La expansión de la inteligencia artificial ha dejado de ser una conversación de nicho para convertirse en un debate central sobre el futuro del empleo y la sociedad en su conjunto. Las previsiones ya no se miden en décadas lejanas, sino en horizontes concretos como 2030 o 2050.
En este contexto, Javier Sáez, director de IA en Learning Heroes, advierte que el ritmo de cambio podría superar lo que la sociedad está preparada para asimilar. Su diagnóstico combina optimismo tecnológico con una llamada a la prudencia.
2030: la IA corpórea y el posible giro del empleo
Según Sáez, los humanos no están bien diseñados para comprender procesos exponenciales. Mientras la mayoría de los fenómenos cotidianos evolucionan de forma lineal, la inteligencia artificial lo hace de manera acumulativa, lo que suele provocar que las predicciones se queden cortas.
Para el experto, 2030 será un punto de inflexión visible. No solo por la mejora del software, sino por la materialización física de la inteligencia artificial en robots humanoides. La diferencia no sería menor. Pasar de interactuar mediante teclado a hacerlo con sistemas con forma humana podría alterar incluso los patrones de relación social.
En su análisis, la inteligencia artificial ya ha demostrado capacidades que desmienten algunos tópicos. Cita como ejemplo un conocido benchmark de negociación —basado en el juego Diplomacy— donde un modelo logró imponerse a participantes humanos. El resultado, subraya, evidenció niveles de empatía estratégica y comunicación superiores a los esperados.
Este avance abre escenarios ambiguos. Por un lado, la inteligencia artificial podría convertirse en el mejor profesor, psicólogo o asistente personal disponible. Por otro, existe la posibilidad de que reduzca parte del contacto social tradicional si las interacciones con sistemas artificiales se vuelven suficientemente satisfactorias.
El impacto laboral es el punto más sensible. Sáez sostiene que, si la tecnología progresa al ritmo actual, hasta el 95% del trabajo del conocimiento podría automatizarse. Abogados, ingenieros o analistas entrarían en una zona de transformación profunda, mientras que la robótica humanoide presionaría también sobre tareas físicas.
La inteligencia artificial en 20250: oligopolios tecnológicos y renta básica en el horizonte

Mirando más allá de 2030, el director de Learning Heroes anticipa un mercado empresarial más concentrado. A su juicio, la inteligencia artificial favorecerá la aparición de grandes compañías con enorme capacidad de escala, al tiempo que muchas empresas tradicionales desaparecerán. El ciclo medio de vida empresarial, recuerda, ronda los 17 años.
Sin embargo, el escenario no sería exclusivamente de concentración. También prevé un auge del microemprendimiento altamente eficiente. Equipos muy reducidos —incluso de una sola persona— podrían alcanzar facturaciones millonarias gracias al apalancamiento que ofrece la inteligencia artificial.
Este nuevo equilibrio podría tensar la estructura social. Sáez plantea que la brecha entre quienes dominen la inteligencia artificial y quienes no lo hagan podría ampliarse de forma significativa. Ante esa posibilidad, introduce un concepto cada vez más presente en el debate económico: la renta básica universal.
La lógica, explica, es matemática. Si la inteligencia artificial y la robótica reducen drásticamente la necesidad de trabajo humano y abaratan la producción, los Estados podrían verse obligados a redistribuir parte de esa productividad mediante transferencias directas a la población.
No obstante, el propio experto reconoce las incertidumbres. La competencia fiscal entre países, la concentración geográfica de las grandes tecnológicas y la velocidad real de adopción hacen difícil cualquier predicción cerrada.
En el plano técnico, Javier Sáez identifica tres palancas que hoy limitan el avance de la inteligencia artificial. La primera es el capital destinado a chips y centros de datos. La segunda, la capacidad de cómputo necesaria para que los modelos “piensen” durante más tiempo. La tercera, el desarrollo de agentes especializados que fragmenten tareas complejas.
Sobre la seguridad, su visión es menos alarmista que la narrativa popular. Considera que gran parte del imaginario de riesgo proviene de la ficción y que, en la práctica, la inteligencia artificial actual sigue dependiendo en gran medida del uso que hacen los usuarios. Además, recuerda que los sistemas comerciales ya permiten restringir el uso de datos para entrenamiento.
Con todo, el mensaje de fondo no es de complacencia. Sáez insiste en que la inteligencia artificial se encuentra en una fase de transición desde tecnología prometedora hacia plataforma ubicua. Cuando ese salto se consolide, previsiblemente antes de 2030, el impacto será transversal.
La incógnita no es si habrá cambios profundos, sino quién llegará preparado. Para el director de Learning Heroes, la diferencia entre beneficiarse de la inteligencia artificial o quedar desplazado dependerá, sobre todo, de la capacidad de adaptación que muestren profesionales y empresas en esta década decisiva.





