Según estimaciones internacionales, al menos una de cada diez personas desarrollará algún tipo de adicción comportamental a lo largo de su vida. Las más comunes incluyen el juego compulsivo, el uso excesivo de redes sociales, las compras impulsivas y el consumo problemático de pornografía.
Marina Mammoliti, psicóloga especializada en consumo problemático, advierte que estas conductas pasan desapercibidas con frecuencia precisamente porque no involucran ninguna sustancia, aunque su impacto puede ser igual de profundo.
Cuando el placer se convierte en una trampa de adicción

La palabra adicción proviene del latín adictus, que en la Roma antigua designaba a quien, al no poder pagar sus deudas, era entregado como esclavo a su acreedor. Mammoliti rescata esa etimología para explicar algo que sigue siendo válido hoy: una adicción es, en esencia, una forma de esclavitud. No hacia una deuda económica, sino hacia un patrón de conducta del que la persona siente que no puede escapar.
Lo que hace tan complejo este fenómeno es que las conductas en cuestión son completamente cotidianas. Revisar el móvil, hacer compras online o pasar el rato en redes sociales son actividades que millones de personas realizan a diario sin ningún problema. El conflicto surge, señala la especialista, cuando esa conducta deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.
«Lo importante no es la actividad en sí misma, sino la relación que la persona construye con ella», explica Mammoliti. Esta perspectiva desplaza el foco de la culpa hacia la comprensión: en lugar de preguntarse por qué alguien «no tiene voluntad», la pregunta que importa es qué está buscando esa persona en ese comportamiento.
El mecanismo detrás de este proceso tiene que ver con el sistema de recompensa cerebral. Cada vez que una conducta genera placer, el cerebro libera dopamina, una sustancia que actúa como mensajera de las buenas noticias y que impulsa a repetir la experiencia.
En condiciones normales, ese sistema funciona de manera equilibrada. Pero cuando una conducta activa ese circuito de forma repetida e intensa, el cerebro comienza a exigir cada vez más estimulación para producir la misma satisfacción. Ahí es cuando aparece el círculo vicioso propio de toda adicción: más conducta, menos alivio y mayor dificultad para detenerse.
Cómo saber cuándo cruzamos la línea
Para determinar cuándo un hábito se convierte en adicción, la psicología clínica recurre al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, conocido como DSM-5, que establece nueve criterios. Entre ellos se encuentran el uso descontrolado de la conducta incluso en situaciones de riesgo, la aparición de ansiedad o irritabilidad cuando no se puede realizarla, la necesidad de aumentar su frecuencia para obtener el mismo efecto y la incapacidad de reducirla a pesar de haberlo intentado. Basta con que se cumplan al menos dos de estos criterios durante un período de doce meses para que la situación merezca atención profesional.
Los números globales son significativos. Entre 150 y 750 millones de personas presentan un uso problemático de internet y redes sociales, según la Sociedad Internacional para la Investigación sobre Adicción a Internet. Unos 624 millones tienen problemas con las compras compulsivas y más de 400 millones lidian con la adicción a la pornografía, de acuerdo con datos de la Asociación Americana de Psicología. La Organización Mundial de la Salud estima, por su parte, que entre 77 y 231 millones de personas sufren ludopatía.
Mammoliti es enfática respecto a un punto que suele pasarse por alto: detrás de toda adicción hay una necesidad no resuelta. El atracón de comida a medianoche no es hambre real, sino un intento de apagar la ansiedad. El scroll interminable en redes sociales no es solo entretenimiento, sino una búsqueda de conexión.
Comprender eso, sostiene, es el primer paso para salir. El segundo es no intentarlo solo. «Las adicciones no desaparecen por sí solas ni las cura el tiempo», advierte. Los tratamientos con mayor respaldo científico incluyen la terapia cognitivo-conductual, la terapia de aceptación y compromiso, los grupos de apoyo y técnicas de regulación emocional como el mindfulness.
Quien sospeche que enfrenta este problema puede consultar con un profesional de salud mental o acudir a los centros de tratamiento de adicciones disponibles en su localidad, donde la atención suele ser gratuita y confidencial.






