XRP cotiza a 1,27 dólares, un 2,15% más que ayer, mientras las ballenas de la moneda alcanzan su máximo anual.
El dato que sostiene el movimiento no está en la cotización, sino en la contabilidad de la red: ese registro público que cualquiera puede consultar en la web oficial de XRP Ledger. Las direcciones que guardan al menos un millón de tokens —el equivalente a 1,27 millones de dólares al precio actual— han llegado a 2.147, la cifra más alta de lo que va de 2026. Lo recoge Santiment, una firma de análisis on-chain especializada en seguirle la pista a las carteras grandes leyendo directamente la blockchain.
Y no es un goteo lento. En los últimos diez días han aparecido 28 carteras nuevas de ese tamaño; 18 de ellas, en apenas tres jornadas. Para un activo que llega a este punto después de una corrección, el detalle tiene lectura: los grandes tenedores no están saliendo, están construyendo posición.
El club del millón de tokens crece a doble ritmo
Conviene fijar una idea antes de seguir. Que una cartera tenga un millón de XRP no significa que sea un banco ni un fondo: puede ser un particular con patrimonio alto, una mesa de tesorería corporativa o un vehículo de inversión pequeño. Pero el umbral sirve como termómetro. Cuando el número de carteras de ese tamaño sube justo mientras el precio cae, el mercado lo interpreta como señal de convicción: quien puede permitirse esperar, compra barato.
Los analistas de Santiment ponen condición al escenario. El sesgo seguiría siendo constructivo si el precio se mantiene por encima de la zona de 1,20 a 1,25 dólares y el recuento de carteras millonarias no baja de 2.140. Si ambas cosas se cumplen y la cotización recupera primero 1,30 y después 1,40, la presión compradora tendería a acelerarse.
Las carteras grandes no compran porque el precio suba: compran para que suba. Y rara vez coinciden todas por casualidad.
Del susto de Binance al rebote del 6%
El contexto importa porque la subida no llega en un mercado tranquilo. La semana pasada, un hackeo contra Binance se llevó 6.300 millones de dólares en activos digitales, uno de los golpes más cuantiosos que recuerda el sector. El pánico arrastró a bitcoin hasta los 76.000 dólares, a ethereum hasta los 2.170 y a XRP hasta los 1,20.
Desde ese suelo, la moneda de Ripple ha rebotado más del 6%. Poco para lo que fue la caída, suficiente para cambiar el tono. Y ahí aparece la contradicción que mejor retrata el momento: mientras las carteras millonarias sumaban entradas, el interés abierto en derivados —el dinero total comprometido en futuros y opciones, es decir, el conjunto de apuestas a favor y en contra del precio— se desplomaba de 3.780 millones a finales de septiembre a 2.880 millones ahora, según datos de CoinGlass. Un 28% menos.
Ese descenso tiene nombre técnico y lectura sencilla: el pequeño especulador se ha ido. O le han echado. Cuando el interés abierto cae con fuerza, desaparece parte del combustible que amplifica los movimientos, para lo bueno y para lo malo. El mercado queda en manos de quienes compran con horizontes más largos.
En el gráfico diario, XRP lleva desde octubre consolidando dentro de dos líneas convergentes, lo que los analistas llaman un falling wedge o cuña descendente: un patrón en el que el precio baja, pero cada vez con menos fuerza. El activo está testeando el borde superior de esa cuña. Si lo convierte en soporte, el siguiente objetivo técnico aparece en la media móvil exponencial de 200 sesiones, alrededor de 1,36 dólares.
Ballenas contra minoristas: lo que ya pasó en 2022
Este patrón —ballenas acumulando mientras el inversor pequeño huye— no es nuevo, y conviene recordarlo. En noviembre de 2022, tras la quiebra de FTX, el exchange que se llevó por delante los ahorros de miles de clientes, las carteras grandes de bitcoin tardaron semanas en moverse y luego compraron durante meses con el precio en el suelo. Aquel invierno fue terrible para quien miraba el gráfico a diario y, visto con distancia, una de las mejores ventanas de entrada de la década. No porque las ballenas tuvieran razón por definición, sino porque podían permitirse esperar.
La comparación tiene límites y toca decirlos. En 2022, la caída vino de un fraude contable que tardó meses en digerirse; hoy el detonante es un robo externo, con la plataforma en funcionamiento y el mercado absorbiendo el golpe en cuestión de días. Son dos clases de daño distintas. Tampoco la acumulación garantiza nada: una cartera millonaria puede dividirse en diez para vender mejor, y los datos de Santiment cuentan direcciones, no intenciones.
El riesgo más inmediato está en el soporte. Perder 1,20 dólares invalidaría la tesis alcista que manejan estos analistas y abriría la puerta a una corrección más larga. Hay además dos frentes que no dependen del gráfico: lo que tarde el mercado en digerir el hackeo de Binance —los reembolsos, las auditorías, y la confianza de los clientes— y el apetito institucional por activos de riesgo, que en los últimos meses ha bailado al ritmo de los tipos de interés.
Para el inversor español que llegue nuevo a esta historia, la lectura práctica es más simple de lo que parece. XRP vale hoy lo mismo que hace cinco días; lo que ha cambiado es quién lo tiene. Ese tipo de cambio no se ve en el titular del día, sino en las semanas siguientes.
Lo que toca vigilar está a la vista: si el precio rompe los 1,36 dólares y las carteras de más de un millón siguen sumando, el escenario que dibuja Santiment se cumple casi punto por punto. Si el soporte de 1,20 cede, la historia cambia de guion. El resto, por ahora, es ruido.




