ADN visigodo revela que apenas sustituyeron a los hispanorromanos: el impacto genético fue mínimo

Un estudio con 243 genomas antiguos de 31 yacimientos concluye que la aportación genética del centro y norte de Europa osciló entre el 12 % y el 22 %. La romanización transformó la demografía peninsular mucho más que las migraciones germánicas.

El ADN visigodo no reemplazó a nadie: la península ibérica cambió muy poco con la llegada de los pueblos germánicos. Un análisis de ADN antiguo coordinado por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF), el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, la Universidad de Harvard y la Universidad del País Vasco sitúa la aportación genética de esos migrantes entre el 12 % y el 22 %.

No hubo sustitución de población. Esa es la conclusión que resume ocho siglos de historia peninsular reconstruidos en la revista Cell a partir de 243 genomas antiguos procedentes de 31 yacimientos, desde el siglo I hasta el VIII d. C.

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El contraste con Roma es la clave. Entre los siglos I y IV, la llegada de individuos del Mediterráneo oriental y del norte de África multiplicó la diversidad local; después, el empuje de los pueblos del centro y del norte de Europa fue comparativamente mucho menor. —La romanización no fue únicamente una transformación política, lingüística y cultural. Nuestros datos demuestran que también supuso una importante transformación demográfica—, explica Carles Lalueza-Fox, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y coautor principal.

Del 12 % al 22 %: la huella germánica que no fue un reemplazo

Las cifras concretas van del 12 % al 22 % según la región y el contexto social de cada enterramiento. En los Balcanes y en Gran Bretaña, las migraciones posteriores a la caída de Roma dejaron una impronta demográfica mucho más profunda; aquí, la contribución de las comunidades centroeuropeas y septentrionales a partir del siglo V se quedó en esa horquilla. Traducido a escala humana: menos de uno de cada cinco habitantes de la península tardoantigua tenía ascendencia de más allá del limes, y en muchas comarcas la proporción fue bastante inferior.

—Encontramos migraciones y nuevas ascendencias, pero no un reemplazo de la población ni un impacto demográfico a gran escala—, sostiene David Reich, investigador principal de la Universidad de Harvard y coautor del trabajo.

La pregunta ya no es cuántos germanos llegaron, sino a quién eligieron como familia y dónde enterraron a sus muertos.

Los visigodos no llegaron a un mapa vacío. En 409 cruzaron el continente suevos, vándalos, y alanos, aprovechando un imperio desangrado por crisis y guerras civiles; en 507 se fundó el reino visigodo, que se derrumbaría dos siglos después con la conquista islámica. Sobre ese suelo seguía operando la maquinaria romana. La Hispania visigoda se apoyó en calzadas, puertos y ciudades que explican cómo dos hermanos acabaron enterrados a cientos de kilómetros el uno del otro.

Dos hermanos a 725 kilómetros y una península bien conectada

El hallazgo más elocuente del estudio no es una cifra, sino un parentesco. En una tumba de Mérida, junto a un rico ajuar funerario, reposaban unos restos óseos cuyo análisis reveló un vínculo muy cercano con otro cuerpo hallado en la antigua estación romana de Ildum, en la actual Castellón. Eran dos hermanos. Ambos estaban enterrados con joyas y adornos de estilo germánico, y ambos tenían ascendencia íntegramente centroeuropea: probablemente formaban parte de la primera generación de migrantes llegada a la península.

Entre las dos tumbas hay 725 kilómetros, casi un mes de camino a pie para quien quisiera repetir hoy el trayecto. Entonces no debió de ser un obstáculo. —No estamos observando simplemente cambios en las frecuencias genéticas, sino identificando familias que se desplazaron por una península que todavía estaba conectada mediante las infraestructuras del Imperio romano—, explica Iñigo Olalde, coautor e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

ADN antiguo

Princesas suevas, alianzas matrimoniales y los límites del método

El caso de las llamadas princesas suevas completa el cuadro y corrige un prejuicio. Eran mujeres enterradas con ajuares tan ricos que durante décadas se las tuvo por integrantes de una élite llegada de más allá de las fronteras imperiales. El ADN dijo otra cosa: una de ellas tenía ascendencia local. La identidad germánica, por tanto, podía adquirirse por alianza matrimonial y no solo por nacimiento. —Estas mujeres demuestran cómo la genética puede cambiar nuestra interpretación de las élites del pasado—, añade Pablo Carrión, primer autor del estudio.

Conviene separar lo que el estudio demuestra de lo que sugiere. Lo primero es sólido: 243 genomas, 31 yacimientos, cuatro instituciones de primer nivel y una revista con revisión por pares. La horquilla del 12 % al 22 % es un dato empírico, no una interpretación. Lo segundo ya es lectura, y ahí cada cual verá lo que quiera ver. A mí me interesa más el método que el titular: la paleogenómica ha dejado de servir para contar grandezas nacionales y ha empezado a reconstruir familias concretas, con sus joyas, sus alianzas y sus mudanzas.

Eso sí, la muestra es desigual. Los datos del Instituto de Biología Evolutiva cubren con mucha más resolución unas regiones que otras, y dar por sentado que el ajuar funerario refleja el estatus que se tuvo en vida sigue siendo una apuesta arqueológica, no una certeza. Las conclusiones sobre élites y matrimonios son sugerentes, pero se apoyan en pocos individuos y necesitan más casos antes de convertirse en regla general.

Nada de esto significa que la península fuera un territorio inmóvil. El acervo genético siguió cambiando durante la Edad Media y la época moderna, con la conquista islámica del siglo VIII, los movimientos internos de población y la expansión de los reinos cristianos añadiendo capas sobre ese fondo. Ese es el tramo que la genética aún debe cartografiar con esta resolución, y el que probablemente depare las próximas sorpresas. La península nunca fue uniforme; en la Antigüedad tardía fue, incluso, más heterogénea que hoy.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: un análisis de ADN antiguo concluye que la llegada de pueblos del centro y norte de Europa a la península ibérica tras la caída de Roma dejó una aportación genética de entre el 12 % y el 22 %, sin reemplazo demográfico.
  • Dónde: península ibérica, con 243 genomas de 31 yacimientos; entre los casos destacados, dos hermanos enterrados en Mérida y en la antigua Ildum (actual Castellón), a unos 725 kilómetros de distancia.
  • Institución responsable: Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF), Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, Universidad de Harvard y Universidad del País Vasco (EHU), con publicación en la revista Cell.
  • Cuándo: el estudio cubre el periodo entre los siglos I y VIII d. C.
  • Impacto a futuro: desplaza el foco del mito del reemplazo a la historia de familias y alianzas concretas, y abre la reconstrucción genética de la península medieval.

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