Pakistán bombardea Afganistán: ataca Kandahar y busca aliados contra los talibanes

Drones y aviones paquistaníes golpean diez objetivos en Afganistán, uno de ellos en Kandahar, mientras Islamabad teje alianzas con los grupos rebeldes. La guerra total, sin embargo, sigue frenada por la crisis económica y el frente indio.

Durante veinte años, Pakistán fue el refugio silencioso de la cúpula talibán mientras Washington la buscaba al otro lado de la frontera. Hoy, según sostiene VisualPolitik en su último análisis, la inteligencia paquistaní ha llegado a la conclusión contraria: aquello fue un error y el país no estará seguro hasta que el régimen de Kabul deje de ser lo que es. El detonante más reciente tiene fecha: el 24 de septiembre, aviones y drones paquistaníes golpearon diez objetivos en Afganistán, uno de ellos en Kandahar.

De esconder a los talibanes a bombardear Kandahar

Que uno de los blancos estuviera en Kandahar no es un detalle menor. Es la ciudad donde reside el líder supremo talibán y el mensaje que lanza Islamabad resulta difícil de malinterpretar. Según el canal, el New York Times ha documentado que los talibanes llevan meses enfrentando un intento de cambio de régimen con respaldo paquistaní. Días después del ataque, el Ministerio de Defensa afgano afirmó haber matado a 28 combatientes, en medio de un cruce de acusaciones entre ambas capitales. Kabul sostiene que un grupo armado entró desde Pakistán para combatir a los talibanes y señala que se trataba de antiguos soldados del ejército afgano reclutados por la inteligencia paquistaní.

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El cambio de lenguaje importa tanto como el cambio de objetivos. El portavoz del ejército paquistaní ya no se refiere a los talibanes afganos como protectores de terroristas: ahora los califica directamente de organización terrorista. Y los bombardeos han dejado de apuntar solo a campamentos del TTP en la frontera para alcanzar también cuarteles del propio ejército talibán. El giro es estratégico, no táctico.

Islamabad teje una red de aliados contra Kabul

En paralelo a las bombas, Pakistán construye una arquitectura política alternativa. VisualPolitik explica que desde el año pasado Islamabad celebra conferencias con la oposición afgana y ha abierto canales con grupos armados contrarios a los talibanes. El Frente de Liberación de Afganistán habría llegado a abrir una oficina en la propia capital paquistaní. El objetivo sería desplazar a los talibanes y promover en Kabul un gobierno que integre a todas las etnias del país, una fórmula mucho más cómoda para los intereses de Islamabad.

Los ejemplos sobre el terreno se acumulan. El 17 de julio de 2026, una guerrilla poco conocida, el Frente de Soldados de la Patria, tomó durante unas horas y con unos 25 efectivos la sede del gobierno local de Badajshán, izó su bandera y se llevó armas y material. Era la primera operación de ese tipo desde 2021. Una semana después, en la misma provincia, otro grupo aseguró haber matado a 21 talibanes, tomado posiciones en altura y derribado dos drones. Según el informe del secretario general de Naciones Unidas, entre mayo y julio los grupos contrarios al régimen reivindicaron 88 ataques en 21 provincias.

Islamabad lo niega todo. Pero, como recuerda el canal, es el actor más beneficiado por cada una de esas operaciones: desgasta a un enemigo declarado y obliga a los talibanes a dividir fuerzas sin gastar un solo soldado propio. Cada fuego que Kabul apaga en el norte es un fuego que no atiende en la frontera con Pakistán.

Pakistán ya no habla de castigar a los talibanes paquistaníes, sino de acabar con quien les da cobijo.

— VisualPolitik

El peor momento de los talibanes y el peor de Islamabad

El contexto regional juega a favor de la presión paquistaní. La guerra con Irán ha dejado medio cerrada la puerta marítima que durante años fue la gran alternativa afgana a los puertos de Pakistán. El Programa Mundial de Alimentos registra subidas de entre el 20% y el 30% en el precio de los alimentos, en un país donde tres de cada cuatro personas viven en la pobreza. Según VisualPolitik, los talibanes atraviesan su momento más delicado desde que regresaron al poder.

Pero el reloj también corre en contra de Islamabad. Los ataques del TTP y de otros grupos armados mataron en 2025 a 667 miembros de las fuerzas de seguridad y a 580 civiles, la cifra más alta en más de una década. En julio de este año cayeron 112 agentes más y el 26 de septiembre un coche bomba acabó con la vida de doce personas en un control policial. La escalada no cede dentro de las propias fronteras.

Por qué una invasión total sería un suicidio estratégico

La tentación de una guerra a gran escala existe y el canal la examina con detenimiento. El precedente de 2014 es aleccionador: la ofensiva paquistaní para limpiar el norte costó cerca de 500 soldados, un enorme despliegue de recursos y alrededor de un millón de desplazados. El resultado fue casi nulo, porque los talibanes paquistaníes cruzaron la frontera, esperaron y volvieron cuando las tropas se retiraron.

A eso se suman los problemas de fondo. En Pakistán viven unos 43 millones de pastunes, más que en el propio Afganistán. Una invasión podría leerse como un ejército de mayoría panyabí entrando en territorio pastún, lo que convertiría a los talibanes en defensores de su pueblo y daría al TTP el mejor argumento de reclutamiento a ambos lados de la línea. Y aunque Kabul cayera, queda la pregunta incómoda: a quién se coloca en el poder. Los principales grupos rebeldes son herederos de la Alianza del Norte, con base tayika y minoritaria en el norte, escasa implantación en el sur pastún y lazos nada disimulados con Nueva Delhi.

El freno económico es igual de contundente. Pakistán importa más del 80% del crudo que consume y casi todo llega por el estrecho de Ormuz o el mar Rojo. Con la guerra de Irán, la gasolina firmó la mayor subida de su historia: la inflación pasó del 0,3% en abril de 2025 al 11,7% en mayo de 2026, y en septiembre los carburantes siguieron encareciéndose. El gobierno llegó a cerrar los colegios durante dos semanas, impuso la semana laboral de cuatro días a los funcionarios y limitó las bodas a 200 invitados y un solo plato. De cada 100 rupias de gasto público, 43 se destinan a pagar deuda, y el país depende de un rescate del FMI de 7.000 millones de dólares. Aquí el margen de maniobra es mínimo.

La política interna añade otra capa de paralisis. En la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, fronteriza con Afganistán, el partido de Imran Khan gobierna sin interrupción desde 2013 y sigue siendo la formación más votada del país. El ex primer ministro, en prisión desde hace tres años, defiende negociar con los talibanes, mientras el ejército apuesta por la mano dura. El choque es abierto: el PTI ha convocado una marcha sobre Islamabad el 4 de octubre desde Peshawar, y el gobierno central amenaza con intervenir la provincia y suspender su autonomía. Lanzar una guerra desde un territorio gobernado por quien se opone a ella es, en palabras del canal, la receta perfecta para que un conflicto exterior acabe en crisis nacional.

A ese frente se suma Baluchistán, la provincia más pobre y la más extensa del país, donde la insurgencia separatista ha dado un salto de intensidad: el secuestro de un tren con cientos de pasajeros en marzo de 2025 y un atentado suicida contra un convoy militar en Quetta este año. Allí están dos activos que Pakistán no puede perder bajo ningún concepto: el puerto de Gwadar, pieza central del corredor económico con China, y Reko Diq, uno de los mayores yacimientos de cobre y oro sin explotar del planeta.

Y al este, la India. Tras los cuatro días de ataques aéreos mutuos de mayo de 2025, Nueva Delhi mantiene suspendido el tratado de las aguas del Indo, del que depende cerca del 80% de la agricultura de regadío paquistaní, y hace unas semanas un destructor indio y un patrullero paquistaní chocaron en el mar Arábigo. Mientras tanto, la India ha reabierto su embajada en Kabul y ha ido estrechando lazos con los talibanes. El círculo se cierra: la profundidad estratégica que Pakistán buscó durante décadas se ha convertido en un frente que le dispara.

Más desgaste que invasión: qué cabe esperar

La conclusión de VisualPolitik es que Islamabad no lanzará una guerra total, por mucho que desee la caída del régimen talibán. Lo previsible es una estrategia de asfixia sostenida: bombardeos selectivos, presión sobre los pasos fronterizos para agravar el descontento interno y apoyo a sublevaciones locales que erosionen el control talibán sin exponer soldados paquistaníes. Un conflicto de baja intensidad y largo recorrido.

Para el lector, la clave está en entender que esta partida no se juega solo en Kandahar o Kabul. Se juega en la factura energética de Karachi, en la autonomía de Peshawar, en las aguas del Indo y en un puerto de aguas profundas llamado Gwadar que China observa con atención. Toda crisis en el vecindario afgano termina llegando, antes o después, a los precios y a la política de un país que ya vive su particular tormenta perfecta.

¿Estamos ante el principio del fin del régimen talibán o ante el arranque de otra guerra eterna en la región? Es la pregunta que el propio canal deja abierta a su audiencia. Lo que parece claro es que Afganistán seguirá siendo, durante bastante tiempo, un infierno en la tierra.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de VisualPolitik en YouTube.

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