James Webb recrea las colisiones planetarias que vaporizan mundos y formaron la Luna

El equipo ha reunido 21 discos de escombros extremos, entornos donde los impactos vaporizan roca y dejan polvo caliente. El análisis de su composición distingue entre choques de cuerpos del tamaño de Marte y roces entre objetos lunares.

El telescopio James Webb ha medido por primera vez la energía de colisiones planetarias capaces de vaporizar mundos enteros. Un equipo liderado por Kate Su, del Space Science Institute de Boulder (Colorado), ha reunido 21 sistemas estelares jóvenes que todavía conservan la huella de esos choques y publica los resultados este jueves en The Astrophysical Journal. Es el mismo tipo de impacto que, hace unos 4.500 millones de años, arrancó de la Tierra el material que acabó formando la Luna.

Los protagonistas son los discos de escombros extremos, una subclase que el ya retirado telescopio Spitzer descubrió en su día. Son sistemas que albergan cantidades anómalas de polvo caliente muy cerca de su estrella, en una franja comparable a la que ocupan los planetas rocosos del sistema solar. Según los datos acumulados hasta ahora, solo el 1% de las estrellas jóvenes muestra señales observables de esa fase. Puede que el Sol también pasara por ella. La NASA detalla el hallazgo en su comunicado.

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Veintiún rescoldos de mundos destrozados

Su y su equipo consiguieron reunir 21 discos de escombros extremos: cinco rescatados del archivo de Spitzer y dieciséis observados con Webb, de los que doce eran nuevos y cuatro, seguimientos de objetos ya conocidos. Es la primera vez, según la investigadora, que se reúnen suficientes sistemas para entender de verdad esta subclase. Antes de Webb la información era fragmentaria: se sabía que estos discos eran raros y muy distintos de los discos de escombros fríos clásicos, como los de Vega y Fomalhaut, pero poco más.

Los tres rasgos comunes quedaron confirmados: granos de polvo más pequeños que los de los discos protoplanetarios o los discos de escombros clásicos, una alta concentración de polvo caliente y variaciones irregulares de brillo. Todo ello visible en los espectros de infrarrojo medio que captaron Webb y Spitzer.

Para averiguar qué provoca esas cualidades, el equipo analizó la composición mineralógica de los discos.

El polvo que Webb analiza no es un residuo frío: es la ceniza caliente de mundos que acaban de dejar de existir.

La firma química que revela el tamaño del impacto

Los discos se dividen en dos familias. Los ricos en sílice contienen materiales como el vidrio volcánico —la obsidiana es un ejemplo terrestre—, mientras que los pobres en sílice presentan minerales como la forsterita, que en la Tierra aparece en forma de granos de arena verde en algunas playas de Hawái. La categoría no es un capricho de clasificación: informa sobre la violencia del choque que generó los escombros.

Cerca de un tercio de la muestra es rica en sílice. Esos discos proceden de impactos de altísima energía entre cuerpos del tamaño de Marte, choques en los que una porción significativa del material se vaporiza. Los otros dos tercios, pobres en sílice, apuntan a colisiones menores, del tipo roce rasante, entre objetos del tamaño de la Luna. En una sola medida, Webb distingue entre un impacto capaz de fundir un planeta y un simple encontronazo entre mundos pequeños.

telescopio James Webb

La edad añade otra pista. Los discos ricos en sílice aparecen solo alrededor de estrellas con menos de 300 millones de años. Los pobres en sílice, en cambio, se reparten por un abanico de edades mucho más amplio y suelen mostrar variaciones de brillo más acusadas, probablemente porque los escombros frescos evolucionan rápido y vuelven a chocar entre sí.

El eco del Gran Bombardeo

El hallazgo importa porque une dos relatos que solemos contar por separado: la formación de la Luna y la evolución de otros sistemas planetarios. Las simulaciones indican que los planetas rocosos como la Tierra se forman en los primeros cientos de millones de años de vida de un sistema, y los discos ricos en sílice encajan con esa ventana. Se estima que la Tierra y la Luna se formaron unos 100 millones de años después del Sol, y que la Luna nació del choque entre la Tierra y un objeto del tamaño de Marte al que llamamos Theia.

El equipo va un paso más allá. Si los discos pobres en sílice de mayor edad y sus estallidos aleatorios de brillo reflejan inestabilidad orbital, el cuadro encajaría con la hipótesis del Gran Bombardeo, el episodio en el que los planetas gigantes migraron y desestabilizaron las órbitas de los cuerpos pequeños. Eso sí, conviene tomarlo con cautela: es una conexión sugerente, no una prueba.

Los propios autores rebajan la euforia. Attila Moor, del Observatorio Konkoly de Budapest y coautor del trabajo, reconoce que quedan muchas incógnitas: esperan no encontrar sistemas ricos en sílice entre los discos más antiguos, pero solo tres de los 21 objetos analizados cumplen el criterio de edad necesario para comprobarlo. Harán falta más observaciones para cerrar la hipótesis. El estudio aparece en una revista con revisión por pares, lo que respalda el análisis, aunque una muestra de 21 sistemas sigue siendo pequeña para generalizar.

Mientras llegan esos datos, Webb seguirá apuntando a los rescoldos. La NASA recuerda que el programa Artemis, con el que prepara el regreso humano a la Luna, se apoya en las lecciones de un pasado violento que ya nos tocó vivir. Cada nuevo disco de escombros extremos es una ventana a un episodio que aquí ya ocurrió y que, en algún rincón de la galaxia, está ocurriendo ahora mismo.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: El telescopio James Webb ha analizado 21 discos de escombros extremos y ha relacionado su composición química con la energía de las colisiones que los generan.
  • Dónde: Sistemas estelares jóvenes de la Vía Láctea, observados desde la Tierra; el fenómeno se estudia por su parecido con el impacto que formó la Luna.
  • Institución responsable: Equipo liderado por Kate Su (Space Science Institute de Boulder), con observaciones de la NASA, la ESA y la CSA; publicado en The Astrophysical Journal.
  • Cuándo: Los resultados se publican este jueves 1 de octubre de 2026.
  • Impacto a futuro: Ayuda a entender cómo se forman y evolucionan los planetas rocosos y refuerza el vínculo entre las colisiones extremas y la historia de la Tierra y la Luna.

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