Los 5 pueblos de la sierra de Madrid más bonitos para una escapada de fin de semana

La sierra de Madrid cabe en un fin de semana. A poco más de una hora de la capital, entre la A-1 y la carretera de la sierra, se concentran conjuntos medievales, monasterios, bosques de roble y crestas de granito. El Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, declarado en 2013, protege buena parte de ese paisaje, pero la nómina de pueblos con encanto que lo rodean es más amplia y variada de lo que sugiere su cercanía: pizarra negra, murallas, torres y valles glaciares.

El criterio de esta selección combina patrimonio, paisaje y facilidad de acceso. No es un ranking cerrado: hay pueblos fuera de la lista que merecen una visita, y también alguno que entra solo por un edificio. Hemos primado los que conservan su trama urbana, su arquitectura tradicional y algún elemento singular, ya sea un recinto amurallado, un monasterio o una reserva de la biosfera. Cuatro de los cinco están en la Sierra Norte y el valle del Lozoya; el quinto mira a La Pedriza. Todos se recorren a pie en una mañana.

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Patones de Arriba, el pueblo de pizarra negra que parece detenido en el tiempo

A 832 metros de altitud y a unos 60 kilómetros de Madrid, Patones de Arriba es el mejor ejemplo de arquitectura negra de la región. Sus casas se apilan sobre la ladera con muros y tejados de pizarra, ventanas pequeñas para protegerse de los inviernos serranos y calles enlosadas que trepan por la pendiente. Ese conjunto le valió la declaración de Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico en 1999, y explica que el casco se recorra únicamente a pie, sin tráfico. El paseo incluye la antigua iglesia de San José —hoy oficina de turismo—, el lavadero y la Fuente Nueva, los tinados y arrenes del ganado, y las eras convertidas en miradores sobre el valle del Jarama. No es un decorado: es el núcleo original, abandonado en buena parte durante los años sesenta y rehabilitado desde los setenta como segundas residencias y restaurantes.

Lo que termina de darle carácter es su leyenda: la del Rey de Patones, una figura que administraba justicia al margen de otras jurisdicciones y que, según la tradición, habría hecho que el pueblo pasara desapercibido durante la ocupación napoleónica. Los documentos sitúan el origen del asentamiento en el siglo XVI y mencionan ya a un «rey de los Patones» en el siglo XVII; el viajero ilustrado Antonio Ponz lo llamaba reino en 1787. Aquí no hay grandes monumentos: lo que justifica la escapada es el propio pueblo y su entorno, con rutas como las del Pontón de la Oliva o el Cancho de la Cabeza. El coche se deja en Patones de Abajo y se sube a pie en unos 15 o 20 minutos por la Senda del Barranco, y los restaurantes de cocina serrana —migas, cordero y cabrito asados, platos de cuchara— se llenan los fines de semana, así que conviene reservar mesa.

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