Marina Mammoliti (32), psicóloga, sobre la ludopatía: “No puedes parar aunque sepas que el juego está destruyendo tu vida”

La psicóloga Marina Mammoliti advierte que la ludopatía no es falta de voluntad. El cerebro queda atrapado en un circuito de recompensa que impide parar, incluso cuando el juego ya destruye vínculos, salud y finanzas.

La ludopatía no avisa cuando llega. Se instala despacio, disfrazada de entretenimiento, hasta que el juego deja de ser un escape y se convierte en una trampa. Hoy, con un casino al alcance de cualquier bolsillo y apuestas disponibles las 24 horas, esta adicción afecta a millones de personas en todo el mundo y sus consecuencias van mucho más allá del dinero perdido.

La psicóloga Marina Mammoliti asegura que «no podés parar aunque sepas que el juego está destruyendo tu vida». Una frase que, lejos de ser una metáfora, describe con precisión lo que el DSM-5 (manual de diagnóstico de psiquiatría) clasifica como un trastorno del control de impulsos. Entender cómo funciona esta trampa es el primer paso para salir de ella.

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Ludopatía: Una adicción que el cerebro no distingue de una recompensa real

adiccion al juego. Aumento de ludopatías entre los jóvenes

Detrás de cada apuesta hay una reacción biológica que pocos conocen. Cuando una persona juega, su cerebro libera dopamina, la misma sustancia que se activa al comer algo delicioso o al enamorarse. Lo que hace especialmente peligrosa a la ludopatía es que ni siquiera hace falta ganar para que eso ocurra. La anticipación, el «quizás esta vez sí», es suficiente para generar ese subidón. Y cuando el cerebro se acostumbra a esa estimulación constante, necesita más para sentir lo mismo.

Las plataformas de apuestas y los videojuegos están diseñados con precisión quirúrgica para aprovechar exactamente ese mecanismo. Las recompensas son impredecibles, los casi-aciertos generan la misma respuesta que un triunfo real y el ciclo se reinicia solo. Mammoliti lo explica con contundencia: «Lo que empezó como un ratito para desconectar termina siendo un agujero negro que chupa todo a su paso».

La historia de Paula, una joven de 25 años que ella acompañó en consulta, ilustra este proceso con una honestidad que duele. Todo comenzó con una app de apuestas deportivas recomendada por un amigo. La primera victoria fue el anzuelo. Después vinieron las deudas, el aislamiento, las mentiras y la vergüenza de mirarse al espejo sin reconocerse. La ludopatía no destruyó primero su cuenta bancaria. Destruyó primero a Paula.

Las señales que casi nadie quiere ver a tiempo

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Según los datos más recientes, entre el 1% y el 3% de la población adulta mundial sufre ludopatía o juego patológico. El 45% de quienes la padecen comenzó a jugar antes de los 18 años y el 70% reconoce haber mentido a su familia sobre cuánto juega. Sin embargo, apenas el 8% busca ayuda profesional. La brecha entre quienes lo necesitan y quienes lo piden es enorme y la vergüenza ocupa casi todo ese espacio.

El DSM-5 establece nueve criterios para identificar el juego problemático. Con cumplir al menos dos en un período de 12 meses, ya es posible estar frente a una adicción. Algunos de los más frecuentes son la incapacidad de reducir el tiempo de juego a pesar de intentarlo, el síndrome de abstinencia cuando no se puede jugar y la necesidad creciente de apostar sumas mayores para sentir la misma emoción. A diferencia de otras adicciones, la ludopatía no deja marcas visibles. No hay botellas vacías ni cigarrillos apagados. Todo ocurre detrás de una pantalla, en silencio.

Mammoliti insiste en que esta adicción no es una cuestión de voluntad débil ni de irresponsabilidad. Es un problema complejo que requiere un abordaje profesional, una red de apoyo y, sobre todo, el deseo genuino de cambiar.

Ella recomienda buscar especialistas con experiencia en adicciones, acercarse a grupos de Jugadores Anónimos y, ante todo, hablar. «Decir en voz alta que estás perdido es como abrir una puerta que lleva cerrada hace mucho. Duele, pero es el primer paso para encontrar el camino de vuelta».

La buena noticia es que salir de la ludopatía es posible. Difícil, sí. Lento, también. Pero posible. Y como recuerda Mammoliti, ese camino empieza con un paso pequeño: admitir que algo no está bien. A veces eso es todo lo que se necesita para que todo lo demás empiece a cambiar.


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