La inteligencia artificial ha puesto en manos de los atacantes una capacidad de escalado que ningún equipo humano puede contener. Corma, una startup israelí que acaba de salir del sigilo, levanta 60 millones de dólares en una ronda seed para construir precisamente el modelo de defensa que el ecosistema necesita. La lección para el fundador es clara: en un mundo donde la ofensiva se automatiza, la defensa con IA no es una opción, sino la única trinchera viable.
Una ronda semilla de 60 millones que marca territorio
Corma ha cerrado una de las rondas semilla más cuantiosas del año en el segmento de la ciberseguridad. La operación está liderada por Sequoia Capital, con la participación de Khosla Ventures y Coatue. No se ha revelado la valoración, pero el importe —60 millones de dólares— y el perfil de los inversores disparan las señales: el capital riesgo está apostando fuerte por una categoría que no existía hace dieciocho meses.
La compañía, fundada en 2025 por Alon Pluda, opera desde Tel Aviv y San Francisco. Su primer modelo se desplegó hace apenas seis semanas en varias organizaciones del Fortune 100 y del Fortune 500, cubriendo sectores como sanidad, servicios financieros, energía, infraestructura crítica y retail. La velocidad de adopción en grandes cuentas, incluso antes de una Serie A, es otro dato que el ecosistema emprendedor no debe pasar por alto.
Por qué el capital riesgo se vuelca con la IA defensiva
El argumento de los inversores es tan directo como preocupante: los grandes modelos de lenguaje que hoy dominan el mercado están entrenados para atacar, no para defender. “Esas mismas capacidades —escribir y refinar código, identificar vulnerabilidades, razonamiento en varios pasos— se trasladan directamente a la seguridad ofensiva”, explicó Pluda a Fortune. Corma entrena sus modelos para lo contrario: cribar registros, auditar eventos y encontrar la aguja en el pajar sin depender de código.
El resultado, según la propia compañía, es una reducción del 94% en los tiempos de respuesta a amenazas. En un contexto donde los ataques con IA ya operan a velocidad sobrehumana —OpenAI atacando Hugging Face es el ejemplo reciente—, el dato es elocuente. De ahí que socios como Shaun Maguire (Sequoia) hablen de “la capa de inteligencia que la defensa realmente necesita” y que Vinod Khosla subraye que “necesitamos enfoques completamente nuevos en ciberdefensa”.
Para un inversor de capital riesgo, Corma representa la apuesta por una categoría naciente: la defensa autónoma que iguale la velocidad de la ofensa autónoma. “La IA agéntica da a los atacantes una ventaja estructural”, afirmó Maguire, y Corma la combate con talento ofensivo (Pluda viene del hacking) y con investigación en IA de frontera. Esa mezcla de perfiles —seguridad profunda más investigación— es cada vez más determinante para levantar capital en deep tech.
La ronda de Corma no es solo un caso de financiación: es la confirmación de que el capital persigue defensa autónoma a la misma velocidad que los atacantes adoptan la IA ofensiva.
Corma utilizará los 60 millones para ampliar el entrenamiento de sus modelos y para crecer en equipo, con foco en talento de seguridad defensiva, IA e investigación. La startup tiene el reto de escalar el modelo manteniendo la consistencia en miles de acciones simultáneas, un desafío técnico que justifica la necesidad de una ronda de este calibre antes incluso de cerrar tracción comercial masiva.
Lo que enseña Corma al fundador español
El caso Corma deja varias lecciones para cualquier founder que mire al ecosistema israelí con intención de replicar sus dinámicas. La primera es que las rondas semilla ya no tienen por qué ser pequeñas cuando el problema es global y la ventana de oportunidad, estrecha. Levantar 60 millones en seed es casi una declaración de intenciones: el capital está disponible para quien demuestre que la solución tiene que estar viva antes de que el ataque se convierta en catástrofe.
La segunda lección tiene que ver con la ubicuidad del talento. Corma nace en Israel pero inmediatamente planta bandera en San Francisco. Esa dualidad Tel Aviv–Silicon Valley no es cosmética: combina la cantera de ciberseguridad más densa del mundo con el acceso a los fondos y a los primeros clientes del Fortune 500. Para las startups españolas que aspiren a levantar capital de primer nivel, la lección es trabajar su presencia física en los dos lados del Atlántico mucho antes de la Serie A.
En el bloque de análisis, resulta inevitable comparar la ronda de Corma con otros gigantes israelíes que salieron del sigilo con músculo financiero fuera de lo común. Wiz, por ejemplo, escaló hasta los 10.000 millones de valoración en tiempo récord. El patrón se repite: el capital riesgo estadounidense está dispuesto a firmar cheques enormes en fases tempranas cuando detecta un problema de seguridad que nadie más está resolviendo con IA aplicada. Para el ecosistema español, que aún ve cómo la inversión en deep tech representa una fracción modesta, la tendencia marca una oportunidad: los fondos globales están rastreando talento allá donde aparezca, y España cuenta con ingeniería de primer nivel a costes competitivos. La clave está en atreverse a plantear rondas con ambición global y en rodearse de inversores que comprendan la naturaleza asimétrica de la ciberseguridad moderna.
🚀 Hoja de Ruta para Emprender
- Construye para el problema, no para el producto: Corma no vende una herramienta, vende la única respuesta posible a una amenaza que escala sola. Define tu categoría antes de que el mercado lo haga por ti.
- Sal al global desde el día cero: La dualidad Tel Aviv-San Francisco no es un lujo, es un acelerador de credibilidad. Elige tu combinación de talento y capital sin miedo a los dos hemisferios.
- La tracción se demuestra en semanas, no en años: Si tu modelo funciona, los grandes clientes llegan rápido. Mide la reducción de tiempo de respuesta o el ahorro en coste, y convierte ese dato en tu principal argumento ante el inversor.





