El agua del embalse de Santillana se queda quieta al atardecer y devuelve, invertidas, las almenas del castillo de los Mendoza. A primera vista la fortaleza parece una estampa más de las guías de viaje; en realidad, sus muros guardan una vida que ya no comparte con los visitantes. Desde comienzos de septiembre de 2026 sus puertas permanecen cerradas al público, y la escena gana un aire de despedida.
España conserva en torno a veinte mil castillos, repartidos entre la ruina, la reconversión hotelera y la propiedad privada. Algunos siguen habitados por descendientes de linajes antiguos, y tres de ellos resumen con elocuencia esa doble condición de monumento y hogar. El castillo de Las Caldas, en Oviedo, pertenece a la familia Quijano Morenés. El de Almodóvar del Río, en Córdoba, es residencia de los herederos de Fernando de Solís-Beaumont. Y el de los Mendoza, en Manzanares el Real, ha cerrado sus puertas tras décadas de visitas. Los tres comparten piedra, historia y la tensión entre el turismo y la vida privada.
Un país de veinte mil castillos
Los castillos no son solo postales: forman parte de una red de fortificaciones que durante siglos defendió fronteras, caminos y cosechas. La cifra de veinte mil, recogida en los recuentos más citados del patrimonio español, abarca desde torres vigía en ruinas hasta alcazabas restauradas. Muchos se han transformado en paradores y hoteles que permiten dormir entre murallas; otros son museos, centros de interpretación o simples hitos en el paisaje. Y luego están los que se resisten al catálogo: fortalezas que mantienen chimenea encendida, huerta, piscina o biblioteca, y que solo abren una parte de sus estancias al público.
La fantasía del caballero que protege las murallas o de la princesa que corre por los pasillos es un lugar común de la infancia. Menos frecuente es encontrar a quienes hicieron de esa ilusión una vivienda cotidiana. En Asturias, Córdoba y Madrid, tres castillos demuestran que la vida entre almenas sigue siendo posible, aunque cada uno la practique a su manera.
El fenómeno, además, no es nuevo. Las grandes casas nobiliarias mantuvieron durante generaciones un pie en la corte y otro en sus dominios, y muchos castillos españoles conservan esa tensión entre el deber patrimonial y la intimidad. Lo que ha cambiado es la presión del turismo, que exige apertura, horarios y servicios, y que obliga a los propietarios a decidir cuánto de su vida privada están dispuestos a compartir.
La relación de España con sus castillos es casi sentimental: aparecen en las novelas de caballerías, en los cuadros de paisaje romántico y en las fotografías de los viajeros del siglo XIX. Esa mirada ha perpetuado la imagen del castillo como escenario de leyenda, pero también como residencia deseable, un lugar donde la historia se toca con la yema de los dedos.
El castillo de Las Caldas, una fortaleza escondida en Oviedo
En la parroquia ovetense de Las Caldas, a pocos kilómetros de la capital asturiana, se levanta una fortaleza conocida también como castillo de Priorio. La construcción actual data del siglo XIX, pero su origen se remonta al siglo VIII, cuando sirvió para resistir las incursiones musulmanas bajo el reinado de Alfonso II. Ese es el primer rasgo que define al castillo: una apariencia decimonónica sobre cimientos de la monarquía astur, como si la historia se hubiera posado por capas.

La propiedad ha pasado por varias manos. Del Obispado de Oviedo pasó a manos privadas, hasta llegar a la familia Quijano Morenés, su actual propietaria. El recinto incluye una piscina y una calle para practicar golf, dos comodidades que conviven con las piedras centenarias. En el interior se conservan además elementos de históricos, entre ellos un molino de tres muelas construido en el siglo XIX. La finca no se abre al público con regularidad, de modo que la fortaleza se disfruta sobre todo desde el exterior, como una aparición entre prados y ríos asturianos.
Esa privacidad no impide que el castillo alimente leyendas. La más célebre involucra a la hija del señor de Priorio, Irena, y a un criado con quien mantuvo una aventura. El padre de Irena, al descubrirlos, se abalanzó contra el joven, y el criado lo mató para defenderse. La muchacha, lejos de perdonarlo, lo maldijo. El criado, incapaz de soportar el rechazo, se arrojó al río Gafo. Aún se señala una piedra del cauce donde, según la tradición, permanece la mancha de su sangre.
El verde de los prados asturianos, la niebla que se enreda en las torres y el sonido del agua en las acequias componen la atmósfera del lugar. Aunque el visitante no pueda traspasar la portada, el entorno entrega una postal en movimiento, distinta en cada estación.
Leyenda, piedras y el río Gafo
La historia de Irena y el criado se cuenta en la zona con la naturalidad de lo que se transmite de generación en generación. No hay constancia documental que la avale, pero tampoco falta quien jura haber visto la piedra. El río Gafo, que da nombre a una parte del valle, se convierte así en un personaje más del paisaje: su curso acompaña al castillo como una línea de sombra y memoria.
El molino de tres muelas añade una nota más terrenal al conjunto. Construido en el siglo XIX, recuerda que estas fortalezas no eran solo residencia y defensa, sino también centros de producción. La presencia del agua, del cereal y del ganado articulaba una vida rural que apenas se intuye desde la carretera que lleva a Las Caldas. El castillo, con su piscina y su campo de golf, es también un retrato de la evolución de las élites propietarias: de la piedra defensiva al ocio privado.
La finca, al no abrirse de forma regular, convierte la visita al entorno en un ejercicio de imaginación. El viajero puede rodear el perímetro, detenerse en los miradores cercanos y reconstruir, a partir de las almenas y del rumor del río, la vida que transcurre al otro lado de los muros. Es una forma de turismo callado, hecha de distancias y de respeto.
El castillo de Almodóvar del Río, de fortaleza andalusí a plató de Juego de Tronos
En el otro extremo de España, el castillo de Almodóvar del Río domina el paisaje desde lo alto de la colina de La Floresta, junto al Guadalquivir. Su mole de piedra clara se ve desde lejos, como un vigía que nunca ha dejado de mirar. El origen del castillo se remonta a época medieval, aunque la fuente original lo databa en un siglo VII que los historiadores consideran improbable para una fortaleza de estas características. Lo que no admite discusión es su condición de residencia privada y pública: una parte del recinto está abierta al público y otra sigue siendo hogar de la familia de Fernando de Solís-Beaumont, que heredó la propiedad y lleva décadas cuidando la fortaleza.
La fama internacional le llegó con la serie Juego de Tronos, que rodó en sus muros dos escenarios distintos: el reino de Roca Casterly y Altojardín. Quienes recorren las visitas abiertas al público no solo buscan historia: quieren reconocer las escaleras, los patios y las murallas que aparecieron en la pantalla. El castillo se ha convertido en un destino de peregrinación para los seguidores de la saga, y esa afluencia convive con la intimidad de una familia que reside en el mismo recinto.
La escena merece una pausa: un monumento medieval que duplica su atractivo como plató, y que al mismo tiempo conserva habitaciones privadas. No hay muchos ejemplos de esa convivencia tan explícita en el sur de España, donde la restauración turística suele imponerse a la vida doméstica. El castillo de Almodóvar del Río demuestra que ambas vocaciones pueden coexistir si se gestionan con criterio.
La piedra caliza del castillo adquiere tonos dorados al sol de la tarde, y las murallas se elevan sobre la campiña como una corona. Quienes se acercan por la carretera que asciende a La Floresta sienten que el castillo los observa antes de que ellos lo vean.
La vida en lo alto de la colina de La Floresta
La doble vida del castillo de Almodóvar del Río resulta sorprendente por cercana. Mientras los visitantes suben por los adarves, la familia Solís-Beaumont mantiene sus estancias privadas, en una convivencia que exige horarios, restricciones y una gestión cuidadosa. No es un caso único en España, pero sí uno de los más visibles, por la popularidad del rodaje y por la espectacularidad del emplazamiento.
El Guadalquivir, que corre a los pies de la colina, fue durante siglos una vía de comunicación y comercio. La posición elevada de La Floresta permitía controlar el valle y las tierras de labor. El río se ha convertido en un espejo paisajístico que multiplica la silueta del castillo. El conjunto se ha adaptado a los tiempos: las visitas culturales se compaginan con eventos, rodajes y una residencia que sigue siendo casa, no solo monumento.
Debajo de la colina, el valle se despliega con olivares, huertas y cortijos blancos. La vista desde las almenas abarca el curso del Guadalquivir y las tierras que históricamente alimentaron a la comarca. Para el viajero, subir a La Floresta es acceder a un mirador privilegiado de la campiña cordobesa; para la familia que vive allí, es simplemente abrir la ventana cada mañana.
El castillo de los Mendoza, una fortaleza que cierra sus puertas
El castillo de los Mendoza, en Manzanares el Real, es una de las fortalezas del siglo XV mejor conservadas de España. Lo construyó la familia Mendoza, responsable también de otros grandes tesoros patrimoniales del país. Se alza al pie de la sierra de Guadarrama y a orillas del embalse de Santillana, en un escenario que combina la severidad de la piedra con la suavidad del agua.
Durante décadas, el castillo estuvo abierto al público. Recibió 407.000 visitantes entre 2019 y 2023, una cifra que da cuenta de su tirón turístico. A comienzos de septiembre de 2026, sin embargo, la situación cambió de raíz: la actual Duquesa del Infantado reclamó la propiedad y el castillo cerró sus puertas al público. La dueña, la escritora de novela histórica Almudena de Arteaga y de Alcázar, decidió no renovar el contrato de arrendamiento que durante cinco décadas permitió que la fortaleza estuviera en manos del sector público. La falta de licencia impide desde entonces el acceso de visitantes.
El cierre plantea una paradoja: la fortaleza más visitada de las tres es, precisamente, la que se retira del mapa turístico. No se trata de una ruina abandonada, sino de un monumento en excelente estado que durante medio siglo funcionó como espacio público. La noticia de su cierre ha reavivado el debate sobre la gestión de los bienes nobiliarios y sobre el equilibrio entre el derecho de propiedad y el interés patrimonial.
La sierra de Guadarrama, con sus cumbres nevadas en invierno, enmarca una fortaleza que parece surgida de un grabado: torres cilíndricas, paños de mampostería y un patio que mira al embalse. Esa estampa ha ilustrado portadas, libros y reportajes, y ha convertido a Manzanares el Real en una parada imprescindible para quienes buscan castillos cerca de Madrid.
El duque que escribía novelas y el fin de una era
Almudena de Arteaga y de Alcázar es, además de propietaria, autora de novela histórica. Su vínculo con la fortaleza no es solo patrimonial: pertenece a una familia que ha custodiado el castillo a lo largo de generaciones. La decisión de no renovar el arrendamiento tiene un trasfondo jurídico y emocional. Cinco décadas de gestión pública ofrecieron estabilidad a un bien que se mantuvo visitable, pero también limitaron el control de la propiedad.
El cierre del castillo de los Mendoza deja una pregunta abierta en el mapa del turismo madrileño. La fortaleza era escala habitual para quienes se acercaban a la sierra de Guadarrama o al embalse de Santillana, y su ausencia reordena la oferta patrimonial de la zona. Mientras tanto, el castillo vuelve a ser una casa, o quizá un proyecto en espera. Lo único cierto es que su silueta sigue recortada contra la sierra, y que el agua del embalse continuará reflejando sus almenas, como si el tiempo no hubiera pasado.
La historia de la familia Mendoza, que durante el Renacimiento acumuló poder y promovió la construcción de palacios, hospitales y monasterios, late en cada sillar. El castillo de Manzanares el Real es, en ese sentido, una lección de arquitectura y de política. Su cierre no borra ese legado, pero sí modifica la forma en que el público podrá acercarse a él: ya no desde dentro, sino desde la distancia de la orilla.
Una cuestión de equilibrio
La convivencia entre residencia privada y visita pública no es exclusiva de estos tres castillos. En España, numerosos edificios históricos se mantienen abiertos gracias a acuerdos entre propietarios y administraciones, que reparten costes de conservación, horarios y usos. Esos acuerdos, sin embargo, son frágiles: dependen de la voluntad de las familias, de las licencias y de los cambios generacionales. El castillo de los Mendoza lo demuestra: cinco décadas de arrendamiento no bastan para garantizar una apertura indefinida.
Para el viajero, la lección es doble. Por un lado, conviene visitar estos lugares cuando están accesibles, porque el cierre puede llegar sin aviso. Por otro, la distancia también ofrece una forma de contemplación: a veces, el castillo más impresionante es el que se ve desde el mirador, con la certeza de que alguien vive allí, enciende luces al caer la noche y cierra los postigos.
Los tres castillos —el de Las Caldas, el de Almodóvar del Río y el de los Mendoza— encarnan formas distintas de mantener viva una fortaleza: la finca privada, la residencia con visitas y el cierre tras décadas de apertura. Mientras España sigue contando sus veinte mil castillos, la historia de estos tres recuerda que una fortaleza no es solo un monumento: es también una casa, un linaje y una forma de mirar el paisaje.
En el embalse de Santillana, al atardecer, las almenas del castillo de los Mendoza vuelven a reflejarse en el agua. La imagen es la misma que vieron generaciones de visitantes, pero ahora pertenece solo a quienes viven al otro lado de los muros. Quizá la próxima generación de propietarios vuelva a abrir alguna puerta; quizá, mientras tanto, viajar a verlas desde el exterior sea el único modo de asomarse a sus almenas.




