27 castillos de España de obligada visita: joyas de nuestra historia

España reúne más de diez mil fortalezas, una herencia pétrea de fronteras y leyendas. Recorremos siete castillos que condensan siglos de historia, del románico del Pirineo a la costa mediterránea.

En España hay catalogados 10.357 castillos. La cifra resulta difícil de asimilar y obliga a elegir. De todos ellos, algunos se levantan sobre peñascos que parecen imposibles, otros esconden patios de armas que Hollywood ha convertido en escenarios y no pocos guardan leyendas de tesoros que nadie ha encontrado todavía.

Esta selección reúne siete fortalezas repartidas por el norte, el levante y el sur peninsular. No son las más célebres de las guías masivas, pero condensan siglos de historia, del románico aragonés a la costa mediterránea, y ofrecen una experiencia de viaje distinta: la de asomarse a la Edad Media desde almenas en las que aún sopla el viento del pasado.

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La riqueza de castillos no es un fenómeno aislado: España es uno de los países del mundo con mayor número de fortalezas medievales, un legado que se reparte por grandes ciudades y pequeños pueblos. Muchas permanecen abiertas al público, algunas solo se aprecian desde el exterior y todas esconden historias que merecen ser contadas.

La fortaleza románica que domina el Pirineo

El castillo de Loarre se descuelga sobre un promontorio desde el que, en días claros, se intuye Zaragoza a unos 80 kilómetros. Los romanos ya detectaron el valor estratégico del enclave y levantaron una primera fortificación; la que hoy se puede visitar la mandó construir en el siglo XI el rey Sancho Garcés III de Pamplona. Su estado de conservación es tan notable que se ha convertido en la fortaleza románica más importante de Europa y en firme candidata a Patrimonio de la Humanidad.

La muralla impresiona desde lejos, pero la emoción crece al cruzar la puerta románica de la entrada principal y descubrir los capiteles tallados de la iglesia de San Pedro, integrada en el propio castillo. El recorrido desciende después a unos calabozos que guardan historias de cautivos y asciende a una torre del homenaje desde la que el poderío militar del medievo se comprende en silencio.

En el castillo de Loarre sobreviven, además, las leyendas de los sacos de monedas de oro que algunos sitúan escondidos entre sus muros y que nadie habría encontrado hasta ahora. Esa mezcla de historia y misterio no ha pasado desapercibida para el cine: el director británico Ridley Scott lo eligió como localización de El reino de los cielos, y entre sus almenas rodaron escenas Liam Neeson, Jeremy Irons y Orlando Bloom.

La visita a Loarre pide tiempo. Conviene recorrer el perímetro amurallado, detenerse ante los capiteles y subir a las almenas para seguir con la mirada el valle que se extiende hacia el sur. La piedra caliza, pulida por siglos de viento, devuelve una sensación de permanencia que pocos monumentos consiguen.

El castillo templario del Bierzo

El castillo de Ponferrada se levanta en la comarca leonesa de El Bierzo, sobre un recinto fortificado que conocieron celtas, romanos y visigodos. La fortaleza que hoy se visita tiene su origen inmediato en 1178, cuando los caballeros templarios reconstruyeron el enclave a su manera y sentaron las bases del castillo que en 1340 quedaría consolidado.

Tras la disolución de la Orden del Temple en el siglo XIV, la fortaleza pasó a manos de los Condes de Lemos. Desde principios del siglo XX, sucesivas reformas han ido recuperando el conjunto para devolverlo a su aspecto medieval. Hoy es propiedad de la ciudad de Ponferrada y uno de los monumentos nacionales más visitados del noroeste.

Recorrer sus patios y estancias equivale a seguir el rastro de una orden militar envuelta en leyendas, en una comarca que merece una parada más larga: El Bierzo combina viñedos, valles y una gastronomía que redondea la visita.

La silueta del castillo, con sus torres desiguales, se recorta contra el cielo berciano y ha protagonizado numerosas fotografías. Desde la muralla se observa el caserío de Ponferrada y los montes que cierran el horizonte, recordando por qué este enclave fue durante siglos una llave del noroeste peninsular.

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Un castillo bávaro entre los bosques de Vizcaya

El castillo de Butrón aparece de pronto en un bosque frondoso de Gatika, en Vizcaya, como si hubiera sido extraído de una película de caballeros del Hollywood dorado. Y en cierto modo lo es: su origen es medieval, pero la transformación que hoy se ve fue impulsada en el siglo XIX por la familia Butrón, que remodeló la fortaleza al estilo bávaro, un guiño germánico que lo hace distinto al resto de castillos españoles.

Está declarado Patrimonio Histórico Español y su interior permanece cerrado a las visitas, de modo que los viajeros deben conformarse con imaginar sus salones, torreones y almenas. Quienes han podido acceder en el pasado hablan de un espectacular patio de armas y de una atmósfera que transporta de inmediato a la Edad Media.

La ubicación, escondida entre vegetación al norte de Bilbao, refuerza la sensación de descubrimiento. Aunque no se pueda traspasar la puerta, el paseo por el entorno ya justifica la desviación. El musgo cubre parte de la piedra y la humedad del bosque añade una pátina de misterio que envuelve la fortaleza durante todo el año.

Butrón no responde al canon del castillo castellano. Sus torres puntiagudas y su perfil germánico lo acercan más a los cuentos centroeuropeos, una rareza que en España solo se entiende como capricho de una familia nobiliaria empeñada en mostrar su poder con un símbolo distinto.

Córdoba y el castillo de Juego de Tronos

El castillo de Almodóvar del Río, en la campiña cordobesa, es uno de los mejor conservados de España. Su origen es íbero; después pasó por manos romanas y árabes, que lo convirtieron en alcázar, y alcanzó su silueta actual tras la conquista cristiana. Torres y almenas parecen sacadas de un cuento de hadas, y el descenso a las mazmorras y la subida a la torre del homenaje devuelven al visitante a la vida de la frontera.

Su belleza no ha escapado a la industria audiovisual: la fortaleza ondeó la bandera de los Lannister y sirvió como localización de la séptima temporada de Juego de Tronos. Los torreones, la muralla, el patio de armas y varias estancias se convirtieron en escenarios de la serie, un aliciente añadido para los aficionados.

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Parte del mérito de su excelente estado corresponde al Conde de Torralva, que a principios del siglo XX lo salvó de la ruina y promovió una restauración que hoy permite visitar una fortaleza casi intacta. La restauración fue una apuesta por preservar una pieza clave del patrimonio andaluz, y el resultado salta a la vista en cada sillar.

Desde las almenas, la vega del Guadalquivir se extiende como un tapiz verde y plata. El castillo no solo cuenta la historia de una frontera entre reinos, sino también la de un territorio que ha sabido conservar sus fortalezas como hitos del paisaje.

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Olite, el palacio real que inspiró cuentos

El castillo de Olite, en el corazón de la Navarra media, ocupa buena parte del casco urbano de esta villa medieval. Conocido como Palacio Real de los Reyes de Navarra, está considerado uno de los más hermosos de Europa. Sus torres afiladas, fosos, jardines y ventanas de arcos ojivales recuerdan a los escenarios que Walt Disney dibujó para sus cuentos de caballeros, brujas y princesas.

Construido entre los siglos XIII y XIV, se compone de dos recintos: el Palacio Viejo, levantado sobre restos romanos y hoy transformado en Parador Nacional, y el Palacio Gótico, impulsado por Carlos III de Navarra como sede real permanente. Un grave incendio durante la Guerra de la Independencia agravó su deterioro, pero en 1937 comenzó una restauración que le devolvió buena parte del lustre.

Pese a no haber recuperado nunca su esplendor original, Olite permite imaginar el boato de una corte medieval. Recorrer la villa y sentarse en su plaza mayor al atardecer prolonga la experiencia más allá de la piedra. Las calles empedradas, las fachadas de piedra y el olor a bodega antigua conforman un decorado que no necesita de ruido para emocionar.

La visita al palacio permite subir a sus torres y asomarse a los tejados de la villa. Desde lo alto se entiende la ambición de Carlos III de Navarra, que quiso una corte a la altura de las monarquías europeas y la materializó en un edificio que sigue asombrando siglos después.

Monterrei y su triple cinturón de piedra

El palacio-fortaleza de Monterrei se alza sobre un valle, a unos tres kilómetros de Verín, en la provincia de Ourense. Considerado la plaza fuerte gallega más importante desde el punto de vista defensivo, está rodeado por un triple recinto de muralla, contramuralla y murallón que lo hacía prácticamente inexpugnable.

Construido durante el siglo XII y vinculado a los Condes de Monterrei, el conjunto conserva la torre del homenaje, el palacio de los Condes y la iglesia gótica de Santa María. Desde la torre, las vistas se extienden sobre la comarca en una panorámica que justifica por sí sola la subida.

La carretera que asciende hasta la fortaleza atraviesa lo que parece un pueblo fantasma, un preámbulo silencioso que subraya la rotundidad del monumento. El viento se cuela entre las almenas y el sol dibuja sombras alargadas sobre el patio, creando una atmósfera de suspensión temporal que envuelve al visitante.

Monterrei es una de esas fortalezas que se descubren con la calma de quien viaja por el interior de Galicia. La piedra, el silencio y la lejanía se conjugan para ofrecer una experiencia pausada, alejada de las rutas masivas.

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Peñíscola, la fortaleza del Papa Luna

El castillo de Peñíscola corona el peñón que domina el casco antiguo de esta localidad castellonense, declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931. La muralla rodea todo el núcleo urbano y tiene su punto culminante en la fortaleza que los caballeros templarios construyeron entre finales del siglo XIII y principios del XIV.

Su episodio más célebre llegó cuando el Papa Luna, de nombre Benedicto XIII, remodeló varias zonas del complejo para convertirlo en palacio papal. Allí resistió en solitario frente a la cristiandad, en uno de los capítulos más singulares del Cisma de Occidente, una historia que impregna cada estancia.

Hoy, Peñíscola combina el atractivo de la fortaleza medieval con el del Mediterráneo. La luz sobre el mar, el trazado de calles empinadas y el olor a brisa salina convierten la visita en una experiencia que va más allá del monumento.

Subir hasta la fortaleza permite contemplar el casco antiguo y el mar como lo hicieron los templarios y, más tarde, el papa que se negó a abdicar. La historia, siempre presente, se funde con el azul del horizonte en una de las postales más reconocibles del litoral español.

Rutas y claves para visitar castillos

Los siete castillos de esta selección se puede agrupar en rutas de dos o tres días: el eje Pirineo-Ebro con Loarre y Olite; el noroeste con Ponferrada y Monterrei; el litoral con Peñíscola y Butrón en una escapada más amplia por el Cantábrico; y el sur con Almodóvar del Río. Cada uno exige una visita pausada, con tiempo para subir a las torres, bajar a las mazmorras y dejarse envolver por el entorno.

Conviene consultar los horarios y las condiciones de acceso de cada monumento antes de viajar, pues algunos permanecen cerrados o requieren entrada. Lo que no se puede planificar es la sensación de traspasar una puerta de piedra y entrar en un tiempo que no se mide con relojes.

Estas siete fortalezas son solo una muestra de las más de diez mil que salpican la geografía española. Entre almenas, calabozos y murallas que resisten desde hace siglos, cada una guarda un fragmento de la historia y ofrece al viajero la misma promesa: la de asomarse a una época en la que las fronteras se defendían con piedra, silencio y estrategia.


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