Moeve arranca las obras de su planta de hidrógeno verde en Palos de la Frontera (Huelva) con 1.000 millones de euros de inversión. La compañía que dirige Maarten Wetselaar pone la primera piedra del Valle Andaluz del Hidrógeno y, en paralelo, adjudica la ingeniería de la propiedad a la británica Wood, que pasa a ser el interlocutor único ante más de 400 empresas y pymes implicadas en la construcción y la puesta en marcha.
Onuba, 300 MW y nueve campos de fútbol en Palos de la Frontera
El proyecto bautizado como Onuba arranca con 300 megavatios (MW) de capacidad de electrólisis, ampliables en otros 105 MW, sobre una superficie equivalente a nueve campos de fútbol. La instalación producirá 45.000 toneladas anuales de hidrógeno renovable, que Moeve destinará a fabricar combustibles sostenibles para automoción, aviación y transporte marítimo y a descarbonizar procesos industriales propios, especialmente en el sector químico.
La compañía cifra en 250.000 toneladas anuales de CO2 el ahorro de emisiones asociado a ese volumen de hidrógeno. El término de comparación que utiliza la energética es doméstico: equivale a lo que registran en un año las ciudades de Huelva, Cádiz y Jaén en su conjunto.
El aterrizaje de Wood añade una capa de gestión a una obra de enorme complejidad. La ingeniería británica actuará como representante de Moeve ante el entramado de proveedores, una figura que en proyectos de esta escala decide sobre la marcha qué se construye, cómo y en qué orden. Moeve estima que el conjunto generará 8.000 empleos directos e indirectos.
Se trata de un complejo único de 2 gigavatios (GW) de capacidad de electrólisis repartidos a partes iguales entre dos polos industriales. El primero es Onuba, en Palos de la Frontera; el segundo es Carteia, en San Roque (Cádiz), en pleno Campo de Gibraltar. La infraestructura se levantará en dos fases y con calendarios distintos.
El hidrógeno verde de Moeve no nace para vender moléculas: nace para sostener el negocio de combustibles sostenibles de la compañía en un mercado que todavía no tiene precio de referencia.
La elección de Wood no ha sorprendido al sector, que la interpreta como un paso sobre seguro. La ingeniería británica compró Amec Foster Wheeler en 2017 y con ella asumió la filial española Foster Wheeler Iberia, además de licencias de procesos de refino como las unidades de vacío y la coquización retardada. Con Moeve ya había trabajado en la modernización de ‘fondo de barril’ y de las unidades de vacío de la refinería de La Rábida, en Huelva, un proyecto valorado en 800 millones de euros, y en la planta de aromáticos y benceno de San Roque.
La ingeniería de la propiedad es la pieza menos visible y más decisiva: quien firma los planos de detalle termina fijando el coste real de la planta.
Wood y Moeve se conocen desde hace años, y no solo por vía española. La ingeniería mantiene una alianza estratégica con Abu Dhabi National Oil Company (Adnoc) para todo el entramado industrial del emirato, ha dirigido la expansión de las instalaciones gasistas de Habshan por 2.800 millones de dólares y ha aportado consultoría tecnológica a Adnoc Refining para evaluar su capacidad en la producción de combustible sostenible de aviación. El accionista de referencia de Moeve, el fondo soberano Mubadala, conoce bien a la firma por esa vía. El cambio de propiedad de Wood, cerrado en marzo de 2026 con la compra por parte de Sidara por unos 2.000 millones de euros, no ha alterado la relación.
La británica llega al proyecto onubense con la cartera cargada. Además de la modernización de La Rábida, desarrolló para la energética la ingeniería básica de la planta de isopropanol renovable de Huelva y trabajos de actualización de activos industriales en varias filiales internacionales del grupo. En el golfo Pérsico, su relación con Adnoc incluye la expansión de Habshan, valorada en unos 2.438 millones de euros al cambio actual, y trabajos de ingeniería a largo plazo en el proyecto marino de Lower Zakum.
Un conocido de la casa.
Un accionariado de tres patas y 304 millones de fondos europeos
El Valle Andaluz del Hidrógeno no es una obra en solitario. Moeve controla el 51% del vehículo, Hy24 —el mayor fondo mundial especializado en hidrógeno renovable— y Cofides suman el 29%, y Enagás Renovable junto a Alter Enersun cierran el 20% restante. Cofides está participada por ICEX, el ICO, Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF).
Bruselas ha reconocido la infraestructura como Proyecto de Interés Común (PCI) y ha aportado 304 millones de euros desembolsados por el Gobierno de España a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia y de los fondos NextGenerationEU. La financiación pública convive con una inversión privada que Moeve eleva ya a 2.400 millones de euros acumulados en Andalucía dentro de su estrategia ‘Positive Motion.

A esa cifra se añade la planta de biocombustibles 2G desarrollada por Técnicas Reunidas, que empezará a producir combustible sostenible de aviación (SAF) y diésel renovable HVO durante 2027. Ambas rutas —combustibles sostenibles e hidrógeno— comparten cliente y comparten discurso: descarbonizar el transporte que no puede electrificarse.
El cuello de botella no está en la electrólisis
La pregunta que el sector se hace no es si Moeve puede construir Onuba, sino quién va a comprar su hidrógeno. España acumula anuncios de electrólisis que superan con holgura los objetivos del PNIEC, pero la distancia entre proyecto anunciado y decisión final de inversión sigue siendo enorme, según coinciden los recuentos que manejan los propios promotores. La mayoría de los proyectos apunta a un comprador cautivo, el propio dueño de la planta, y eso es exactamente lo que hace Moeve: reserva su producción para transformarla en SAF, metanol o amoniaco en instalaciones propias antes de venderla a terceros.
El hidrógeno no se vende solo.
El modelo tiene lógica industrial y también una servidumbre. Si el marco regulatorio europeo afloja el ritmo de los mandatos de combustible sostenible o encarece la electricidad renovable, el hidrógeno de Palos de la Frontera compite contra el gas natural reformado con una desventaja de coste difícil de cerrar. La ventaja se jugará en la fotovoltaica de autoconsumo asociada y en el precio del mercado mayorista, no en la tecnología de electrólisis, disponible ya en el mercado global.
Para Andalucía, el cálculo político es sencillo: la comunidad acumula la mayor concentración de proyectos de hidrógeno del país y necesita anclar carga industrial que justifique las infraestructuras. Para Moeve, el cálculo es financiero. Cada euro destinado a electrólisis compite con el capital que va a biocombustibles, y ambas rutas aspiran al mismo mandato europeo de descarbonización del transporte.
Hay un segundo riesgo, menos comentado. Wood actúa como ingeniería de la propiedad ante más de 400 empresas, lo que en la práctica convierte a la británica en el acelerador o en el cuello de botella del calendario. Los proyectos de esta escala rara vez fracasan por la química: fracasan por la logística de proveedores.
Nadie firma un offtake por decreto.
Queda la parte difícil.
El primer examen llegará en 2027, cuando la planta de biocombustibles 2G deba arrancar y absorber el hidrógeno de Onuba. Si los plazos se cumplen, el Valle Andaluz se convertirá en el primer complejo español que integra electrólisis y combustibles sintéticos a escala industrial. Si se estiran, Moeve habrá levantado una planta de hidrógeno con un destino menos claro del que sugiere su folleto.





