Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, cifra en un 0% la probabilidad de que la IA destruya el mundo. El máximo responsable de la mayor empresa del auge tecnológico niega el riesgo existencial y asegura que el alarmismo del sector ‘no está basado en la ciencia’, en una entrevista concedida al programa CBS Sunday Morning. Sus palabras aterrizan en pleno debate sobre la burbuja de la inteligencia artificial.
Claves de la operación
- Huang descarta el riesgo existencial. El máximo responsable de Nvidia afirma que hay un 0% de probabilidad de que la IA acabe con la humanidad y reduce las advertencias a un discurso del miedo.
- Carga contra Altman y Amodei. Sostiene que las peticiones de frenar el desarrollo, impulsadas por los CEO de OpenAI y Anthropic, carecen de base científica y no justifican nuevas leyes.
- El interés financiero del mensaje. Nvidia es la mayor beneficiaria del auge de la IA y su capitalización depende de que el relato inversor siga siendo optimista.
El mayor interesado en que el miedo desaparezca
La declaración no es una ocurrencia aislada. Nvidia lleva meses defendiendo que la inversión en capacidad de cómputo está lejos de su techo y que las advertencias sobre un colapso inminente responden más a intereses particulares que a evidencias técnicas. En esta redacción entendemos que el mensaje tiene un destinatario claro: los inversores que sostienen la cotización. Cada aviso sobre un enfriamiento de la demanda golpea el valor en bolsa.
Huang fue más lejos al afirmar que no hacen falta nuevas normas, leyes ni directrices para la inteligencia artificial. Es una postura que choca de frente con el marco regulatorio europeo, donde el AI Act avanza en su aplicación por fases, y con los esfuerzos de la Casa Blanca por fijar un estándar mínimo. Huang pide cero regulación nueva para la IA justo cuando Bruselas endurece la suya.
La crítica más incómoda la dirige a sus propios colegas. Huang acusa a Amodei y Altman de carecer de base científica cuando piden ralentizar el desarrollo de los modelos. La frase dibuja una fractura interna en el sector: los que venden aceleración y los que piden cautela. No es casual que los primeros sean quienes más tienen que ganar con un despliegue masivo.
Nvidia se ha convertido en una de las empresas más valiosas del planeta gracias a esa lógica. Sus chips son el cuello de botella de toda la cadena de la IA y su crecimiento trimestral se ha sostenido en una demanda que algunos analistas consideran insostenible. Su CEO pesa en los mercados como un informe de resultados, porque la acción cotiza sobre expectativas y no sobre certezas.
El hombre que más gana con el auge de la IA es también el que más necesita que nadie deje de creer en él.
Los números explican por qué. La capitalización de Nvidia superó los 4 billones de dólares en 2025 y desde entonces se ha mantenido entre las mayores del mundo. La capitalización descansa sobre la promesa de una demanda infinita de cómputo para inteligencia artificial. Si esa promesa se debilita, el ajuste sería proporcional a la altura alcanzada.
Acelerar o frenar: la fractura interna del sector

La división no es nueva, pero sí más visible. Dario Amodei ha advertido en repetidas ocasiones, de que los modelos pueden volverse impredecibles y ha reclamado marcos de seguridad. Sam Altman ha defendido una regulación suave pero real. Huang responde que todo eso es irresponsable porque asusta sin pruebas. El sector vende dos relatos opuestos con el mismo producto: uno de oportunidad y otro de riesgo.
Para los inversores, la disputa tiene una traducción inmediata. Un marco estricto frena el despliegue y encarece el desarrollo, mientras que la ausencia de reglas acelera el crecimiento pero eleva la exposición a un fallo sistémico. Europa ya ha tomado partido con su normativa de IA, que obliga a los grandes modelos a publicar información sobre sus datos de entrenamiento. Huang quiere justo lo contrario.
Nvidia, atrapada en su propia narrativa
España ya vivió un ciclo parecido. El auge de las renovables entre 2007 y 2008 disparó las valoraciones de compañías como Iberdrola Renovables, que llegó a bolsa con una capitalización récord y después sufrió un ajuste severo cuando los incentivos cambiaron. El patrón se repite con cada relato tecnológico que tira de las cotizaciones por delante de los beneficios. Hoy los centros de datos que se levantan en Aragón o Madrid, y eléctricas como Iberdrola y Endesa que los alimentan, son la cara española de ese mismo optimismo.
El riesgo para Huang es que su mensaje se lea como lo que es: la opinión del mayor interesado. Su negocio necesita que nadie deje de invertir en IA; no que la IA sea segura. La próxima publicación de resultados de Nvidia, prevista para noviembre, será el termómetro real de si el mercado compra su optimismo. Si la demanda de chips se sostiene, tendrá razón. Si se enfría, sus palabras se leerán como una calma interesada.





