La secretaria ejecutiva del CBD, Astrid Schomaker, exige reorientar la financiación para la biodiversidad antes de la COP17 de Yerevan, con cuatro años por delante para cumplir los objetivos de 2030.
Kunming avisa antes de Yerevan: el dinero existe, pero circula en la dirección equivocada
El mensaje no es nuevo. El calendario, sí. Schomaker lo trasladó en una rueda de prensa organizada por la secretaría del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica el pasado 11 de septiembre, tras el cierre del Diálogo de Kunming. Ese encuentro, celebrado del 7 al 9 de septiembre en la ciudad china, reunió a gobiernos, científicos, pueblos indígenas, representantes de la juventud y organizaciones sociales para revisar las tendencias preliminares del primer balance global del marco.
Vamos a los datos. Para la responsable del CBD, el problema no es la falta de dinero, sino su destino. La desalineación de los sistemas financieros es, en su lectura, el elefante en la habitación: en la economía mundial hay recursos suficientes, pero una parte muy relevante sigue fluyendo hacia actividades que destruyen la naturaleza.
El balance global, iniciado después de la COP16, se recoge en el informe State of Biodiversity Action, que presentará su evaluación definitiva en la COP17 de Yerevan, prevista del 19 al 30 de octubre. La fotografía provisional es incómoda: más del 70% de los países ha entregado sus informes nacionales y más del 90% ha fijado metas de biodiversidad alineadas con el marco global. El papel aguanta. La ejecución, no.
El ejercicio examina lo que cada país ha prometido, los planes y políticas que ha puesto en marcha y el dinero que ha movilizado. La conclusión preliminar es que las promesas avanzan más rápido que las medidas.
Los países han firmado casi todas las metas. Lo que falta es la parte incómoda: cambiar de dónde sale el dinero y a dónde va.
Cuatro años, 23 metas y una implementación desigual

Jillian Campbell, responsable de Planificación, Seguimiento y Conocimiento en la secretaría del CBD, puso el foco en otro desajuste. La mayoría de las partes ha fijado objetivos nacionales que cubren casi todas las metas globales, pero esos objetivos rara vez recogen la ambición completa del marco. Al traducir el acuerdo a los planes domésticos, parte del compromiso se diluye por el camino.
Un objetivo nacional que recorta la ambición global es una promesa cumplida en el titular y desactivada en el presupuesto.
El desajuste se concentra donde la acción depende de carteras que no son la de Medio Ambiente. Finanzas, agricultura, infraestructuras, y desarrollo toman decisiones que pueden proteger o dañar los ecosistemas, y pocas veces las coordinan con la política de biodiversidad. El resultado es una administración que intenta reparar el daño con una mano mientras lo genera con la otra.
- Lo que ya está hecho: más del 90% de los países cuenta con metas nacionales alineadas con el marco global.
- Lo que falla: la mayoría de esos objetivos no cubre la ambición completa de las 23 metas acordadas.
- Lo que falta: que las carteras de finanzas, agricultura e infraestructuras incorporen la biodiversidad en sus presupuestos.
La letra pequeña: subsidios que pagan la pérdida de naturaleza
Asad Naqvi, secretario del Órgano Subsidiario de Implementación del CBD, apuntó a la vía más incómoda y, probablemente, la más eficaz: no hace falta buscar dinero nuevo, sino reasignar el que ya se gasta mal. Agricultura y combustibles fósiles concentran subsidios perjudiciales que hacen más rentables las actividades dañinas para la naturaleza. Redirigir esos recursos cerraría parte de la brecha de financiación y atacaría una causa raíz, no un síntoma.
Aquí el discurso verde choca con la aritmética. Un informe de metas no cuesta nada; retirar un subsidio agrícola cuesta votos, márgenes y capacidad de negociación. Por eso la prueba real de la cumbre no será cuántos países respaldan el marco, sino cuántos se atreven a tocar la partida presupuestaria que financia justo lo contrario de lo que prometen.
Las 23 metas del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en Montreal en 2022, cubren desde la restauración de ecosistemas hasta la reducción de pesticidas. Sin reasignación presupuestaria, buena parte de ellas se quedará en un catálogo de buenas intenciones.
De Montreal a Yerevan: el test que la biodiversidad comparte con el clima
El precedente no invita al optimismo. El marco se adoptó en Montreal en diciembre de 2022, tras dos años de aplazamientos, y copió la arquitectura del Acuerdo de París: compromisos nacionales, revisión periódica y un balance global que ahora llega por primera vez. La diferencia es que la biodiversidad carece de mecanismo vinculante y de un precio de referencia que ordene las decisiones, como sí ocurre con el carbono en la esfera climática. El resultado es que el capital natural no entra en las cuentas públicas ni en los balances empresariales con el mismo peso que el capital financiero. La Unión Europea, firmante del convenio, incorporó estos objetivos a su Estrategia de Biodiversidad 2030, y en España el reporte recae en el MITECO. Con cuatro años por delante, la distancia entre la meta y la ejecución reproduce el debate de la financiación climática: se anuncian miles de millones y buena parte del dinero público sigue premiando lo que se quiere evitar. Cuatro años dan para mucho, pero no para dos mandatos presupuestarios completos en la mayoría de los países.
La cumbre de Yerevan se centrará en acelerar la implementación, cerrar la brecha de financiación y atacar las metas con menos avance. Si de ahí no sale un compromiso con cifra para reasignar subsidios, la etiqueta de las finanzas sostenibles se quedará en el folleto y el balance de 2030 volverá a ser un ejercicio de contabilidad de intenciones.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: reasignar los subsidios dañinos cerraría parte de la brecha de financiación con cargo al dinero que hoy premia la destrucción de ecosistemas, sin depender de fondos nuevos.
- Modelo que cambia: la idea de que proteger la naturaleza es cosa solo del Ministerio de Medio Ambiente se sustituye por presupuestos de agricultura, energía e infraestructuras que responden ante las 23 metas de 2030.
- Para las próximas generaciones: los ecosistemas conservados entre 2026 y 2030 sostienen alimentación, agua y clima durante décadas; lo que se pierda en este periodo no se recompra después.




