Hay dos Leonardos casi idénticos y uno tiene ficha policial: lo que las Vírgenes gemelas enseñan sobre el dinero del arte

El Metropolitan de Nueva York ha colgado esta primavera, casi de tapadillo, una pequeña tabla de Leonardo da Vinci: la Virgen del hilandero, prestada por el multimillonario Kenneth Griffin. La noticia ha corrido como si fuera una rareza única. Pero permíteme aguar la fiesta con un dato que casi nadie está contando: esa tabla tiene una hermana gemela, casi calcada, colgada en Edimburgo, y entre las dos se explica mejor que en ningún manual cómo funciona de verdad el mercado del arte de altísima gama.

Hay dos Vírgenes, no una

Empecemos por deshacer el equívoco, porque el relato del «Leonardo único que aparece en Nueva York» es, cuanto menos, incompleto. De la Virgen del hilandero existen dos versiones que los especialistas consideran salidas, al menos en parte, de la propia mano de Leonardo: la llamada Madonna Lansdowne, hoy en el Met, y la Madonna Buccleuch, en la Galería Nacional de Escocia. Ambas miden lo mismo —apenas medio metro—, ambas repiten la misma escena de la Virgen y el Niño agarrando una devanadera en forma de cruz, y ambas nacieron a la vez.

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Y lo de «a la vez» es literal, no una licencia. Los estudios técnicos han revelado que las dos tablas comparten los mismos arrepentimientos ocultos bajo la pintura, esos cambios de composición que el pintor va corrigiendo sobre la marcha, lo que demuestra que evolucionaron simultáneamente en el taller de Leonardo hacia 1501. El encargo original venía de Florimond Robertet, secretario del rey Luis XII de Francia. Fiel a su costumbre de no terminar nada, Leonardo probablemente nunca llegó a entregarlo, y de aquel proyecto brotaron estas dos criaturas casi idénticas que quinientos años después siguen dando guerra.

La gemela con antecedentes penales

Aquí es donde la historia se vuelve más de novela negra que de catálogo de museo, y es material que conviene tener porque explica el valor. La Madonna Buccleuch fue, durante años, el cuadro más valioso jamás robado en Gran Bretaña: el 27 de agosto de 2003, dos hombres se colaron en una visita guiada al castillo de Drumlanrig, en Escocia, redujeron a la guía, arrancaron la tabla de la pared con un hacha y huyeron en un Volkswagen Golf GTI. La operación entera duró apenas unos minutos. Una obra de quinientos años, propiedad del duque de Buccleuch —uno de los hombres más ricos del país—, se esfumaba en un utilitario.

La tabla estuvo desaparecida cuatro años y reapareció en 2007 en Glasgow, en una recuperación tan turbia que uno de los investigadores privados implicados, un dueño de pub de Liverpool llamado Robert Graham, acabó sentado en el banquillo acusado de extorsión. Cuando por fin volvió a manos del duque, la Buccleuch estaba valorada en unos 65 millones de dólares, y ese número, el de una obra «atribuida» y jamás subastada, es la primera pista sólida para tasar a su gemela del Met. Hoy cuelga en préstamo en Edimburgo, técnicamente vendible, esperando su turno mientras su hermana se lleva los focos en la Quinta Avenida.

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Qué dicen de verdad los expertos

Conviene no despachar la atribución con un titular, porque en Leonardo el diablo vive en el matiz. El Met cuelga la Lansdowne como «Leonardo da Vinci y taller», y la Galería Nacional de Escocia describe la Buccleuch de forma parecida: es probable que el diseño general y la ejecución de las figuras y las rocas del primer plano sean enteramente suyos, mientras que el paisaje del fondo, menos característico, lo añadió otra mano sobre un boceto que Leonardo dejó sin acabar. No es una copia de discípulo ni un autógrafo puro: es esa zona gris, mitad genio mitad taller, donde el mercado se juega los cientos de millones.

Los grandes especialistas tampoco lo despachan a la ligera. Martin Kemp, el mayor estudioso vivo de Leonardo, profesor emérito de Oxford, ha reconocido que conoce a los dueños de ambas tablas y las trata a las dos como obra genuina del entorno directo del maestro, algo que no puede decirse de la mayoría de las supuestas «apariciones» que saltan cada temporada. Esa es la diferencia entre estas Vírgenes y los «nuevos Leonardo» que se anuncian con estudios de ADN o atribuciones exóticas: aquí hay consenso académico de que Leonardo metió la mano, aunque se discuta cuánto.

El activo es la firma, y el museo es la fábrica que la fabrica

Y llegamos al mecanismo que de verdad importa para quien mira esto como inversión. En el mercado de los antiguos maestros no compras un lienzo, compras un dictamen: la misma tabla vale mil dólares firmada como «círculo de Leonardo» y cientos de millones si el consenso dice «de su mano», y todo el juego consiste en mover la etiqueta de una casilla a la otra. El pigmento no cambia; cambia el papel que lo acompaña.

Por eso colgar la Lansdowne dos años en el Met es cualquier cosa menos un gesto inocente. Una institución como el Metropolitan imprime una legitimidad académica que ninguna casa de subastas puede vender, y de paso, en Estados Unidos, prestar arte a un museo sin ánimo de lucro abre la puerta a generosas desgravaciones fiscales para las grandes fortunas. Es la jugada perfecta: pagas menos impuestos hoy y revalorizas el activo para mañana. Compara las dos hermanas y lo verás claro: la Buccleuch lleva años en una discreta galería escocesa, mientras la Lansdowne sale a lucirse al escaparate mundial. Adivina cuál cotizará más alto el día que alguna de las dos vuelva al mercado.

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Cuánto valdría: la Buccleuch como suelo, el Salvator Mundi como techo

Vamos con la especulación, y con la advertencia por delante de que esto es un ejercicio de mercado y no un consejo de inversión. El techo lo marca el Salvator Mundi, aquel Leonardo comprado en 2005 por poco más de mil dólares como «círculo de», restaurado, legitimado en la National Gallery y rematado en Christie’s en 2017 por 450,3 millones de dólares, récord mundial que sigue imbatido. Pero ese caso es irrepetible: se vendió como autógrafo pleno, con dos pujadores enfrentados y un comprador soberano saudí. La Lansdowne no llegará ahí, sencillamente porque su propia etiqueta admite mano de taller, y el mercado paga la autoría entera, no la compartida.

El suelo, en cambio, lo marca su gemela. Si la Buccleuch valía 65 millones de dólares en 2007 siendo una obra «atribuida» sin pasar por subasta, su hermana Lansdowne —en mejor estado de conservación y recién bendecida por el Met— parte de ahí y hacia arriba. Cruzando ambos extremos con los comparables del segmento, mi horquilla razonable para una eventual reaparición en el mercado secundario se situaría entre los 100 y los 250 millones de dólares. El punto exacto dependerá, como siempre, de una sola variable: cuánta mano de Leonardo esté dispuesto a reconocer el mercado en la tabla. Si pesa el «de su mano», roza la parte alta; si pesa el «y taller», se queda en la baja.

Y ahí está la ironía que sostiene toda esta historia. Dos hermanas casi idénticas, nacidas el mismo día en el mismo taller florentino, con el mismo pincel detrás. Una acumuló una ficha policial y descansa en una galería pública escocesa; la otra irradia su azul en la pared de un fondo de Manhattan y espera, revalorizándose sin que nadie la toque, a que su dueño decida cuándo abrir la bóveda. No las separa el arte, que es gemelo. Las separa la firma que cada una lleva debajo y la pared en la que cada una tuvo la suerte de colgarse. Eso, y no el genio de Leonardo, es lo que aquí cotiza.


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