Inversión a largo plazo con horizonte 2050: los fondos de renta variable han rentado un 6,5% anual en España desde 2000. No es una proyección. Es el rendimiento ya devengado, medido sobre una ventana que incluye dos desplomes bursátiles severos, una crisis inmobiliaria de siete años y una pandemia.
El dato lo firma Marcelo Casadejús, analista del mercado de fondos, en una columna que Expansión publicó el 24 de octubre con el título Alfonso y Enrique: objetivo 2050. No es un informe de gestión: es una pieza de opinión construida sobre una anécdota familiar. Dos mellizos de diez meses y un fondo de renta variable internacional abierto por su padrino a 25 años.
Veinticinco años de datos que ordenan el debate
La jerarquía que sale de ese ejercicio es la siguiente: fondos de acciones, un 6,5% anual; Ibex 35, un 3,6%; vivienda, un 3,5%; y fondos de renta fija, un 1,8%. Son rentabilidades medias anuales desde el año 2000 y respetan, sin excepción, la lógica que el propio autor subraya: a menor riesgo, menor rentabilidad.
Conviene fijar dos matices. El primero: las cifras de bolsa miden apreciación de precio, no rentabilidad total. Los dividendos del Ibex no están en ese 3,6% y, con un yield histórico del 3% al 4%, la brecha con los fondos de renta variable se estrecha. El segundo: arrancar en el año 2000 es arrancar en la cresta de la burbuja tecnológica, el peor escenario para quien empieza.
Y aun así, el interés compuesto hace el resto. Un euro al 6,5% anual se convierte en 4,8 euros al cabo de 25 años. El mismo euro, al 1,8% de los fondos de bonos, termina en 1,56 euros. La diferencia no la explica la habilidad del gestor ni el timing: la explica el tiempo. Un repaso a la aritmética del interés compuesto basta para verlo.
El horizonte no es un adorno del folleto: es la variable que convierte una volatilidad insoportable en una molestia estadística.
La vivienda merece un aparte, porque su 3,5% no describe el mercado residencial con la limpieza que aparenta. La serie incluye la mayor burbuja inmobiliaria de la historia reciente del país, su estallido y una recuperación desigual por provincias. Quien compra hoy en Madrid no compra la media nacional: compra un activo atado al barrio, al inquilino y a la ley de alquiler vigente.
El bautizo como test de horizonte
Alfonso y Enrique tienen diez meses y un fondo de renta variable internacional a su nombre. Su padrino ha colocado el dinero en la parte alta de la pirámide de riesgo con un objetivo claro: veinticinco años. Cuando lo necesiten tendrán alrededor de 25, una edad razonable para empezar una carrera, comprar un piso o montar algo propio. Con ese plazo, la probabilidad histórica de que la renta variable bata a la renta fija es abrumadora.
Ese es el punto que la columna acierta a poner sobre la mesa: el largo plazo no es una estrategia, es una condición previa. Sin horizonte, la misma cartera que hoy parece prudente se vuelve una temeridad. Con horizonte, una caída del 30% es una oportunidad de compra.
Lo que el experimento mide y lo que deja fuera
Comparto el fondo del planteamiento de Casadejús y discrepo en un matiz que me parece decisivo. Ese 6,5% no es una promesa transferible al próximo cuarto de siglo: es un resultado pasado logrado con tipos que pasaron del 0% al 4% y una inflación que superó el 10% en el verano de 2022. La conclusión sólida no es que la renta variable vaya a repetir el 6,5%, sino que el tiempo es el activo escaso: cualquier estrategia de inversión a largo plazo con horizonte 2050 necesita acciones dentro.
Hay una contradicción más incómoda. La columna elogia el horizonte de 25 años, pero ese horizonte caduca: 2050. Según se acerque, la cartera deberá dejar de ser cien por cien renta variable. Si el fondo se mantiene intacto hasta que los mellizos cumplan 25, el riesgo de secuencia —vender en un mal ejercicio justo cuando hace falta el dinero— puede borrar buena parte de la ventaja. Los fondos de objetivo de fecha lo tienen medido: desriscar en los últimos cinco o siete años recorta la dispersión del resultado final.
Cualquier familia que quiera replicar el experimento tiene dos herramientas a mano. La primera, la aportación periódica, que convierte la volatilidad en aliada. La segunda es fiscal: en España los traspasos entre fondos no tributan hasta el reembolso, lo que permite rebalancear sin pasar por Hacienda. Con esas dos piezas, el vehículo concreto importa menos de lo que la industria quiere hacer creer.
El seguimiento del experimento tiene una fecha marcada: el primer reembolso parcial. Si coincide con la mayoría de edad de los mellizos, en 2043, se sabrá si el padrino acertó con el producto o solo con el calendario.





