Diez años. Ese es el tiempo que lleva la unión bancaria europea atascada en los pasillos de Bruselas, víctima de vetos cruzados y prioridades políticas cambiantes. Ahora, Santander y BBVA han decidido que la paciencia tiene un límite.
Los dos mayores bancos españoles han trasladado formalmente a la Comisión Europea su exigencia de reactivar las negociaciones sobre el tercer pilar de la unión bancaria: el sistema europeo de garantía de depósitos, conocido por sus siglas en inglés como EDIS. Sin él, el proyecto sigue incompleto. Y un proyecto incompleto, en el contexto geopolítico actual, es un flanco abierto.
El bloqueo que paraliza el sistema bancario europeo
La arquitectura de la unión bancaria descansa sobre tres pilares. Los dos primeros ya funcionan: el Mecanismo Único de Supervisión, que puso al BCE al mando de vigilar a los grandes bancos, y el Mecanismo Único de Resolución, diseñado para gestionar quiebras sin que el contribuyente pague la factura. El tercero, la garantía común de depósitos, lleva una década en el congelador.
¿Por qué? Alemania y los países del norte temen que sus ahorradores acaben respondiendo por los problemas de bancos del sur de Europa. Es un argumento que hace diez años tenía cierta lógica. Hoy resulta más difícil de sostener.
La banca española ha saneado sus balances de forma drástica desde la crisis de 2008. Las ratios de capital de Santander y BBVA superan con holgura los mínimos regulatorios, y su morosidad se sitúa en niveles históricamente bajos. El sector bancario alemán, mientras tanto, arrastra problemas estructurales en sus cajas de ahorros regionales que nadie parece querer abordar.
Geopolítica y urgencia financiera
La petición de los bancos españoles no llega en un vacío. Las tensiones comerciales con Estados Unidos, la fragmentación de las cadenas de suministro globales y la incertidumbre energética han devuelto la estabilidad financiera al centro del debate europeo. Un sistema bancario fracturado en 27 compartimentos nacionales no está preparado para absorber shocks de gran magnitud.

Lo que Santander y BBVA plantean tiene sentido estratégico. Si Europa quiere competir con los gigantes bancarios estadounidenses y chinos, necesita entidades con escala continental. Pero esa escala es imposible mientras cada país mantenga sus propias reglas sobre garantías de depósitos, fiscalidad bancaria y requisitos de capital local.
Según fuentes cercanas a las conversaciones, los dos bancos han argumentado ante la Comisión que el coste de no actuar supera ya cualquier riesgo percibido de mutualización. Una crisis bancaria en cualquier país del euro sin mecanismos comunes de respuesta podría desencadenar una espiral de contagio que haría palidecer los episodios de 2012.
Una década perdida que exige decisiones
Creo que la posición de Santander y BBVA refleja una frustración compartida por buena parte del sector financiero europeo. Durante años, los bancos han cumplido con cada nueva exigencia regulatoria: más capital, más provisiones, más transparencia. A cambio, esperaban un mercado único real donde operar. No lo han conseguido.
El argumento alemán sobre el riesgo moral tiene un problema de base. Asume que los bancos del sur son intrínsecamente más peligrosos que los del norte. Los datos no respaldan esa tesis. Deutsche Bank ha protagonizado más sustos sistémicos en la última década que cualquier entidad española o italiana de tamaño comparable.
Hay también una cuestión de coherencia política. La Unión Europea ha lanzado iniciativas ambiciosas en transición energética, defensa común y autonomía tecnológica. Todas ellas requieren financiación masiva. ¿Cómo se va a movilizar ese capital si el sistema bancario sigue fragmentado y las entidades no pueden alcanzar la escala necesaria para competir globalmente?
La Comisión Europea, bajo la presidencia de Ursula von der Leyen, ha mostrado interés retórico en avanzar. Pero el interés retórico no mueve expedientes. Los bloqueos en el Consejo persisten, y sin voluntad política de los Estados miembros, ningún comisario puede forzar un acuerdo.
Lo que Santander y BBVA están haciendo es elevar la presión pública. Es una táctica que tiene precedentes. Cuando los grandes bancos franceses se movilizaron en 2014 para acelerar la supervisión única, el calendario se acortó. Quizá esta vez funcione de nuevo.
El próximo Eurogrupo de mayo podría incluir la unión bancaria en su agenda, aunque las expectativas son moderadas. Los ministros de Finanzas tienen tendencia a acordar estudios y grupos de trabajo antes que decisiones vinculantes. Mientras tanto, el sistema bancario europeo sigue siendo un gigante con los pies atados.
Una década es tiempo suficiente para saber si un proyecto funciona o no. La unión bancaria, tal como está, no funciona. Falta una pieza. Y esa pieza sigue en el cajón porque algunos gobiernos prefieren el statu quo a asumir riesgos compartidos. La pregunta que Santander y BBVA lanzan a Bruselas es incómoda pero necesaria: ¿cuántas crisis más hacen falta para completar lo que se empezó?




