios agrícolas. Esa clase media era el tejido que sostenía el conjunto. Cuando empezó a desaparecer, el sistema entero comenzó a desmoronarse.

«Somos la rana que se va calentando», afirma Torres. Igual que los romanos no percibieron la erosión gradual de su poder adquisitivo, los ciudadanos de hoy aceptan como normal algo que hace veinte años hubiera resultado inaceptable. La clase media actual no ha desaparecido de un día para otro. Se ha ido empobreciendo en silencio mientras el discurso público hablaba de crecimiento y oportunidades.

El funcionariado de alto rango todavía se mantiene. Los autónomos, sin embargo, cargan cada año con una presión fiscal mayor y con menos capacidad real de prosperar que hace dos décadas. La clase media artesana y comerciante de Roma vivió exactamente eso. Y cuando esa clase media dejó de ser viable, lo que vino después fue la feudalización: un puñado de grandes familias controlando el territorio y el resto de la población dependiendo de ellas para sobrevivir.

Torres lleva años usando la palabra «neofeudalizacion» en sus clases y conferencias. Lo que antes parecía una hipótesis provocadora hoy encuentra eco en analistas de geopolítica y geoestrategia de todo el mundo. Las grandes corporaciones han ocupado el lugar de los señores feudales. La clase media ha quedado atrapada entre un Estado que la grava sin descanso y un mercado que la expulsa hacia los extremos.

Pan y circo del siglo XXI: el control que no se ve

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La otra gran herramienta del fin de Roma era la distracción. Torres lo nombra sin rodeos: pan y circo. Alimento y entretenimiento suficientes para que la población no levantara la vista y preguntara quién mandaba realmente y en beneficio de quién. El obispo Idacio de Chaves, contemporáneo de aquella crisis, se desesperaba porque nadie a su alrededor veía lo que estaba ocurriendo. Torres encuentra en ese grito antiguo un eco perfectamente reconocible.

Hoy el circo es digital y está en el bolsillo de cada ciudadano. La clase media contemporánea pasa horas frente a pantallas que le ofrecen estímulos constantes mientras el acceso a la vivienda se vuelve inalcanzable y las pensiones de la próxima generación se convierten en una pregunta sin respuesta. La inseguridad crece. El miedo se incentiva desde distintos frentes. Y la clase media no desaparece sola: se divide entre quienes logran mantenerse gracias al paraguas del Estado y quienes van quedando fuera del sistema.

La historiadora no ve esto como un destino inevitable. Bizancio, el Imperio Romano de Oriente, sobrevivió mil años más porque supo adaptarse. Torres cree que esa sigue siendo la opción disponible, aunque exige algo que escasea: voluntad colectiva de ver lo que está pasando y disposición para nombrarlo sin eufemismos.

La clase media no desaparece porque la historia tenga una voluntad propia. Desaparece porque se toman decisiones concretas que la empujan hacia los márgenes. Roma lo vivió. La Edad Media lo consolidó. Y la pregunta que Torres lanza desde sus clases universitarias es: ¿estamos dispuestos a aprenderlo esta vez o preferimos no levantar la vista de la pantalla?


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