Por primera vez en el hemisferio occidental, el detector SNO+, enterrado a 2 kilómetros de profundidad en una mina canadiense, ha logrado captar los escurridizos geoneutrinos, las partículas fantasma que desvelan la radioactividad del interior de la Tierra. Su hallazgo, publicado en noviembre de 2025, revela que el manto terrestre podría no ser tan uniforme como se creía y que las diferencias en el flujo de estas partículas apuntan a estructuras ocultas bajo África y el Pacífico.
En las profundidades del laboratorio Snolab, en Sudbury (Canadá), una grúa desciende a los técnicos por una escotilla hacia una caverna repleta de 7.000 toneladas de agua ultrapura que brilla como líquido de limpiaparabrisas bajo la luz artificial. Normalmente es uno de los lugares más oscuros del planeta, pero hoy está iluminado para tareas de mantenimiento. El detector SNO+ es una esfera acrílica del tamaño de una casa, forrada con casi 10.000 sensores de luz y llena de 780 toneladas de un centelleador líquido que emite un destello cuando una partícula lo atraviesa. Para evitar contaminación radiactiva, los científicos se duchan y visten monos azules antes de entrar: «Las duchas no son para ti, son para la ciencia», bromea Matt Depatie, el tecnólogo que supervisa el experimento.
Los neutrinos son las partículas con masa más abundantes del universo. Con una masa minúscula —un millón de veces menor que un electrón— y carga neutra, apenas interactúan con la materia. Billones de ellos, nacidos en el Sol, nos atraviesan cada segundo sin que nos demos cuenta. Tras años de caza, los detectores apenas han capturado unos cientos de miles de destellos. Pero los geoneutrinos son aún más esquivos: en décadas, solo se han registrado unos pocos cientos.
Geoneutrinos: el termostato radiactivo del planeta

Estas partículas se producen en la desintegración de uranio torio y potasio radiactivos incrustados en las rocas del manto y la corteza. Ese calor residual de la formación del planeta y el generado por estos elementos son los motores que mantienen el flujo de roca en el manto, la convección que mueve las placas tectónicas y alimenta el campo magnético terrestre. Sin esa fuente radiactiva, la Tierra se habría enfriado hace eones y sería un planeta geológicamente muerto.
La primera detección de geoneutrinos, con el experimento KamLAND en Japón, se anunció en 2005. Le siguió Borexino en Italia, en 2009, con unas decenas más. En noviembre de 2025, SNO+ sumó otros cincuenta, elevando el censo global de estas partículas fantasmales a unos cuantos cientos.
La primera pista de un manto no uniforme
La distribución de geoneutrinos sugiere que el manto podría no ser homogéneo. Mark Chen, director de la colaboración SNO+, lo explica así: «Podría ser la primera pista de que el manto no es uniforme». Las regiones que parecen emitir más geoneutrinos se sitúan aproximadamente sobre dos enormes masas de material caliente y denso, las grandes provincias de baja velocidad de cizalla (LLSVP), localizadas bajo África y el Pacífico. Estas estructuras, detectadas por sismología, podrían estar concentrando elementos radiactivos de forma diferencial.
Sin embargo, los investigadores advierten que la incertidumbre aún es alta. William McDonough, geoquímico de la Academia China de Ciencias, plantea el dilema: «Si tomamos los datos al pie de la letra, podríamos decir que el hemisferio occidental es mucho más radiactivo. Pero ¿están bien los italianos? ¿Están bien los japoneses? ¿O hay algo mal?» Cada detector tiene que filtrar señales de reactores nucleares, de la corteza cercana y de otros neutrinos espaciales antes de aislar el componente del manto, un proceso que introduce mucha ambigüedad. Los cálculos actuales sitúan la contribución de los elementos radiactivos al calor del manto entre un pequeño porcentaje y casi la mitad, una discrepancia equivalente a la producción de decenas de miles de centrales nucleares.
Cada uno de estos neutrinos, apenas un puñado en décadas, es un mensajero directo del horno radiactivo que aún quema a 2.900 kilómetros bajo nuestros pies.
Futuro: de las profundidades de la Tierra al fondo del océano
El campo está a punto de recibir un impulso masivo. El experimento JUNO, en China, con más de 20.000 toneladas de centelleador, está recogiendo datos y se espera que publique su primer flujo de geoneutrinos antes de que termine 2026. Su tamaño es tal que detectará más partículas en un año que todos los detectores anteriores juntos en décadas. «Ofrecerá una imagen mucho más rica», asegura Chen.
Pero la verdadera revolución, según McDonough, vendría de un detector instalado en el fondo del océano. Lejos de la corteza continental, rica en uranio y torio, las incertidumbres se reducirían drásticamente. «Estarías en territorio exclusivo del manto», afirma. Aunque la idea lleva décadas sobre la mesa y costaría cientos de millones de dólares, China podría dar luz verde a un proyecto así en el futuro.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: Los primeros geoneutrinos del hemisferio occidental, partículas emitidas por la desintegración radiactiva en el interior de la Tierra, cuyo flujo sugiere un manto no uniforme.
- Dónde: Laboratorio SNOLAB, a 2 km de profundidad en la mina Creighton, Sudbury, Canadá.
- Institución responsable: Colaboración SNO+, con participación de Queen’s University y otros centros internacionales.
- Cuándo: Primera detección publicada en noviembre de 2025; análisis en curso.
- Impacto a futuro: Permitirá cartografiar la composición química del interior del planeta y entender los motores de la tectónica de placas.




