El graznar de las gaviotas despierta a Altea antes de que el sol termine de trepar por la sierra de Aitana. En el puerto, los barcos dormidos balancean su sueño mientras otros, ya desvelados en la lejanía, recuerdan que esta localidad alicantina fue un día de pescadores y labradores. Hasta hace poco, la calle del Sol olía a pescado y a saladura, y de las puertas colgaban cortinas negras que delataban el barrio marinero. Ahora esa misma calle se enfila hacia El Fornet, un entramado de callejuelas empedradas y casas blancas engalanadas con geranios, jazmines y buganvillas.
Este es el primero de un puñado de pueblos que una conocida selección de una revista de viajes destaca entre los más bellos de España. No se trata de una lista para tachar, sino de un itinerario por la diversidad geográfica y cultural de la península: la costa mediterránea, el románico pirenaico, la meseta, los valles fluviales y las sierras cantábricas. Cada parada condensa una historia que sigue viva en sus calles, en sus piedras y en sus despensas.
El Mediterráneo blanco de Altea
Subiendo por la calle Major, sin saber cómo, uno se topa con el primer peldaño de la escalera de la iglesia, toda embaldosada de una piedra negruzca que conduce hasta Nuestra Señora del Consuelo. Sus dos cúpulas, cubiertas de tejas vidriadas azules, raciman a su alrededor las calles blancas tan típicas del Mediterráneo, rodeadas por la Torre de Galera y la de Bellaguarda y los accesos de Portal Nou y Portal Vell. En cada balconada hay un mirador en el que detenerse: desde allí se alcanzan a ver las sierras de Aitana, de Bèrnia y el Puigcampana a un lado, y la Punta de l’Albir, el Morró de Toix y el Penyal d’Ifac envolviendo la bahía por el otro. La luz del amanecer convierte cada fachada en un mirador sin prisas, y el pueblo entero parece asomarse al mar para ver quién llega.
El románico que emerge en Taüll
La tecnología ha hecho posible que los muros desnudos del ábside de Sant Climent de Taüll cobren de nuevo vida. Un estudiado juego de luces descubre una de las mayores obras pictóricas del románico: el Pantocrator, un tesoro que se conserva en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona. Esta iglesia es uno de los nueve templos del Valle de Boí reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad el año 2000. Pero el pequeño pueblo de Taüll no tiene una sino dos joyas del románico: la iglesia de Santa Maria, en la plaza central, que exhibe una pintura mural de la Epifanía. Ambas son de la misma época, consagradas con un día de diferencia en diciembre de 1123. Su estilo lombardo las hermana con el norte de Italia, de donde procedían los maestros que edificaron los templos de Boí por orden de los señores de Erill. En esa época Taüll era uno de los accesos más transitados al valle, de ahí su nombre, que deriva de la expresión vasca Ata-Uli, «el pueblo del puerto». La localidad llegó a tener una tercera iglesia, Sant Martí, de la que solo quedan algunos restos. Taüll es una estupenda base para descubrir los pueblos del Valle de Boí.

Cudillero, el pueblo que habla pixueto
Hasta no hace mucho, la seña de identidad de Cudillero era el olor a mar y a salitre que provenía de los escualos que colgaban durante meses de la puerta de las casas de los marineros pixuetos. Todavía se pueden ver algunos gracias a su especialidad gastronómica, el curadillo, un escualo que se cura sin sal al viento del Cantábrico y que se guisa con patatas o con fabes. Los marineros también dejaron un lenguaje propio y exclusivo de Cudillero: el pixueto, un dialecto del bable que, de vez en cuando, se deja escuchar en boca de algunos locales y cada 29 de junio se reivindica en la fiesta de l’Amuravela dedicada a San Pedro. A este santo también está dedicada la iglesia del casco histórico, parada imprescindible para los visitantes que, entre subidas y bajadas, siguen su recorrido por la capilla del Humilladero, la Lonja o la Fuente del Canto, sin pasar por alto los miradores de El Pico, Cimadevilla, la Atalaya, el Faro y la Garita. Al subir a este último, las vistas se extienden por el faro, el puerto y la villa. A medida que se asciende por las laderas de los alrededores, el graznar de las gaviotas deja espacio al mugir de las vacas, y el aspecto de Cudillero muta del azul del Cantábrico al verde intenso de su interior.
La piedra medieval de Sigüenza y Ayllón
En Sigüenza, al principio todo es un castillo. Y es que, se llegue por donde se llegue, lo primero que llama la atención son los muros impertérritos de esta enorme construcción hoy transformada en un Parador Nacional que no maquilla su pasado bélico. Aunque las empinadas cuestas que preceden a esta fortificación empujan a lo contrario, conviene ir zigzagueando por las travesañas que comunican la parte alta con la baja de la ciudad. Es la única manera de dar con rinconcitos que son puro Medievo como la Plazuela de la Cárcel, la Puerta del Hierro, el Arco del Portal Mayor o la Casa del Doncel. Y la gravedad acaba guiando los pasos hasta la plaza Mayor, notable por sus dimensiones, por sus soportales y por la sempiterna sombra que proyecta la catedral. El templo es único por su aspecto militar, que se explica por el uso de las torres como parte de la defensa del municipio. También por su piedra arenisca que se enrojece al caer el sol y por guardar algunas joyas como un cuadro de El Greco y una escultura, la del Doncel, que es la máxima expresión del gótico castellano.
A pocas horas en coche, Ayllón despliega un flashback hacia otros tiempos desde el mismo puente medieval que cruza el río. Al atravesar el único arco que queda de los tres que tuvo su muralla, el visitante se planta en una villa que en su plaza Mayor conserva la iglesia románica de San Miguel Arcángel del siglo XII, reconocible por su campanario conformado por una única pared y un gran pórtico con rosetones labrados en piedra. Del gótico se conservan el Palacio de los Contreras y la Casa de la Torre, el edificio civil más antiguo del pueblo, dos construcciones cuyas portadas están reproducidas en el Pueblo Español de Barcelona. Y del neoclásico, la iglesia de Santa María la Mayor, cuyo campanario de 40 metros de altura se vislumbra a lo largo y ancho de la villa. La Casa del Águila, con su espectacular escudo con forma de águila de San Juan, remata un paseo arquitectónico que abarca ocho siglos.

Valderrobres y el Matarraña
El río Matarraña discurre por su bella garganta hasta la entrada de Valderrobres, donde se ensancha y entra triunfal en la localidad para partirla en dos, marcando el límite entre la parte vieja y la moderna. Un majestuoso puente de piedra de la época medieval y de estilo gótico constituye la entrada a la villa y pone en situación a todo aquel que lo atraviesa pues, arquitectónicamente hablando, el pueblo es un museo al aire libre. La mejor manera de descubrir este pueblo turolense es deambular por las calles del casco antiguo. Tras penetrar en su interior a través del Portal de San Roque, el principal acceso, en un entramado urbano de típica factura medieval se suceden rincones con encanto, palacios, ermitas, plazas y construcciones que pertenecieron a las antiguas murallas, como el Portal Vergós. Situados en la parte alta del núcleo urbano, los verdaderos emblemas de Valderrobres se distinguen a primera vista. Antiguamente intercomunicados, la iglesia de Santa María la Mayor y el Castillo definen el perfil de esta villa medieval. Del templo religioso, ejemplo del gótico levantino, destacan el pórtico principal y la esbelta torre del campanario. Las torres almenadas del Castillo rematan los robustos muros a cuyas espaldas se abre un mirador desde el que se contempla el Matarraña.
Santillana del Mar, casonas y colegiata
Un monasterio fundado el año 870 se convirtió en el siglo XII en la Colegiata de Santa Juliana, alrededor de la cual creció la hermosa localidad de Santillana del Mar, situada 31 kilómetros al este de Santander. El pueblo preserva el trazado y la fisonomía medievales, con vías empedradas flanqueadas por casonas blasonadas y algún palacio barroco. Estos edificios se alinean principalmente en las calles de La Carrera, Cantón y del Río, por las que se llega a la Colegiata, Monumento Histórico-Artístico desde 1889. Los siglos han pasado pero el corazón de Santillana del Mar sigue siendo la plaza presidida por su iglesia románica. El pueblo conserva ejemplos de la arquitectura medieval y montañesa, como casas con vigas y balcones de madera atestados de geranios, y también edificios de épocas posteriores, como palacetes con escudos y torres barrocas. La mayoría de estos últimos surgieron en los siglos XVI y XVII, cuando muchos cántabros que habían emigrado a América en busca de fortuna los construyeron al regresar a su tierra natal. Esa mezcla de piedra, madera y flores convierte cada calle en una estampa que no necesita filtro.

Buitrago de Lozoya, la muralla del Lozoya
Un río y un recinto amurallado de la época medieval en muy buen estado de conservación dan la bienvenida a todo el que decide adentrarse en esta localidad madrileña. Todo este legado se le debe a Abderramán III quien, con la intención de controlar las rebeliones internas y vigilar las incursiones cristianas a través del Sistema Central, mandó levantar una muralla para reforzar sus fronteras. Esta construcción de 800 metros de recorrido y tres puertas de acceso a su interior se convierte en uno de sus mayores atractivos. Uno de los secretos mejor guardados de este pueblo de no más de dos mil habitantes es que, en el entramado de su casco histórico, se esconde el Museo Picasso de Buitrago del Lozoya. Un espacio donde se recoge una peculiar colección de sesenta piezas, entre las que se incluyen bocetos, pinturas, carteles y documentos que el artista Pablo Ruiz Picasso realizó durante las décadas de los años 50 y 60 en el exilio francés. A tan solo unos pasos del museo, se encuentra la Iglesia de Santa María del Castillo, fundada por el Marqués de Santillana, el único templo medieval que se mantiene en pie dentro del recinto amurallado.
Laguardia, vino y piedra
Sucede que cuando la retina se va aproximando a la capital de Rioja Alavesa, por la cabeza pasan muchos conceptos: el vino, la loma, las bodegas modernas que asoman en sus pagos e, incluso, el desafío que plantean sus campanarios a la Sierra de Cantabria. Y sin embargo, cuando se deja el coche, el modo de empleo de esta localidad se torna medieval. Para entrar a su almendra central hay que hacerlo a través de sus accesos fortificados y entonces todo se vuelve de piedra. Esta metamorfosis se produce en cualquiera de sus puertas, siendo la de Carnicerías la más concurrida por conectar el siglo XXI con la Plaza Mayor. Merece la pena la visita guiada al pórtico de Santa María de los Reyes (siglo XIV), un prodigio de la escultura gótica que se conserva policromado gracias a un atrio que se le agregó en el siglo XVI. La torre abacial anexa, la casa de Félix María Samaniego, el estanque celtibérico del siglo I a.C. de La Barbacana y la iglesia de San Juan Bautista, notable por sus retablos y por su planta octogonal, completan el inventario de monumentos históricos. Eso sí, sería un delito obviar la presencia del vino y de los numerosos calados que hay bajo las casas y que hoy se han adaptado para recibir visitas o para servir vinos y pintxos.
Castrillo de los Polvazares, la huella maragata
El verde de puertas y ventanas y un marrón rojizo presente en los muros de las casas contrasta con el cielo azul y otorga a esta localidad la aparente condición de haberse detenido en el tiempo. Situada en la comarca de la Maragatería, sus calles empedradas de acabado irregular interpelan al visitante desde otra época, aquella en la que los arrieros eran los habituales del lugar. Estos trajinantes recorrían los caminos reales con sus recuas de mulas, y su memoria sigue pegada a las piedras y a los portalones. Hoy también llegan hasta aquí peregrinos del Camino de Santiago, que encuentran en este pueblo un alto en el que se mezclan el silencio de la meseta y el eco de un oficio que ya no existe.
Estos diez pueblos no agotan el mapa, pero sirven como muestra de una España que se saborea con calma. Cada uno ofrece una textura distinta: el salitre, la piedra, el románico, el vino, la sombra de una catedral o el verde de una puerta. Y todos comparten una misma certeza: la de seguir siendo lugares donde la historia no se lee, se camina.




