2Lo que marca el estante no siempre es lo que salta en caja
El gasto medio de un hogar español en la compra ya asciende a 6.602 euros al año, un 5,18% más que el ejercicio anterior, según el último estudio de supermercados de la OCU, elaborado con 101.520 precios de 690 establecimientos y una cesta de 244 productos. Con esa base, cuando el ticket de una compra corriente se acerca a los 50 euros, cualquier desfase de unos céntimos acaba pesando en la factura anual. Y el desfase existe: el precio que anuncia la balda no siempre es el que salta en el escáner. La norma que regula la indicación de precios (Real Decreto 3423/2000) exige que el precio de venta y el precio por unidad de medida sean inequívocos, claramente legibles y aparezcan en el mismo campo visual, y los protocolos de inspección de varias comunidades comprueban de forma expresa que la cifra expuesta coincide con la que se cobra en caja. Cuando no coinciden, el precio anunciado es el que debe aplicarse, y el comprador puede reclamar la diferencia.
Los fallos rara vez son un capricho de la máquina: suelen venir de un cartel que nadie retiró tras una subida, de una oferta que solo se activa con la tarjeta de fidelización o la aplicación de la cadena, o de un cambio de formato con etiqueta antigua. Los estudios que OCU y FUCI realizaron en años anteriores situaban en torno al 20% los establecimientos con problemas de etiquetado o con promociones que no se reflejaban al pasar por caja, y Facua lleva tiempo advirtiendo de que las inspecciones autonómicas son escasas. Conviene fijarse en el precio por kilo o por litro —el envase grande no siempre sale más barato— y, si hay descuento, en el llamado precio anterior: desde la trasposición de la directiva Omnibus debe ser el más bajo aplicado en los 30 días previos. Con el ticket y una foto de la etiqueta se puede reclamar en el propio establecimiento, pedir la hoja de reclamaciones y, si no hay acuerdo, acudir a la autoridad de consumo.


