Las 5 obras del museo Del Prado que no puedes perderte si de visita en Madrid

Visitar el Museo del Prado es una de las experiencias imprescindibles de Madrid, pero también una de las más abrumadoras: una colección inmensa, larguísimas salas y nombres universales en cada esquina. Esta lista no aspira a sustituir la visita completa, sino a señalar cinco piezas que ningún recorrido sensato debería dejar fuera. Son obras que, vistas en persona, dicen más que cualquier reproducción; conviene acercarse a ellas con calma, porque cada una es un mundo que merece su tiempo.

El criterio combina significación histórica y capacidad de asombro: cada obra marcó un punto de inflexión o llevó un género a su límite. También hay variedad de épocas y escuelas, para que el recorrido tenga ritmo y contraste. No están, ni mucho menos, todas las obras mayores del museo; estas cinco son una puerta de entrada, un hilo que enlaza con otras muchas salas. Si alguna consigue detenerte más de lo previsto, la lista habrá cumplido su propósito: encender las ganas de volver y seguir explorando.

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Las Meninas, de Diego Velázquez

Las meninas es el lienzo donde Diego Velázquez, en 1656 y ya en plena madurez, llevó el retrato cortesano a un territorio que nadie había explorado: la pintura que se piensa a sí misma. La infanta Margarita, de unos cinco años, ocupa el centro escoltada por sus dos meninas, María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato, una dueña y un guardadamas, mientras el aposentador José Nieto se recorta en la puerta del fondo. Pero los verdaderos protagonistas están fuera del encuadre: Felipe IV y Mariana de Austria, cuyos rostros aparecen reflejados en el espejo del muro, en el mismo punto donde se sitúa quien contempla la escena. Ese juego de miradas, sostenido por una arquitectura de luz que da profundidad a los más de tres metros de alto del óleo (320,3 x 279,1 cm), convierte al espectador en parte de la corte y le hace preguntarse qué está viendo, quién mira a quién y dónde empieza la realidad.

Ningún visitante debería perdérsela porque sigue siendo el centro de gravedad del Prado, una condición que ya reconocía el tratadista Antonio Palomino cuando, en 1724, le dedicó el único capítulo íntegro de su historia de los pintores españoles. Desde que ingresó en 1819 procedente de las colecciones reales, la obra no ha dejado de colgar en la pinacoteca, hoy en la sala 12 del edificio Villanueva, donde en 2024 se celebraron los cuarenta años de la limpieza que le devolvió la luz tras retirar gruesas capas de barniz amarillento. Quien se acerque en 2026 la encontrará en un estado excelente y de nuevo en el foco de la actualidad: el proyecto audiovisual con el que el Prado celebró en agosto el eclipse solar, El Prado a la luz del eclipse, la eligió para abrir su recorrido por las grandes obras de la colección. Detenerse ante ella sigue siendo, más de tres siglos y medio después, la experiencia que define una visita a Madrid.

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