Alexandra Kohan (55), psicoanalista: “Puedes tener a la persona perfecta delante y no sentir nada; el deseo no se puede calcular”

Alexandra Kohan sostiene que el deseo escapa a toda lógica y cálculo, desafiando algoritmos y expectativas, y revela que el amor no depende de compatibilidades racionales sino de una irrupción imprevisible imposible de anticipar.

En una época donde el deseo está marcado por algoritmos, aplicaciones de citas y vínculos cada vez más mediados por pantallas, hablar de amor parece una tarea sencilla. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra lo contrario. El encuentro con el otro sigue siendo tan complejo como siempre.

La psicoanalista Alexandra Kohan propone una mirada que desarma certezas modernas. Para ella, el amor no responde a listas ni a fórmulas. En el centro de todo aparece el deseo. Una cualidad que no suele ser tenida en cuenta, pero que a la vez es inevitable para que un vínculo funcione.

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El deseo no entra en una lista: el fracaso del amor calculado

El deseo no entra en una lista: el fracaso del amor calculado
Fuente: Canva.

Durante años, la idea de encontrar pareja estuvo asociada a círculos sociales, amistades o encuentros fortuitos. Hoy, gran parte de esos vínculos se trasladaron al plano digital. Allí, el primer filtro suele ser un conjunto de características objetivas: edad, profesión, gustos, estilo de vida.

Sin embargo, Kohan advierte que ese enfoque tiene un límite claro. El deseo no responde a esos parámetros. Una persona puede cumplir con todos los requisitos imaginados y aun así no generar absolutamente nada. El deseo, insiste, no se deja anticipar ni organizar.

Este fenómeno no es nuevo, aunque hoy se vuelve más evidente. Las aplicaciones prometen compatibilidad, pero no pueden garantizar el encuentro. Y es que el deseo no depende de lo que se sabe del otro, sino de algo mucho más difícil de precisar.

En este punto, la especialista introduce una idea central: el amor no se basa en información, sino en una escena compartida. Es allí donde el deseo aparece o no aparece. No antes.

Por eso, intentar controlar el deseo mediante criterios racionales suele derivar en frustración. No se trata de elegir mejor, sino de aceptar que hay una dimensión que escapa a cualquier cálculo. El deseo irrumpe, sorprende y, muchas veces, contradice lo que uno creía buscar.

Incluso, añade Kohan, es frecuente enamorarse de alguien que no encaja en los propios ideales. Esa contradicción no es un error. Es, en realidad, la prueba de que el deseo está operando por fuera de la lógica.

Amar en tiempos de aislamiento: vínculos, soledad y riesgo

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Más allá de las transformaciones tecnológicas, Kohan identifica un cambio más profundo. El problema no es solo cómo nos encontramos, sino la dificultad creciente para sostener el encuentro. El deseo necesita espacio, tiempo y cierta apertura al otro.

En este sentido, la pandemia aparece como un punto de inflexión. No como causa única, pero sí como acelerador de una tendencia previa. El aislamiento, que en su momento fue necesario, dejó una marca en la forma de vincularse.

Hoy, según observa la psicoanalista, existe una mayor resistencia a lo diferente. Se busca afinidad inmediata, coincidencia total, comodidad. Pero el deseo no funciona en ese terreno. El deseo se activa, muchas veces, en la diferencia.

Relacionarse implica ceder, negociar, incomodarse. Y en una cultura atravesada por la productividad y el control, ese proceso resulta cada vez más difícil. El otro deja de ser una experiencia para convertirse en un riesgo.

Sin embargo, Kohan propone recuperar precisamente ese riesgo. No como algo extremo, sino como una disposición mínima: dejar de anticiparlo todo. El deseo necesita cierta incertidumbre para desplegarse.

En esa línea, también cuestiona algunos ideales tradicionales de pareja. La convivencia, el matrimonio o los formatos clásicos no son universales. Cada vínculo, sostiene, debe inventar su propia forma. No hay un modelo correcto.

Lo mismo ocurre con la separación. Lejos de ser un fracaso, puede ser una respuesta a un sufrimiento sostenido. El problema no es que el deseo cambie, sino ignorar ese cambio.

En última instancia, el planteo de Kohan apunta a una idea sencilla, pero difícil de asumir: el deseo no ofrece garantías. Apostar por él implica aceptar que no todo se puede prever. Y que, aun así, vale la pena.


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