Trump lanza la ‘AI Force’ y un zar de la IA para desregular los data centers de EEUU

El anuncio llega sin decreto, sin presupuesto y sin nombre para el zar. La desregulación prometida abarata el coste de operar en EEUU, pero no exime a las tecnológicas de cumplir el marco europeo.

Donald Trump ha anunciado en Truth Social la creación de una ‘AI Force’ liderada por un zar de la IA con la promesa de no frenar el desarrollo del sector. El mensaje llega en plena ofensiva política, dentro y fuera de su propio partido, para poner límites a la inteligencia artificial.

El presidente estadounidense escribió en su cuenta de Truth Social que su administración ‘no frenará ni ahogará el crecimiento de esta increíble industria’ y que, en su lugar, la cuidará, la ayudará y la vigilará mientras crece. En el mismo texto calificó los data centers de ‘ricos y prestigiosos’ y les atribuyó subidas de salarios, bajadas de impuestos y calles más seguras en las comunidades donde se instalan. Ninguna de esas afirmaciones va acompañada de un solo dato que las respalde.

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Claves de la operación

  • Una señal desreguladora para el mercado. La promesa de no interferir en el despliegue de infraestructura de IA despeja el principal riesgo regulatorio que vienen descontando los grandes proveedores de nube.
  • Competencia asimétrica por el cómputo. Un marco laxo en EEUU amplía la ventaja de Microsoft, Amazon, Google y Meta frente a rivales europeos y chinos atados a normas más estrictas.
  • El ángulo español. Las inversiones anunciadas en Aragón y Madrid dependen de suelo, red eléctrica y permisos, no de Washington. La pinza regulatoria que afecta a esas plantas se decide en Bruselas.

El pulso entre la desregulación de Washington y el freno europeo

Este anuncio tiene más de declaración de intenciones que de política pública. No hay nombre para el zar, ni decreto firmado, ni partida presupuestaria detrás de esa ‘AI Force’. Lo que sí transmite el mensaje es una dirección inequívoca: la Casa Blanca quiere tratar la inteligencia artificial como infraestructura estratégica y no como un sector al que vigilar.

El contexto importa. La petición de frenar el desarrollo de la inteligencia artificial ya no viene solo de la sociedad civil: llega de buena parte del arco político estadounidense y de voces dentro de la propia industria, preocupadas por el ritmo de despliegue y por el consumo energético que arrastra. La respuesta de Trump ha sido la contraria. Acelerar y quitar fricción.

Para el mercado, el mensaje se traduce en menos riesgo regulatorio en el mayor mercado del mundo. Las grandes tecnológicas llevan meses incorporando a sus valoraciones el coste de cumplir con reglas nuevas —auditorías de modelos, transparencia sobre los datos de entrenamiento, límites al uso de información personal—, y cualquier señal de desregulación en EEUU se lee como margen adicional. La misma señal que en Bruselas se interpreta como un problema de competitividad.

El marco europeo, eso sí, no se mueve por un mensaje en redes sociales. El reglamento de inteligencia artificial de la UE sigue su calendario por fases, con las obligaciones para modelos de uso general ya activas y un régimen sancionador en construcción. Las compañías que operan en en ambos mercados tendrán que cumplir el estándar más alto, no el más cómodo.

Un anuncio que abarata el coste regulatorio en EEUU no abarata ni un euro el coste de cumplir en Europa.

Los data centers, el nuevo campo de batalla energético

zar IA EEUU

Trump describió los centros de datos como activos ‘ricos y prestigiosos’ capaces de elevar salarios, bajar impuestos y hacer más seguras las calles de las comunidades que los acogen. La literatura económica sobre el impacto local de estas instalaciones es, como mínimo, discutida: generan pocos empleos directos por cada millón invertido y concentran una demanda eléctrica enorme. El beneficio fiscal prometido rara vez llega en la misma proporción que la factura energética.

Según las estimaciones que maneja el propio sector, un centro de datos de última generación puede consumir tanta electricidad como una ciudad mediana, y las previsiones apuntan a que esa demanda se multiplique en la próxima década. Ahí es donde la política energética pesa más que la retórica desreguladora: sin red, sin generación, y sin permisos rápidos, la ‘AI Force’ no construye nada.

En España la discusión lleva tiempo sobre la mesa. Los planes de inversión de AWS, Microsoft y Google Cloud en Aragón y en la Comunidad de Madrid han colocado a los centros de datos en el centro del debate sobre la red eléctrica, el precio de la luz industrial y el uso del suelo. Iberdrola y Endesa compiten por contratos de suministro a largo plazo con estos operadores, mientras Telefónica y otras compañías del IBEX intentan posicionarse como socios de conectividad y servicios gestionados.

Lo que se juega España con la carrera desreguladora de Washington

La paradoja española es evidente. El país lleva desde 2021 vendiendo su posición como puerta de entrada de la nube en el sur de Europa, con el precio de la energía renovable y la ubicación como argumentos, y a la vez tiene cedida la política de IA a un marco europeo que avanza despacio y con más carga de cumplimiento. Washington compite por velocidad; Bruselas compite por garantías, y España vive de la segunda sin renunciar a la primera.

El antecedente más cercano está en la supercomputación. El Barcelona Supercomputing Center y el impulso al modelo de lenguaje en español han servido para justificar inversión pública en cómputo, pero no han generado el efecto tractor que sí tienen los grandes centros de datos privados. De ahí que cada anuncio de un hyperscaler en Aragón se lea en clave de política industrial, más que de infraestructura tecnológica.

Hay un riesgo que conviene nombrar: si EEUU desregula y acelera, el capital y el talento se concentran donde el despliegue es más rápido. Europa puede responder con su mercado único y con la exigencia de estándares, pero eso no compensa la velocidad. La ventana se estrecha. La próxima decisión relevante no será el nombre del zar de la IA en Washington, sino cuánto tarda Bruselas en simplificar su propio reglamento y cuánta capacidad eléctrica consigue conectar España en los próximos dos años.


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