El hielo marino antártico alcanzó su máximo invernal el 14 de septiembre con 17,59 millones de kilómetros cuadrados. Es el tercer pico más bajo desde que los satélites empezaron a vigilar el continente helado en 1978, según los datos provisionales del NSIDC, el centro estadounidense que sigue el pulso de los polos.
Cada año, el océano que rodea la Antártida se congela durante el invierno austral y se derrite al llegar el verano. El máximo suele llegar entre finales de septiembre y principios de octubre. Este año se ha adelantado al día 14 y se ha quedado muy por debajo de lo habitual. Las cifras son todavía preliminares, recuerda el organismo, porque las fluctuaciones grandes son típicas cerca del pico estacional.
El tercer techo invernal más bajo en 48 años
Los 17,59 millones de kilómetros cuadrados que llegó a cubrir el hielo dibujan una superficie mayor que la de Rusia entera, el país más extenso del planeta. Y, aun así, la cifra se queda corta. En julio y agosto, la extensión antártica fue la quinta y la cuarta más baja jamás registradas. Desde 2022 se han anotado los cinco julios más flojos de la serie, y desde 2023 los cuatro agostos más flojos.
El récord absoluto sigue siendo 2023, el año en que el máximo invernal se hundió hasta su marca más baja. Desde entonces, la extensión no ha vuelto a los niveles de décadas anteriores. Los científicos llevan ya tres inviernos seguidos anotando cifras por debajo de la media.
En el otro extremo del planeta, el hielo marino del Ártico tocó su mínimo anual el 12 de septiembre, con 4,60 millones de kilómetros cuadrados. Es el décimo más bajo del registro, empatado con 2025, 2010 y 2008. El dato aislado esconde una tendencia más rotunda: los veinte mínimos árticos más bajos de la serie satelital se han producido en los últimos veinte años.
Cómo se mide el hielo que cambia de mapa

El hielo no se comporta igual en todas las regiones. En abril, el mar de Bellingshausen permaneció casi libre de hielo, mientras el vecino mar de Amundsen acumulaba más de lo habitual. Para finales de agosto, los cambios de presión y de viento habían dado la vuelta a la situación: el déficit de Bellingshausen se recuperó y el hielo escaseó en el Amundsen y en buena parte de la Antártida Oriental.
La Antártida fue durante décadas la excepción estable del planeta helado, y tres inviernos flojos seguidos han roto esa calma.
Los registros satelitales que sostienen esta serie arrancan en 1978. Casi medio siglo de ojos en órbita. Sobre esa base, los especialistas piden paciencia antes de hablar de un giro definitivo. Clare Eayrs, investigadora del Instituto Polar de Corea, subraya que la Antártida viene de un febrero casi normal y ha vuelto a coberturas invernales inusualmente bajas.
El hielo marino actúa como un espejo blanco que devuelve al espacio parte de la radiación solar. Cuando se retira, el océano oscuro absorbe más calor y acelera su propio deshielo, un bucle que los científicos vigilan de cerca. Medir esa dinámica con precisión es justo lo que ahora se complica en el Ártico.
Por qué los científicos piden prudencia con la Antártida
La pregunta de fondo no es si el hielo marino baja, sino si lo hace de forma estructural. Lettie Roach, científica del clima polar del Instituto Alfred Wegener de Alemania, lo resume con cautela: tras décadas de condiciones invernales estables o en aumento, ver estos valores bajos persistir resulta preocupante.
El matiz importa. En el Ártico, el vínculo entre el deshielo y el calentamiento de origen humano está bien establecido. En la Antártida, esa relación es menos nítida, porque el continente responde a un sistema de vientos y corrientes mucho más caprichoso. Cuesta encontrar una serie climática más escurridiza que esta. Roach admite que harán falta más años de observación para saber si estamos ante un cambio estructural o ante un bache dentro de la variabilidad natural.
Hay un obstáculo añadido, y es de logística científica. En marzo de 2026, la NOAA canceló el conjunto global de datos de presión atmosférica que alimentaba el sistema PIOMAS, la herramienta que desde 1979 estimaba el grosor del hielo ártico. Sin esa entrada, el proyecto dejó de actualizarse. Sus responsables avisan de que encontrar datos alternativos exigirá un esfuerzo y un tiempo considerables, y de que no está claro que puedan retomarlo con los fondos disponibles.
Zack Labe, de Climate Central, recuerda que un año sin récord no equivale a un hielo más resistente. El verano ártico de 2026 estuvo marcado, por bajas presiones en el centro del Ártico, que trajeron nubes y frío, retrasaron el deshielo y lo limitaron. En el mar de Beaufort y en el de Chukchi la fusión no arrancó hasta después de los primeros días de julio, más de dos semanas tarde. En el lado atlántico ocurrió lo contrario: el mar de Barents registró su deshielo más temprano de la serie.
Por eso los científicos reclaman más métricas que la simple extensión. El grosor del hielo retrata mejor su estado real, sobre todo en años tan fragmentados como este. El seguimiento diario puede consultarse en la web del NSIDC, que actualizará los datos definitivos del pico austral en las próximas semanas.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: El hielo marino antártico registró su tercer máximo invernal más bajo en 48 años de registros satelitales.
- Dónde: Océano Austral, alrededor del continente antártico; en paralelo, el Ártico marcó su mínimo anual.
- Institución responsable: National Snow and Ice Data Center (NSIDC), con datos aún provisionales.
- Cuándo: El pico austral se alcanzó el 14 de septiembre de 2026; el mínimo ártico, el 12 de septiembre de 2026.
- Impacto a futuro: Si la tendencia se consolida, el hielo antártico dejaría de actuar como contrapeso estable del deshielo ártico.




