Las medusas peine, o ctenóforos, forman un linaje de 700 millones de años que guarda la clave del sistema nervioso. Son gelatinosas, translúcidas y, en algunos casos, bioluminiscentes. En su ADN está escrito un capítulo que los biólogos llevan una década intentando descifrar.
No son medusas, aunque el nombre invite a confundirlas. Tampoco son parientes cercanos de las medusas verdaderas. Los ctenóforos son casi 200 especies repartidas desde las profundidades frías hasta las aguas costeras templadas, y constituyen una de las ramas más antiguas del árbol animal. Su estudio ha reabierto preguntas que se daban por resueltas desde hacía un siglo.
El linaje que llegó antes que las esponjas
Durante más de cien años, el consenso fue claro: las esponjas, o poríferos, fueron el primer grupo que se separó del resto de los animales. Eran, en la jerga evolutiva, el grupo hermano de todo lo demás. La idea encajaba con una intuición sencilla: los primeros animales debían ser simples, y pocas cosas hay más simples que una esponja. No tienen músculos. No tienen neuronas.
Sin embargo, durante las últimas dos décadas se acumularon pruebas que apuntaban en otra dirección. Los ctenóforos, y no las esponjas, habrían sido los primeros en ramificarse. En 2023, un estudio sobre la organización de los cromosomas llegó a esa misma conclusión: son el grupo hermano del resto de los animales. El resultado todavía no está del todo zanjado, pero ha sacudido los cimientos del relato.
La paradoja no es menor. Si el linaje más antiguo debería ser el más sencillo, ¿por qué las esponjas carecen de músculos y neuronas mientras los ctenóforos tienen músculos y muestran evidencias de un sistema nervioso simple? El biólogo evolutivo Pawel Burkhardt, de la Universidad de Bergen, lo resume con crudeza: si el primer linaje debería ser el más simple, eso cambia muchas suposiciones sobre cómo fue el primer animal.
Si el linaje más antiguo es también el que tiene músculos y neuronas, la historia del sistema nervioso deja de ser una línea recta.
Cómo se lee el pasado en un genoma translúcido

El interrogante de fondo no es trivial: ¿cómo surgió el primer sistema nervioso? Para responderlo, los científicos necesitan saber qué animales llegaron primero y qué maquinaria molecular traían consigo. Ahí entran los ctenóforos, cuyo genoma conserva pistas de procesos ocurridos hace cientos de millones de años.
Tener acceso a especies emparentadas que viven en ambientes tan distintos permite preguntar cómo evolucionaron ciertas cosas, explica el biólogo marino Steven Haddock, del Monterey Bay Aquarium Research Institute, que estudia estos organismos. Desde genes sensibles a la luz hasta adaptaciones a la presión extrema del fondo marino.
Hay más. Algunas especies han sido observadas invirtiendo su desarrollo: pasan de la etapa adulta a la larvaria, un fenómeno casi inédito en el reino animal. Otras poseen lípidos especiales que les permiten soportar la presión aplastante de las fosas abisales. El propio Burkhardt admite que son organismos muy excitantes con los que trabajar, y también extremadamente hermosos.
Para tomar perspectiva: cuando este linaje se separó del resto, faltaban más de 150 millones de años para la explosión cámbrica, el estallido de diversidad que llenó los océanos de formas reconocibles. Los ctenóforos ya existían antes de que la vida animal inventara la mayoría de los planes corporales que hoy conocemos.
Lo que cambia si el linaje más antiguo no es el más simple
Aquí está la cuestión que de verdad mueve la investigación. Si los ctenóforos se separaron antes que las esponjas, y tienen un sistema nervioso incipiente mientras las esponjas no tienen ninguno, caben dos escenarios. O el sistema nervioso evolucionó una sola vez en un ancestro común y las esponjas lo perdieron después, o evolucionó dos veces por separado, una en los ctenóforos y otra en el linaje que condujo a los demás animales.
Cada opción cambia por completo cómo entendemos el origen de las neuronas. La primera implica que el sistema nervioso es tan antiguo como casi los propios animales. La segunda sugiere que la naturaleza inventó las neuronas más de una vez, y que no son un componente tan exclusivo como pensábamos.
Mi posición, después de seguir este debate desde sus primeras escaramuzas, es de prudencia expectante. La evidencia a favor de los ctenóforos es sólida, pero conviene recordar que procede en buena parte de un único tipo de análisis, la organización cromosómica, y los propios autores del trabajo de 2023 reconocieron que la cuestión no quedaba cerrada. Hace falta más genomas, más datos, y una confirmación independiente. Es un debate vivo, no un veredicto.
Lo que ya nadie discute es la relevancia de estos animales. Estudiar organismos que a primera vista parecen extraños ayuda a entender principios físicos, químicos y biológicos que también nos hablan de nosotros. La frase del biofísico Itay Budin, de la Universidad de California en San Diego, lo resume con precisión: estamos tan lejanamente emparentados con un ctenóforo como un ctenóforo lo está con una medusa.
La siguiente fase pasa por secuenciar más especies y observar de cerca cómo funcionan sus neuronas. Cada genoma nuevo afina el mapa y acerca una respuesta a la pregunta de fondo: cuántas veces la vida inventó la capacidad de procesar información y, quizá, de pensar.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: que los ctenóforos, y no las esponjas, serían el linaje animal más antiguo, y que su genoma ayuda a reconstruir el origen del sistema nervioso.
- Dónde: los océanos de todo el planeta, desde las profundidades frías hasta las aguas costeras templadas.
- Institución responsable: equipos de investigación del Monterey Bay Aquarium Research Institute y la Universidad de Bergen, entre otros.
- Cuándo: el estudio clave sobre organización cromosómica se publicó en 2023; el debate sigue abierto en septiembre de 2026.
- Impacto a futuro: redefinir cuándo y cuántas veces evolucionó el sistema nervioso.




