Rallo avisa: supermercados públicos en Nueva York con un 30% de descuento, ¿racionamiento?

El economista desmonta la propuesta de Zohran Mamdani y alerta: la tarjeta de fidelización prevista equivale a una libreta de racionamiento para controlar quién y cuánto compra a precios subvencionados.

La promesa de abrir cinco supermercados públicos en Nueva York con descuentos de hasta el 30% sobre los precios del sector privado ha sido una de las banderas electorales del alcalde Zohran Mamdani. Pero bajo esa fachada de justicia social, los descuentos no nacen de una gestión más eficiente. En su último análisis, Juan Ramón Rallo desmonta el proyecto y alerta de que, lejos de multiplicar la abundancia, se encamina hacia un sistema de racionamiento que ya ha fracasado en otras economías.

El mito de la eficiencia: los descuentos salen del bolsillo público

La rebaja del 30% en productos como la carne, la leche o la fruta no procede de una renuncia voluntaria al beneficio ni de una mayor productividad de estos supermercados. Rallo explica que, según el diseño de la licitación, los operadores privados que gestionen las tiendas en régimen de concesión competirán por ver quién reclama menos subvención al Ayuntamiento. El plan prevé no cobrar alquiler por los suelos municipales, eximir del impuesto de bienes inmuebles y costear las obras iniciales con dinero público.

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“La diferencia se la come el contribuyente neoyorquino”, subraya el economista. Todo el ahorro que los clientes ven en la caja es, en realidad, gasto fiscal que otros neoyorquinos pagan y que deja de nutrir las arcas municipales. Es pura redistribución, pero vendida como si fuera un logro de gestión.

Márgenes de solo el 2-4%: la aritmética que derriba la promesa

Cualquiera que conozca el sector sabe que los márgenes de beneficio de un supermercado oscilan entre 2 y 4 céntimos por dólar. Con esa estructura, bajar los precios un 30% obliga a vender a pérdida. Rallo detalla que, sin el respaldo de las subvenciones municipales, los números sencillamente no cuadran. La única manera de ofrecer semejante descuento es que el Ayuntamiento cubra las pérdidas con cargo al erario público.

Eso convierte el proyecto en un subsidio encubierto que, a su juicio, ni siquiera garantiza que los alimentos lleguen a quienes más los necesitan.

Vender un 30% más barato sin que el ayuntamiento asuma la pérdida es imposible cuando el margen por unidad ronda los 3 céntimos por dólar.

Juan Ramón Rallo

Arbitraje, acaparamiento y compras foráneas: el boquete que anticipa la escasez

Cuando un bien se vende por debajo de su coste real, el incentivo para revenderlo es inmediato. Rallo advierte que cualquier neoyorquino —o incluso alguien de fuera— podría comprar el stock completo de estas tiendas y colocarlo después en el mercado privado, embolsándose la diferencia. También señala el riesgo de acaparamiento doméstico: si un alimento almacenable cuesta un 30% menos, es racional cargar la despensa hasta donde permita el límite.

“Si esto sucede, ni siquiera la finalidad de redistribuir la renta se materializa; puede terminar yendo de pobres a ricos”, afirma. El subsidio se desvirtúa si el arbitraje drena los productos antes de que lleguen a los hogares vulnerables.

El ‘lapsus’ del carné y la huida hacia delante

Durante una rueda de prensa, la consejera municipal Jenny Pack apuntó que se exigiría “algún tipo de identificación” a los compradores y se limitaría la cantidad de artículos subvencionados. Las palabras generaron una tormenta política porque Mamdani se opone a pedir documentos de identidad para votar, pero parecía dispuesto a imponerlos para adquirir alimentos. En menos de 24 horas, el Ayuntamiento rectificó y negó que fuera a requerirse un carné de identidad.

En su lugar, el equipo municipal deslizó la idea de una tarjeta de fidelización. Rallo interpreta el movimiento como una chapuza para capear la incoherencia: se podrá entrar sin identificarse, pero solo se accederá a los precios rebajados si se dispone de esa tarjeta.

Tarjeta de fidelización: el disfraz de la cartilla de racionamiento

Para el autor del análisis, la función de la tarjeta es triple: discriminar entre neoyorquinos y no neoyorquinos, distinguir rentas altas de rentas bajas y, sobre todo, imponer topes cuantitativos a los productos subvencionados. “Es el equivalente neoyorquino a la cartilla de racionamiento”, sentencia Rallo, trazando un paralelismo directo con la libreta de abastecimiento cubana.

El economista recuerda que el Ayuntamiento ha dicho que se establecerá un sistema para “gestionar la demanda”. Traducido al lenguaje realista: limitar, racionar. La tarjeta no elimina el incentivo al arbitraje; simplemente lo contiene con cuotas por persona, una lógica idéntica a la de las economías socialistas que han intentado controlar los precios artificialmente.

Cuba y Venezuela como espejo: recetas fallidas que se repiten

Rallo no ve ninguna innovación en el experimento neoyorquino. A su juicio, se están aplicando las mismas medidas que ya llevaron a la escasez crónica y a los mercados negros en Cuba o Venezuela. “La manera de generar prosperidad no es gestionar la miseria con racionamiento; es fomentar la abundancia productiva”, insiste.

Mientras el primer supermercado público no abrirá sus puertas hasta finales de 2027, el camino elegido —subsidiar artificialmente los precios y luego repartir cupos— le recuerda a los controles propios de sistemas que renuncian a la libertad de mercado y terminan administrando la pobreza.

La pregunta que queda en el aire es si los neoyorquinos están dispuestos a aceptar que ese 30% de descuento se traduzca en menos libertad de compra y más control estatal sobre su cesta de la compra.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.

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