Hay una idea que conviene desmontar antes de entrar en el fondo: el estrecho de Ormuz no es el escenario donde ocurre la crisis, es uno de los instrumentos con los que se está negociando. Así lo plantea el análisis de Negocios TV, en el que el analista Renan Guevara sostiene que Washington mantiene una superioridad económica y militar enorme sobre Teherán, pero que la geografía le concede a Irán una capacidad asimétrica extraordinaria.
La clave de esa asimetría es sencilla de enunciar y muy difícil de neutralizar. Irán no necesita hundir un portaaviones: le basta con conservar la capacidad de poner en riesgo algo cuyo valor para su adversario y para la economía mundial sea muchísimo mayor que el coste de amenazarlo. Esa lógica explica por qué las conversaciones que estos días se celebran en Nueva York avanzan con tanta cautela.
El intercambio por fases que se explora en Nueva York
Diversos medios han reportado que Washington y Teherán exploran un acuerdo por fases. Irán facilitaría la reapertura del tránsito en Ormuz mientras Estados Unidos levantaría de forma progresiva el bloqueo económico, e incluso se estudiaría el acceso iraní a determinados activos congelados. Sobre el papel el esquema encaja; en la práctica choca con un problema de orden.
Ninguna de las partes quiere ser la primera en entregar su carta principal. Washington repite que necesita garantías de libertad de navegación antes de mover ficha; Teherán responde que primero hace falta alivio de la presión económica y militar. La misma coacción que empujó a Irán a sentarse a la mesa es la que ahora dificulta el acuerdo.
En ese pulso, cada gesto se lee como señal de debilidad o de fortaleza. El análisis subraya que la crisis ya no se juega solo en una mesa: se juega en la percepción mutua de quién aguanta más.
La misma coacción que llevó a Irán a negociar es también lo que hoy dificulta el acuerdo: ninguna de las dos partes quiere entregar primero su carta.
— Renan Guevara, en Negocios TV
Por eso, apunta el analista, preguntar quién va ganando resulta engañoso. Son dos capacidades distintas de infligir daño. Estados Unidos puede castigar la economía iraní; Irán puede trasladar costes extraordinarios al sistema energético internacional. Y ninguna de las dos, por sí sola, resuelve el problema político.
El tablero es más grande que Ormuz
La crisis adquiere otra dimensión cuando se deja de mirar únicamente el estrecho. En el análisis aparecen Mandeb, Yemen, las instalaciones petroleras saudíes y el oleoducto East-West, diseñado precisamente para que Arabia Saudí pueda colocar crudo en el mar Rojo sin depender por completo del golfo Pérsico. A eso se suma una nueva arquitectura de defensa entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán.
El comunicado de ese pacto emplea expresiones que merecen leerse con atención, como el concepto de propiedad regional. Los tres países han creado un comité político-militar y prevén una secretaría permanente en suelo saudí, además de planificación conjunta en industria de defensa, tecnología y producción. El analista se apresura a matizar: no significa que el Golfo abandone a Estados Unidos ni que estemos ante una OTAN islámica. Pero sí plantea una pregunta de fondo. Están los actores regionales empezando a construir mecanismos de seguridad en los que Washington ya no sea el único arquitecto, árbitro y garante.
La presión del Golfo y el riesgo de una escalada acumulativa
Los estados del Golfo han rechazado que Irán convierta el estrecho en un instrumento permanente de coacción, y al mismo tiempo presionan por una salida negociada: no quieren una guerra entre Washington y Teherán que acabe atrapándolos. En ese contexto, el escenario mas peligroso no es que alguien decida conscientemente iniciar un conflicto regional, sino la escalada acumulativa: un misil, una represalia, un ataque contra una refinería, una víctima estadounidense, una respuesta y una contrarrespuesta. Cuando cada actor empieza a creer que retroceder se interpretará como debilidad, una crisis controlada puede volverse incontrolable.
Las líneas rojas de Teherán y el pulso por los peajes
Sobre las líneas rojas iraníes, el análisis reconoce dificultad para fijarlas: habla de un régimen en evolución, que tuvo que reorganizarse políticamente a toda prisa, resistir la amenaza externa y después la interna, y que llega a la mesa más debilitado que antes. Entre los signos que invitan a un optimismo prudente se señala que el presidente iraní haya podido pisar suelo estadounidense para intervenir ante la Asamblea General de Naciones Unidas. No es un detalle menor, recuerdan: el caso de los representantes palestinos demuestra que ese acceso no siempre está garantizado, y la operación del 3 de enero de 2020, en la que Washington eliminó al general Qasem Soleimani, dejó claro hasta dónde puede llegar la presión.
En el debe de Teherán hay dos objetivos. El primero, y el más importante, es la pervivencia del régimen, con el rechazo a cualquier injerencia externa como la que se produjo en Venezuela. El segundo se juega en los matices: el beneficio económico que Irán obtiene del paso de cargueros y petroleros por Ormuz. El analista espera que Estados Unidos acabe aceptando algún tipo de peaje, aunque con una condición inevitable: si va a haber peajes, tiene que haber seguridad, y esa seguridad no puede ser solo iraní, sino conjunta con otros estados de la región y probablemente con Washington. La paz, concluye, se dirimirá en esos matices, y no irá deprisa: es probable que el asunto quede en pausa hasta las elecciones de medio mandato.
Qué significa esto para el lector
El pulso tiene una traducción muy concreta en la vida económica. Ormuz canaliza una parte decisiva del crudo que se mueve por mar, de modo que cualquier amenaza al tránsito se traslada a las primas de riesgo de los seguros marítimos, a la volatilidad de los precios del petróleo y, con el tiempo, a los costes energéticos que acaban pagando empresas y hogares europeos. Las rutas alternativas que menciona el vídeo, desde el oleoducto saudí hasta las salidas por el mar Rojo, son intentos de reducir esa dependencia, pero no la eliminan.
Conviene además separar lo que es análisis de lo que es deseo. El propio invitado reconoce que no hay certezas sobre las líneas rojas de un régimen que sigue reorganizándose, y que el margen de maniobra de Teherán es hoy menor que en el pasado. Eso significa que cualquier titular que prometa una solución inminente debe leerse con cautela. La negociación es real, pero avanza a la velocidad de quien no quiere ceder primero.
Para el lector, la conclusión práctica es que este no es un asunto que se resuelva con un titular único. Lo que se decide en las próximas semanas en Nueva York condiciona el precio de la energía, la seguridad del transporte marítimo y el equilibrio de poder en una región donde varios países están empezando a diseñar su propia arquitectura de defensa. Nada en el vídeo sugiere una salida rápida, ni tampoco un estallido inevitable.
La verdadera prueba no es si Washington puede castigar a Teherán ni si Teherán puede interrumpir el tránsito: ambas cosas ya están demostradas. La pregunta es si esa capacidad de coacción se convierte en una salida política antes de que la escalada empiece a gobernarles a ellos.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Negocios TV en YouTube.





