La venta de Telefónica Venezuela vuelve a estar sobre la mesa tras 35 años de presencia en el país. La compañía ha reactivado el proceso para desprenderse de su filial, ya ha recibido ofertas y se ha fijado un plazo de un año para cerrar la operación, según las informaciones que ha adelantado Economía Digital y que el grupo no ha confirmado de manera oficial.
El movimiento no es nuevo. Telefónica lleva años recomponiendo su huella en América Latina, con entradas y salidas que responden más a la rentabilidad que al volumen. Lo verdaderamente relevante ahora es el calendario: doce meses para encontrar comprador y un condicionante que lo atraviesa todo, la supervisión de Estados Unidos.
Telefónica reactiva la venta tras recibir ofertas por su filial venezolana
Telefónica Venezolana, que opera bajo la marca Movistar, es una de las filiales históricas del grupo en la región. Acumula 35 años de actividad en el país y su valoración lleva tiempo atrapada en una doble pinza: la crisis económica venezolana, por un lado, y el entramado de sanciones internacionales, por otro.
La filial no cotiza, no publica cuentas comparables y su perímetro ha cambiado con los años. Eso explica que el proceso avance más por señales que por cifras. La compañía habla de ofertas recibidas, sin detallar importes ni compradores. Lo prudente, con la información disponible, es no poner números sobre la mesa hasta que exista un hecho relevante registrado ante la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Hasta entonces, todo lo que circule será rumor con mayor o menor fundamento.
El grupo matriz ha ido cerrando posiciones en Centroamérica en los últimos ejercicios y ha reorganizado su negocio regional bajo una lógica simple: quedarse solo donde puede competir con margen. Telefónica Latinoamérica dejó de ser un bloque homogéneo hace tiempo. El mercado venezolano, además, está lejos de ser un jardín: Movistar compite allí con Digitel y con la estatal Movilnet en un país donde la divisa, la energía, y la propia conectividad han sido durante años un quebradero de cabeza. Venezuela es la pieza que faltaba por ordenar, y también la más incómoda.
La operación queda bajo la vigilancia de Washington y condiciona el mapa regional
El segundo factor que explica la operación es geopolítico. Cualquier transacción que implique a una compañía con intereses en Venezuela pasa hoy por el filtro de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro estadounidense. Sin su visto bueno, la venta no llega a puerto; con él, el perímetro del comprador queda reducido a un puñado de actores capaces de operar bajo ese paraguas.
Vender en Venezuela no es una decisión contable. Es un ejercicio de paciencia reguladora en el que el comprador pesa tanto como el precio.
Ahí está la contradicción de fondo. Telefónica quiere vender, pero el universo de compradores se estrecha cada vez que Washington aprieta. El interés puede parecer alto sobre el papel y desplomarse cuando el candidato calcula el coste reputacional y regulatorio de quedarse con un activo sancionable.
El plazo de un año fija, eso sí, una fecha útil: en torno al tercer trimestre de 2027 debería saberse si la operación se cierra o si vuelve a congelarse. Para el conjunto del grupo, el impacto en cuentas será limitado por el tamaño relativo de la filial. El impacto en relato, en cambio, es mayor de lo que parece.
Un cierre que mide la paciencia de Telefónica en Latinoamérica
Conviene mirar la operación con perspectiva. Telefónica llegó a América Latina de la mano de las privatizaciones de los años noventa y convirtió la región en su principal motor de crecimiento durante dos décadas. Aquello terminó. Hoy la lógica es la contraria: podar lo que no da margen, blindar lo que sí y concentrar el capital donde la competencia es ganable.
He seguido la política de desinversiones del grupo en los últimos años y el patrón es claro. Primero se marchó de los mercados pequeños. Después tocaron los medianos. Venezuela siempre quedó al final de la fila, no por su atractivo, sino por la dificultad de salir de un país al que casi nadie quiere entrar. La reactivación del proceso, además, llega después de varios intentos que nunca cristalizaron, lo que sugiere que la compañía ha decidido que ya no compensa esperar.
El riesgo de esta estrategia es el de siempre: vender con prisa en un mercado ilíquido suele traducirse en un precio por debajo de lo deseado. La oportunidad, en cambio, es liberar gestión y capital para los mercados donde el grupo todavía pelea de tú a tú, empezando por España, Brasil y Alemania. El comprador que llegue heredará espectro, infraestructura y una relación laboral compleja, en un país donde la conversación sobre las telecos nunca ha sido solo técnica.
Queda una pregunta que solo responderá el calendario. Si en septiembre de 2027 la filial sigue siendo de Telefónica, el mensaje de fondo será otro: que hay activos que ni se pueden vender ni se pueden abandonar. Y eso, en un grupo que presume de disciplina de capital, es un problema difícil de explicar a un accionista.




