Hay una idea sobre la inteligencia artificial que me parece mucho más interesante que todas esas predicciones sobre robots que nos quitarán el trabajo, escribirán nuestras novelas y, supongo, acabarán decidiendo qué debemos cenar. Es una reflexión que lleva tiempo circulando por internet y que dice algo bastante desconcertante: el ser humano es la única especie capaz de cooperar a gran escala con sus muertos. Piénselo un momento. Casi nada de lo que sabemos lo hemos descubierto nosotros. Ni el idioma que hablamos, ni las matemáticas que aprendimos en el colegio, ni la tecnología que llevamos en el bolsillo. Todo eso es trabajo de gente que ya no está.
La reflexión termina con una frase que me parece magnífica: «Cada frase que pronuncias es un préstamo de los muertos y un regalo a los que vienen». No tengo claro quién la escribió originalmente. Se ha difundido atribuida a una inteligencia artificial, aunque a estas alturas uno ya no sabe si las máquinas escriben frases humanas o los humanos escribimos frases y se las atribuimos a las máquinas para que parezcan más profundas. Pero da igual. La idea importante es que nuestra mayor ventaja como especie no es nuestra inteligencia individual, sino nuestra capacidad para aprovechar la inteligencia de quienes vivieron antes. Y creo que ahí está una de las claves para entender lo que está ocurriendo con la IA.
SOMOS UNOS ANIMALES BASTANTE MEDIOCRES. CON PERDÓN
Si uno observa al ser humano como animal, sin herramientas, sin ropa y sin todo lo que hemos inventado, el resultado es bastante decepcionante. Corremos peor que un caballo, nadamos peor que un delfín, trepamos peor que un mono y nuestros dientes darían bastante risa a cualquier lobo. No tenemos garras, nuestra piel no nos protege del frío y tardamos una eternidad en aprender a caminar. Para colmo, nuestras crías necesitan años de cuidados. Un diseño francamente mejorable, si me permiten la expresión.
Y, sin embargo, aquí estamos. Hemos construido ciudades, llegado a la Luna, desarrollado vacunas y conseguido que un teléfono móvil tenga más capacidad de cálculo que ordenadores que hace apenas unas décadas ocupaban habitaciones enteras. No está mal para un primate que, abandonado en mitad de un bosque, probablemente tendría serias dificultades para encontrar la cena.
¿Qué nos ha hecho diferentes? No es simplemente que seamos más inteligentes. Otros animales también aprenden, utilizan herramientas y transmiten comportamientos. Los chimpancés, por ejemplo, pueden enseñar a sus crías a utilizar palos para extraer termitas. Algunas aves transmiten cantos y determinados cetáceos aprenden técnicas de alimentación de sus mayores.
La diferencia está en la escala y en nuestra capacidad para acumular mejoras. Los humanos hemos conseguido que cada generación pueda empezar donde terminó la anterior, sin necesidad de descubrirlo todo nuevamente.
Alguien aprendió a tallar una piedra. Otro perfeccionó la técnica. Muchísimo después aparecieron herramientas más complejas, armas, máquinas y tecnologías que sus primeros creadores jamás habrían imaginado. El ingeniero que diseñó una locomotora no tuvo que inventar la rueda. Tampoco descubrir el hierro ni formular las leyes de la física. Todo eso se lo encontró hecho.
Y aquí viene lo verdaderamente extraordinario: buena parte de quienes hicieron posible su trabajo llevaban siglos muertos.
LA IMPRENTA FUE UNA REVOLUCIÓN. AUNQUE AHORA NOS PAREZCA UN INVENTO ABURRIDÍSIMO
Durante miles de años, transmitir conocimientos fue una tarea complicada y bastante insegura. Una guerra podía destruir una biblioteca. Un manuscrito podía desaparecer en un incendio. Un artesano podía morir sin enseñar su técnica a nadie y llevarse consigo años de experiencia. El conocimiento humano avanzaba, sí, pero también retrocedía.
La historia de las bibliotecas de la Antigüedad demuestra hasta qué punto era frágil esa transmisión. No hace falta imaginar un único incendio apocalíptico en Alejandría para comprenderlo. Bastaban siglos de guerras, abandono y desaparición de manuscritos para que obras enteras dejaran de existir.
La imprenta cambió las reglas. Cuando Gutenberg desarrolló su sistema de tipos móviles en el siglo XV, no inventó solamente una manera más rápida de fabricar libros. Consiguió que una idea pudiera sobrevivir aunque desapareciera el lugar donde había sido escrita o conservada.
Un libro del que existían mil ejemplares repartidos por Europa tenía muchas más posibilidades de llegar a las siguientes generaciones que un manuscrito único guardado en un monasterio.
Después llegó internet y aquello se disparó. Hoy podemos consultar desde casa investigaciones publicadas en Japón, documentos de universidades americanas o libros que hace cincuenta años habrían exigido recorrer medio mundo. Algo que a nuestros abuelos les habría parecido ciencia ficción.
Aunque internet también tiene sus pequeñas miserias. Podemos acceder a millones de investigaciones científicas y, al mismo tiempo, somos capaces de dedicar cuarenta minutos a ver vídeos de gatos haciendo tonterías. El progreso tecnológico no siempre viene acompañado de un progreso equivalente en nuestras prioridades.
Pero hay algo mucho más importante. Durante siglos, el gran problema no fue solamente que el conocimiento se perdiera, sino que muchas personas no sabían que existía.
Imagine a un científico del siglo XVIII trabajando durante veinte años para resolver un problema que otro investigador había solucionado cincuenta años antes, en otro país y en otro idioma. No había Google, ni bases de datos, ni posibilidad de consultar fácilmente lo que se publicaba al otro lado del mundo.
La historia de la ciencia está llena de descubrimientos independientes. Newton y Leibniz desarrollaron el cálculo por caminos diferentes. Darwin y Wallace llegaron de forma independiente a ideas fundamentales sobre la selección natural.
No significa que uno de los dos estuviera perdiendo el tiempo. Los descubrimientos paralelos también sirven para confirmar teorías y abrir nuevos caminos. Pero muestran una limitación evidente: durante buena parte de nuestra historia, el conocimiento disponible era muchísimo mayor que el conocimiento al que cada persona podía acceder.
La humanidad no ha conquistado el mundo por lo que sabe, sino por todo lo que aprendió de quienes ya murieron
TENEMOS TANTO CONOCIMIENTO QUE YA NO SOMOS CAPACES DE LEERLO
Y aquí aparece una paradoja curiosa.
Durante miles de años, la humanidad tuvo dificultades para conservar información. Después inventamos sistemas extraordinarios para almacenarla y distribuirla. Y ahora resulta que hemos acumulado tanta que ningún ser humano puede procesarla.
Cada año se publican cantidades inmensas de investigaciones científicas, patentes, libros e informes. Un especialista puede dedicar toda su vida a estudiar una materia y morir sin haber leído una parte importante de lo que otros investigadores han publicado sobre ella.
Podemos encontrar miles de documentos sobre prácticamente cualquier asunto. Otra cosa muy distinta es tener tiempo para leerlos, comprenderlos y relacionarlos.
El gran cuello de botella del conocimiento humano ya no está únicamente en conservar la información, sino en nuestra capacidad para procesarla.
Y es precisamente ahí donde entra la inteligencia artificial.
Los modelos actuales pueden analizar cantidades enormes de textos, identificar relaciones, comparar investigaciones y encontrar patrones que a una persona le llevaría años detectar. No significa que lo sepan todo. Ni mucho menos. Tampoco que entiendan necesariamente las cosas como nosotros. Pero su capacidad para trabajar con grandes volúmenes de información es extraordinaria.
Pensemos en un biólogo que publicó una investigación en 1973 y en un químico que descubrió algo aparentemente distinto en 2019. Es posible que ninguno conociera el trabajo del otro. Quizá incluso estudiaban disciplinas que rara vez se relacionan.
Una inteligencia artificial podría ayudar hoy a detectar una conexión entre ambas investigaciones. No demostraría automáticamente una nueva teoría, pero sí podría señalar un camino que nadie había explorado.
Y eso cambia mucho las cosas.
Por primera vez tenemos herramientas capaces de recorrer una parte inmensa del conocimiento acumulado por generaciones y ayudarnos a descubrir relaciones que antes podían permanecer ocultas durante décadas.
No es poca cosa.

ALPHAFOLD: CUANDO UNA MÁQUINA APROVECHÓ CINCUENTA AÑOS DE TRABAJO HUMANO
Hay un ejemplo que me parece especialmente revelador. Y no es una predicción futurista de esas que dentro de diez años nadie recuerda haber hecho. Es algo que ya ha ocurrido y que ha recibido un Premio Nobel.
Durante aproximadamente medio siglo, uno de los grandes problemas de la biología fue predecir la estructura tridimensional de las proteínas a partir de su secuencia de aminoácidos.
Puede parecer un asunto poco emocionante para quienes no somos especialistas. Pero las proteínas intervienen en prácticamente todos los procesos fundamentales de la vida. Conocer su estructura ayuda a comprender enfermedades, estudiar tratamientos y desarrollar nuevas herramientas médicas.
Durante décadas, miles de científicos trabajaron para determinar esas estructuras mediante técnicas experimentales. Los resultados se fueron incorporando a bases de datos compartidas, especialmente el Protein Data Bank, creado en 1971.
Cada estructura era una pequeña victoria. Y cada victoria se añadía al trabajo de quienes habían investigado antes.
En 2020 llegó AlphaFold2, desarrollado por Google DeepMind. El sistema consiguió una precisión extraordinaria al predecir estructuras proteicas, aprovechando décadas de datos experimentales y avances científicos acumulados.
Lo que antes podía exigir meses o años de trabajo experimental empezó a poder abordarse, en determinados casos, mediante predicciones computacionales extraordinariamente rápidas.
No significa que todos los problemas de las proteínas estén resueltos ni que las predicciones sustituyan siempre a los experimentos. Pero el avance fue tan importante que Demis Hassabis y John Jumper recibieron el Premio Nobel de Química de 2024.
La base de datos AlphaFold llegó a ofrecer predicciones de más de 200 millones de estructuras proteicas. Conviene aclarar que son predicciones, no 200 millones de estructuras verificadas experimentalmente. Pero aun así la magnitud resulta impresionante.
Y lo interesante, al menos para mí, no es solamente lo que hizo la máquina.
Es lo que necesitó para hacerlo.
Sin los miles de investigadores que durante cincuenta años estudiaron proteínas, publicaron resultados y compartieron datos, AlphaFold no habría podido alcanzar esos resultados.
La inteligencia artificial no apareció de la nada para demostrar que los humanos éramos unos inútiles. Hizo algo bastante más interesante: utilizó el trabajo de generaciones enteras para llegar mucho más lejos.
Es, literalmente, una nueva forma de cooperar con los muertos.
La inteligencia artificial no es el final de la inteligencia humana. Es la suma de millones de inteligencias que ya no están
EL CÓDIGO QUE NADIE HABÍA VISTO FALLAR. HASTA QUE LLEGÓ LA IA
Hay otro ejemplo reciente que ayuda a comprender la magnitud de lo que está ocurriendo.
En 2026 se hicieron públicas vulnerabilidades graves relacionadas con PHP, uno de los lenguajes de programación más utilizados en internet y sobre el que funcionan plataformas tan conocidas como WordPress.
Algunos de los fallos afectaban a versiones publicadas durante años. Es decir, problemas que habían permanecido en un software utilizado por millones de personas y revisado por numerosos profesionales.
En la investigación conocida como PHP2Shell, herramientas de inteligencia artificial contribuyeron a descubrir y analizar vulnerabilidades que podían comprometer la seguridad de determinados servidores.
La IA ayudó a encontrar problemas que habían permanecido ocultos durante años en un código que muchísimas personas habían utilizado y estudiado.
No significa que ningún programador humano pudiera haberlos descubierto. Ni que las máquinas sean infalibles. Pero demuestra algo importante: un sistema capaz de examinar grandes cantidades de código y detectar relaciones complejas puede convertirse en una herramienta formidable.
Aunque aquí también aparece una cuestión bastante menos tranquilizadora.
La misma inteligencia artificial que ayuda a encontrar fallos para corregirlos puede facilitar que alguien los utilice para atacar sistemas informáticos.
Como suele ocurrir con las grandes tecnologías, el problema no es únicamente lo que permiten hacer, sino quién las utiliza y para qué.
Y eso nos lleva a una cuestión que me preocupa bastante más que las películas de robots rebeldes.

EL PROBLEMA ES QUE LA IA TAMBIÉN PUEDE INVENTARSE LAS COSAS. Y LO HACE CON MUCHA SEGURIDAD
Hay una diferencia fundamental entre una biblioteca y una inteligencia artificial.
Cuando consultamos un libro, podemos conocer su autor, su fecha de publicación y sus fuentes. Podemos contrastarlo con otros libros y discutir sus conclusiones. El documento está ahí, con sus aciertos y sus errores.
Una inteligencia artificial, en cambio, puede elaborar una respuesta perfectamente escrita, convincente y aparentemente documentada que contenga afirmaciones falsas.
Y lo peor es que puede hacerlo con una seguridad envidiable.
Cualquiera que haya utilizado estos sistemas con cierta frecuencia habrá comprobado que, cuando se equivocan, no siempre muestran demasiadas dudas. A veces inventan una cita, confunden una fecha o atribuyen a alguien palabras que nunca pronunció.
Lo hacen, además, con una prosa impecable. Que es casi lo más irritante.
El mayor riesgo de la inteligencia artificial no es que empiece a pensar por nosotros, sino que nosotros dejemos de hacerlo
Por primera vez, una de nuestras grandes herramientas para acceder al conocimiento puede reconstruirlo, interpretarlo y también distorsionarlo sin que el lector advierta necesariamente la diferencia.
Esto no invalida su utilidad. Pero obliga a utilizarla con criterio.
No creo que la inteligencia artificial elimine la necesidad de expertos. Más bien al contrario. Cuanto más capaces sean estas herramientas, más importante será contar con personas que sepan distinguir un resultado correcto de una explicación simplemente verosímil.
Durante siglos hemos avanzado porque alguien cuestionó lo que otros daban por cierto. La ciencia no progresa acumulando afirmaciones bonitas, sino contrastando hipótesis y corrigiendo errores.
La IA puede ayudarnos a hacerlo mucho más deprisa. Pero no debería convertirnos en personas que aceptan cualquier respuesta porque aparece en una pantalla y está redactada con aplomo.
Para eso ya teníamos suficientes tertulias de televisión.
EL SIGUIENTE SALTO NO TIENE POR QUÉ ESTAR EN NUESTROS GENES
Hay algo que me parece especialmente interesante de toda esta historia.
Durante cientos de miles de años, los seres humanos hemos avanzado mediante la evolución biológica y, sobre todo, mediante una evolución cultural que nos permitió superar muchas de nuestras limitaciones físicas.
No necesitamos desarrollar alas para volar. Construimos aviones. No necesitamos aprender a respirar bajo el agua. Inventamos equipos de buceo. Tampoco necesitamos aumentar biológicamente nuestra memoria para conservar millones de libros. Creamos bibliotecas, ordenadores e internet.
La próxima gran revolución no consistirá en descubrir algo nuevo, sino en encontrar lo que llevábamos décadas teniendo delante
Cada una de esas innovaciones amplió nuestras capacidades sin necesidad de esperar miles de generaciones.
La inteligencia artificial puede representar otro paso en esa misma dirección. Con una diferencia importante: hasta ahora, las grandes herramientas de transmisión del conocimiento servían fundamentalmente para conservarlo, reproducirlo o facilitar su consulta.
La IA permite además analizarlo a gran escala, relacionarlo y contribuir a desarrollar soluciones que antes no existían.
Por supuesto, esto traerá problemas. Algunos ya los estamos viendo. Cambiarán profesiones, desaparecerán determinadas tareas, surgirán otras nuevas y tendremos que discutir cuestiones económicas, políticas y éticas bastante complicadas.
También habrá quienes utilicen estas herramientas para producir cantidades industriales de basura digital. De hecho, no hace falta esperar al futuro para comprobarlo.
Pero sería un error contemplar la inteligencia artificial únicamente como una máquina que viene a competir con nosotros.
Creo que hay otra forma de entenderla.
Cuando AlphaFold predice la estructura de una proteína, está utilizando conocimientos acumulados por investigadores que comenzaron su trabajo décadas antes de que existiera esa tecnología. Cuando un sistema detecta una vulnerabilidad informática, se apoya en técnicas y código desarrollados por miles de programadores. Cuando una IA ayuda a un científico a encontrar una relación inesperada entre dos investigaciones, está conectando ideas que quizá nunca habrían llegado a encontrarse.
La inteligencia artificial no rompe necesariamente la cadena del conocimiento humano. Puede convertirse en el instrumento más poderoso que hemos construido para prolongarla.
Y, visto así, el asunto resulta bastante más emocionante que preguntarnos si dentro de diez años una máquina escribirá mejores novelas que nosotros.
Nuestros antepasados comenzaron transmitiendo técnicas para fabricar herramientas, encender fuego o conseguir alimentos. Después llegaron los relatos, la escritura, las bibliotecas, la imprenta, las universidades e internet.
Cada avance permitió que los conocimientos viajaran más lejos, sobrevivieran durante más tiempo y llegaran a personas que nunca habrían conocido a sus autores.
Ahora hemos construido máquinas capaces de trabajar con una parte gigantesca de ese legado y ayudarnos a encontrar conexiones que antes podían pasar inadvertidas.
La frase del principio adquiere entonces un significado diferente: cada palabra que pronunciamos es un préstamo de los muertos y un regalo a los que vienen.
La inteligencia artificial podría convertirse en el instrumento más extraordinario que hemos creado para explorar esos préstamos y encontrar, entre millones de ideas separadas por siglos, idiomas y continentes, la pieza que necesitábamos para dar el siguiente paso.
No sé si las máquinas acabarán siendo más inteligentes que nosotros. Tampoco tengo claro que sepamos gestionar bien todo lo que viene. Nuestra historia demuestra que somos extraordinarios inventando herramientas y bastante menos brillantes anticipando sus consecuencias.
Pero hay algo que sí sabemos.
Llevamos cientos de miles de años avanzando gracias a personas que ya no están. Utilizamos sus descubrimientos, corregimos sus errores y construimos cosas que ellos jamás habrían imaginado.
Eso no nos hace menos humanos. Nos recuerda lo que siempre hemos sido: terminales de una red cuyos nodos principales llevan siglos enterrados.
Solo que ahora la red tiene un buscador.
Y, para variar, ni siquiera estamos seguros de entender del todo cómo funciona.




