Felipe VI

Me considero monárquico, pero eso no me impide decir que hay que empujar a Felipe VI a ponerse las pilas y tomar la iniciativa. Decir eso hoy en día podría calificarse como algo desfasado, hasta una imprudencia, o incluso podría parecer de cierto mérito con la que está cayendo. No tengo ningún problema en decirlo. Creo en nuestro sistema y creo que una monarquía parlamentaria mantiene tradiciones a la vez que respeta a la perfección el orden democrático. Observo y respeto que cada vez más aflore el sentimiento republicano, pero no lo comparto. La figura de un Rey, al margen de los partidos, es en mi opinión un acierto para el sistema y nos aporta un valor añadido de representación que no tienen otros sistemas políticos.

En los últimos tiempos he vivido con perplejidad el deterioro de la Monarquía como institución. Las historias de Urdangarin, y de la Infanta Cristina, que por mucho que haya salido de la ecuación de su marido, van claramente de la mano. Los incidentes de la Reina Letizia que culminaron con el bochornoso momento público con la Reina Sofía. El “no parar” del Rey Juan Carlos, que ha tenido su penúltimo capítulo con las grabaciones a Corina. La última década deja en el aire el comportamiento en ocasiones, poco apropiado de Don Juan Carlos, del que ya ni el más acérrimo partidario duda. Y temo que la mayoría de los detalles están aún por salir.

LO MEJOR PARA EL SISTEMA

Hace años, tras el lío de Urdangarin, se nos dijo que lo mejor para el sistema era que entrara en prisión. Por el bien del sistema había que blindar al Rey Felipe VI de la relación con Iñaki. Y con su hermana. Y también, en menor medida, de las actitudes ocasionalmente extrañas de la Reina Letizia. Y de los desórdenes personales impropios de su padre. Ahora también de sus negocios y propiedades, y esa es la caja de Pandora, que aún no se ha abierto realmente. Y se va a abrir, va a poner a prueba, no sólo la posición de Felipe VI sino todo el sistema en el que vivimos.

Es imposible aislar a Felipe VI todo el rato de todo y de todos. Por mucho que a él no se le pueda achacar nada, y su comportamiento sea éticamente impecable, hoy en día no es suficiente.

El velo sobre la Monarquía ha caído. Se puede hablar de casi todo sin tapujos. La Casa del Rey debe convivir con ello, y eso implica que para el tsunami hay que prepararse, no sólo esperarlo pensando que se resolverá “como siempre”. Los tiempos han cambiado.

HAY VARIOS MOTIVOS QUE LO EVIDENCIAN

La llegada de Internet provocó que no haya unos pocos interlocutores fácilmente controlables, sino que, como decía Luis Aragonés, gracias a las redes sociales y los nuevos medios de comunicación, “ahora cualquiera puede hacer relojes”. Una llamada a 4 o 5 personas ya no detiene una información. La información fluye. Eso es sano, por cierto, excepto para los poderes que antes la controlaban, que deben acostumbrarse a un nuevo escenario.

La llegada de nuevos partidos políticos, y cómo han ganado peso ha sido un gran cambio. Especialmente, Podemos. Son Republicanos de los de verdad, no de mentirijillas como el PSOE, que si bien presumían de ello siempre fueron tenues y cortesanos.

Y finalmente el entorno. Una parte importante del entorno de la Casa Real española sigue anclada en unos privilegios, y me refiero especialmente a los económicos, que hoy no se sostienen. Primos y familiares ocupan cargos excepcionalmente pagados en empresas y administraciones públicas, en fundaciones, y consejos de administración. Algunos de esos casos son sangrantes y no se sostienen, con resultados de gestión catastróficos y se les mantiene. Son peajes del pasado que Felipe VI no ha pedido, pero ahí sobreviven. Los esfuerzos en lo estético por la modernización de la corona, racionalizando ciertos excesos no sean visto acompañados por la misma adaptación del entorno cercano.

Sirven de poco los gestos cuando hay un entorno cercano que sigue viviendo en la época anterior, en las que las llamadas y gestiones para hacer favores se sucedían.

HORA DE PONERSE LA PILAS

El mayor problema de Felipe VI es que esa situación negativa no se balancea con otras que pongan su figura en valor. Si el Rey tiene un comportamiento idóneo, debe tenerlo también su entorno, o eso minusvalora el esfuerzo.

Mi sensación en estos meses es que la Casa del Rey no ha sido capaz de poner en valor activos que representa la Monarquía. Ha captado más atención los gestos, las frases, los bolsos, o pendientes de la Reina Letizia que toda la actividad institucional del Rey.

Felipe VI reina desde el 19 de junio del 2014. El Rey recibe en audiencia, el Rey va eventos deportivos representando al país, el Rey participa en regatas. A eso añadiré otros dos momentos a modo de highlighs, el difícil y meritorio discurso del 1 de octubre por Cataluña, y el viaje de Estado al Reino Unido. Son más de 4 años. Un bagaje escaso, incluso para los más entusiastas. Si estoy obviando detalles importantes, tal vez sea que no han sido capaces de “vendérnoslos”. En contraposición, si eso era el haber, en él debe de estos 4 años tenemos todo tipo de golfadas del entorno cercano. El saldo es aterrador. Quedan pocos monárquicos, los juancarlistas se han empezado a transformar en republicanos.

En descargo de Felipe VI puede decirse que han sido unos años de adaptación. Pero ya han concluido y el Rey necesita hacer cosas tangibles. Generar éxitos que afiancen el sistema en el que vivimos, si quiere que éste perdure. Si seguimos llenando la bolsa de problemas y golfadas, por mucho que no sean directamente achacables a Felipe VI, y en paralelo no podemos capitalizar éxitos para la Institución, esta no sobrevivirá a medio plazo.

La Monarquía debe dotarse de un presupuesto que permita no sólo mantener su estatus y modus vivendi, sino además sumar y poder poner en marcha iniciativas cuantificables para el país. Una Monarquía moderna debe tener unas funciones valorables a fin de año, y que hagan que la sociedad pueda ver un valor objetivo en la conservación de la Institución.

Hoy, a los republicanos cada día podemos discutírselo menos. Ante los hechos espantosos y objetivos que nos rodean, argumentar sólo que “está muy preparao”, o que “recibe muy bien” es triste y vergonzoso. Necesitamos una revolución de la Institución, que por su edad e ímpetu puede -y debe-, protagonizar Felipe VI. El objetivo principal debe dejar de ser la conservación de la institución, y empezar a ser el realizar gestiones cuantificables, y que sean luego capaces de “venderse” a la sociedad, poniendo a la Casa del Rey en valor.

Es la única protección objetiva ante los escándalos que van a llegar y que son de mucho más calado que los actuales. Pensar que se podrá blindar al Rey persé es ridículo. La Casa Real, debe funcionar como una empresa, que consiga objetivos y reporte a su consejo de administración, esto es a los ciudadanos.

Durante décadas nos vendieron –hoy vemos que parte era realidad, parte doctrina y ficción–, que Juan Carlos I era nuestro primer embajador: nos contaban maravillas sobre sus gestiones de apoyo a empresas españolas en todo el mundo. Felipe VI debe coger ese mantra y hacerlo suyo. Debe hacer cosas. Y estas deben verse reflejadas y no eclipsadas por los nuevos zapatos o el nuevo mal gesto de Letizia. Y debe suceder de forma urgente.

EL PEOR ESCÁNDALO ES SIEMPRE AQUEL QUE ESTA POR LLEGAR

Todo cambió con la abdicación de Juan Carlos I. Ese hecho acaba con su inviolabilidad ante la ley. Ahí empiezan los nervios, y eso que no se pueden revisar las décadas conflictivas, mientras Juan Carlos I reinaba. Este punto también debería ser por cierto cuestionado. ¿Un Rey moderno puede tener un estatus de impunidad ante la ley? ¿En la experiencia reciente, este extraordinario privilegio ha sido bien utilizado como para mantenerse?

El gran escándalo de la monarquía aún está por llegar y apenas está asomando la patita. Siempre pensé que el detalle, que algunos conocemos en menor o mayor medida, de los negocios y finanzas de Juan Carlos I acabaría por saltar una vez éste hubiera fallecido. La transición terminará cuando conozcamos documentalmente el asunto de los dineros del Rey Juan Carlos, que tan sólo unos pocos conocen, y que vamos a ver, documentación incluida, los próximos años. El sistema se protege y, generalmente oculta los peores secretos hasta que pasan unos años de la desaparición de los personajes.

En los últimos meses empezamos a dudar que esto vaya a ser así, y lo peor es que no se ha visto aún nada.

Pocos conocieron al detalle, documentación en mano, este delicado asunto. Dos de esas personas se encuentran ya fallecidas, Sabino Fernández Campo y Manuel de Prado y Colón de Carvajal. La tercera persona es Mario Conde, que durante la época en la que presidía Banesto no sólo era confidente, sino podríamos decir que además era el “banquero de su Majestad”. Conde ha mantenido una posición de lealtad a la Corona y no ha llegado, no ya a contar, sino a mostrar, la documentación de aquellos años. Y todo ello pese al oscuro episodio en el que, acusado de blanqueo de capitales fue detenido, y tanto él, como miembros de su familia, tratados con extraordinario ensañamiento y virulencia. La acusación de blanqueo de capitales era absurda, no se sostenía y en consecuencia, fue exculpado por Hacienda. En aquella situación se llegó a intuir un aviso a Mario Conde por parte de círculos próximos al Rey Juan Carlos, al enterarse de la preparación de un libro “Mi amigo el Rey”.  Mario Conde, es el único de los tres guardianes de aquellos viejos secretos que sigue vivo. Además es el que tuvo, o tiene, la documental de aquella época, que se mantuvo –¿mantiene?– durante años en su caja fuerte.

Los “dineros de Juan Carlos I” serán el gran escándalo, que una vez revelado, al amparo de esa inviolabilidad de su posición durante décadas tal vez posiblemente no tenga consecuencias legales ni penales, pero dejará seriamente tocada a la monarquía. No como un rumor, sino con documentos. La clave es saber como y cuando. Si de golpe o por fascículos. Y si será con el Rey Emérito en vida. Cuando eso llegué -insisto, llegará-, Felipe VI debe tener un estatus objetivo incuestionable. Y eso no se va a lograr solamente recibiendo, estrechando la mano y acudiendo a las regatas de Palma. Hay que hacer cosas tangibles, objetivar lo que aporta la Monarquía a la sociedad. Para ello debe revolucionarse el enfoque de la Casa de Su Majestad el Rey.

En los años 80, participé como todos los estudiantes de mi generación, en el concurso “¿Qué es un Rey para ti?”. Allí, a falta de monárquicos de pura cepa, el sistema construía hábilmente juancarlistas. Desde niños nos explicaban que Don Juan Carlos era el árbitro que mediaba entre todos y la representación del país. Era doctrina pura. Sembrar a la vieja usanza en los más jóvenes.

Hoy, el concepto no pasa la prueba del algodón. Este concurso, “¿Qué es un Rey para ti?”, se sigue desarrollando, más de 30 años más tarde . Para sumar adeptos, incluso entre los más jóvenes, se requiere de la Casa del Rey iniciativas más modernas, disruptivas y algo más de sofisticación.

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