Trump redobla su pulso con la Fed y afea a Warsh su voto por subir los tipos: ‘Una junta hostil’

La crítica a un gobernador por un voto concreto tensa la relación entre la Casa Blanca y el banco central. Los inversores responden exigiendo más rentabilidad a la deuda soberana, justo lo contrario de lo que busca el presidente.

El pulso de Trump con la Fed por los tipos de interés ha dejado de ser una escaramuza verbal. El presidente de Estados Unidos ha reprochado a Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, que votara a favor de la última subida, y ha calificado la junta de gobernadores de ‘muy hostil’. La crítica llega en plena resaca de una venta masiva de bonos que ya había tensionado los mercados de deuda globales.

Qué ha dicho Trump y por qué incomoda a la Reserva Federal

Trump no dejó margen a la interpretación. Sostuvo que Warsh debería haberse opuesto al alza de tipos y pidió al banco central que detenga el endurecimiento monetario. Es la primera vez en este ciclo que el presidente señala por su nombre a un gobernador por un voto concreto dentro del comité que decide la política monetaria, el FOMC.

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La acusación es doble. Por un lado, cuestiona la decisión técnica de subir el precio del dinero. Por otro, insinúa que Warsh traicionó la línea que la Casa Blanca esperaba de él desde su nombramiento. En Washington, nadie lee ya la frase como un simple comentario de coyuntura.

Fuentes del banco central citadas por la prensa estadounidense evitaban cualquier valoración sobre las declaraciones y remitían al mandato legal de la institución. El silencio, en este caso, también es un mensaje. El doble mandato de la Fed, estabilidad de precios y máximo empleo, es la vara con la que se mide cada decisión del comité.

Los mercados de deuda, el termómetro del pulso

El contexto agrava la tensión. La crítica de Trump llegó en plena resaca de una venta masiva de bonos, con las rentabilidades de la deuda soberana al alza y los inversores reclamando una prima mayor para financiar a los gobiernos. Cuando un presidente presiona a su banco central, los tenedores de bonos hacen lo único que saben hacer: exigir más dinero por su riesgo.

La paradoja es evidente. Trump quiere tipos más bajos para abaratar el coste de la deuda pública y estimular la economía. Pero cada embestida contra la independencia de la Fed tiene el efecto contrario a corto plazo: sube la prima de riesgo, repuntan las rentabilidades y se encarece justo aquello que pretende abaratar.

La presión sobre la Fed no baja los tipos: sube la prima que exigen los inversores que compran deuda. Y esa factura acaba pagándola el contribuyente.

Los analistas de varias casas de Wall Street comparten la lectura. La volatilidad del mercado de bonos responde hoy menos a los datos de inflación que a la incertidumbre sobre quién manda de verdad en la política monetaria. Y esa pregunta, hoy, no tiene una respuesta cómoda para nadie.

El mercado no perdona las dudas. Cuando la Reserva Federal pierde credibilidad, la curva de tipos se empina y el Estado paga más por refinanciar su deuda. En un país con más de 35 billones de dólares de deuda pública, cada décima de tipo se traduce en miles de millones adicionales de intereses al año.

La independencia de la Fed, en el banquillo

Estados Unidos presume desde hace décadas de tener un banco central inmune al ciclo político. La realidad es más incómoda. Desde que Richard Nixon presionara a Arthur Burns en los años setenta para que mantuviera los tipos bajos antes de una elección, la historia de la Fed está salpicada de presidentes que intentaron torcerle el brazo. Aquel episodio no terminó bien: la inflación se acercó al 12% y costó casi dos décadas y una recesión severa devolverla a un terreno razonable.

El precedente importa porque el error de Burns no fue ceder una vez, sino ceder de forma sostenida. Cabe recordar que la credibilidad de un banco central no se construye con discursos, sino con votos incómodos. Warsh, nombrado por Trump, tendrá que decidir si su legado pasa por complacer a quien le puso en el cargo o por defender el mandato que juró proteger.

No hace falta irse muy lejos para ver cómo termina este tipo de pulso. En Turquía, la presión sostenida de Recep Tayyip Erdogan sobre su banco central derivó en una inflación desbocada que superó el 80% en 2022. El patrón se repite: cuando el poder político decide que los tipos son un asunto suyo, el mercado responde con la única arma que tiene, que es huir de la moneda.

Hay un segundo riesgo que conviene no pasar por alto. Cada intervención presidencial erosiona un activo intangible: la expectativa de que la Fed actúa con independencia. Si esa expectativa se rompe, el mercado deja de mirar los datos y empieza a mirar el calendario electoral. Y entonces los tipos dejan de ser una herramienta técnica para convertirse en propaganda.

He cubierto otros pulsos parecidos entre gobiernos y bancos centrales, y casi todos empezaron con un mensaje incendiario y terminaron con una prima de riesgo más alta. Los bancos centrales de medio mundo llevan dos años defendiendo su autonomía frente a gobiernos con deuda disparada. Si la primera economía del planeta normaliza el pulso presidencial contra su banco central, el argumento se debilita en cada reunión del FMI y del G20.

El próximo FOMC será la prueba. Si Warsh mantiene el rumbo pese a las embestidas, el pulso quedará como un aviso. Si cede, el daño institucional será difícil de reparar. Esta vez no es una escaramuza verbal: es la duda de si la Fed decide por datos o por mensajes en la red social de turno.


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