China dispara su energía nuclear y superará a EEUU y Francia antes de 2035

El país concentra ya cerca de la mitad de los reactores que se construyen en el mundo. Su ventaja no se limita a los megavatios: diseños como el Hualong One o los reactores modulares pequeños le han dado también el liderazgo en tecnología avanzada.

El liderazgo mundial de China en energía nuclear llegará antes de 2035. Los analistas del sector sitúan al país por delante de Estados Unidos y de Francia durante la próxima década, un vuelco que hace cinco años parecía improbable y que ahora se apoya en una flota en construcción sin equivalente en el resto del planeta.

La mayor flota nuclear en construcción del mundo

La proyección la recoge el portal especializado Oilprice.com a partir de análisis de firmas del sector: Estados Unidos mantiene el primer puesto por volumen de generación, pero la velocidad de crucero china —tanto en reactores convencionales como en tecnologías avanzadas— anticipa un cambio de mando antes de 2035.

Publicidad

Estados Unidos opera en torno a 93 reactores, la mayor flota del mundo, y Francia, con 56 unidades, es el país donde la nuclear pesa más en el mix eléctrico: cerca de dos tercios de su electricidad. China, con un parque operativo menor, concentra en cambio alrededor de la mitad de los reactores que se construyen en el mundo, según los registros públicos del sistema de información de reactores del OIEA. Esa asimetría explica la proyección.

El regulador chino aprueba desde 2022 tandas anuales de alrededor de diez nuevos proyectos, un ritmo que ningún otro país sostiene. España, sin ir más lejos, no ha autorizado la construcción de un reactor desde los años ochenta. La diferencia no es de escala: es de modelo industrial.

La clave está en la cadena de suministro. El país controla hoy buena parte del enriquecimiento, la conversión y la fabricación de componentes, y ese control es lo que convierte una previsión estadística en una ventaja estructural difícil de revertir.

Quien domina el combustible, los componentes y los plazos de obra acaba fijando el estándar técnico que otros países adoptan durante décadas.

El peso de la nuclear en el sistema eléctrico chino sigue siendo modesto, en torno al 5%, y ahí está precisamente el argumento de los analistas. Cada punto de cuota que gana la nuclear equivale a varios reactores de gran potencia en un sistema que ya genera más electricidad que los de Estados Unidos y la Unión Europea juntos.

El vuelco no lo decidirá el número de reactores, sino la capacidad de China para fabricar, financiar y exportar tecnología nuclear a un ritmo que Occidente ya no sostiene.

El contexto global también juega a favor. La declaración impulsada en la COP28 de 2023, con una veintena de países comprometidos a triplicar la capacidad nuclear en 2050, dejó fuera a China. El detalle es revelador: el país que decidirá si ese objetivo se cumple no necesitó firmarlo, porque su ritmo de autorizaciones ya supera al de buena parte de esos firmantes.

Reactores avanzados: el segundo frente de la ofensiva china

potencia nuclear mundial

El segundo frente es el de los reactores avanzados. El Hualong One, diseño de generación III+ desarrollado íntegramente en el país, opera ya en varios emplazamientos chinos y en Pakistán, y compite por contratos de exportación con el VVER ruso y el AP1000 estadounidense. Es la primera vez que un reactor concebido en Asia se disputa ese mercado en igualdad de condiciones.

A esa carta se suman una decena de proyectos que colocan al país en la frontera tecnológica del sector: el Linglong One, un reactor modular pequeño (SMR) en Hainan llamado a ser el primer diseño terrestre de este tipo explotado comercialmente; el reactor de alta temperatura refrigerado por gas de Shidaowan, en Shandong, conectado a la red desde diciembre de 2021; el prototipo rápido de sodio CFR-600, en Xiapu; y el reactor experimental de sales fundidas de Gansu, que abrió la puerta al ciclo del torio.

El pulso real, sin embargo, se libra contra Rosatom. Rusia domina hoy la exportación de reactores, con proyectos en Turquía, Egipto, India o Bangladés, y su modelo de financiación —construir, operar y cobrar la electricidad— ha sido el gran argumento comercial de las dos últimas décadas. Pekín replica ese esquema con el respaldo de sus bancos estatales y ya compite de tú a tú en varios mercados africanos y asiáticos.

La cartera combina reactores de gran potencia para la base del sistema con diseños pequeños para redes industriales y regiones remotas. En Europa y Estados Unidos, la mayoría de los proyectos equivalentes siguen en fase de diseño, de licencia o de primera piedra. La distancia se mide en años, no en meses.

El resultado se traduce también en influencia regulatoria. Los países que compran tecnología china adoptan sus estándares de seguridad, sus ciclos de recarga, y, en muchos casos, su combustible y la formación de su personal técnico. La potencia nuclear mundial deja de ser un ranking para convertirse en una cadena de dependencias.

Análisis: la carrera nuclear reordena la geopolítica energética

La paradoja merece un alto en el camino. China es, al mismo tiempo, el mayor instalador de renovables del planeta y el país que más reactores levanta. No hay contradicción: una red con cientos de gigavatios solares y eólicos necesita respaldo firme para no depender del gas, y la nuclear es la única fuente de bajas emisiones que ofrece esa continuidad a gran escala. La nuclear no compite con las renovables: las sostiene.

El riesgo evidente es la dependencia del combustible. Una parte mayoritaria del uranio que consume China llega de Kazajistán y de otros productores externos, un flanco que el país intenta cubrir con participaciones en minas y compras a largo plazo. La ventaja industrial no elimina la exposición geopolítica; la desplaza.

Hay una segunda sombra. Construir a ese ritmo es una cosa; operar decenas de reactores con personal cualificado, mantenimiento riguroso y una autoridad reguladora capaz de decir que no es otra. Los programas acelerados acumulan retrasos y sobrecostes en casi todos los países que los han intentado, y China no es inmune a esa aritmética. Tampoco lo es su cartera de exportación, expuesta al riesgo de impago de clientes con balances frágiles.

Para Europa, el efecto es indirecto pero tangible. La industria del continente pierde tracción en la cadena de valor —componentes, forja, combustible— y se acostumbra a comprar fuera lo que antes fabricaba. España, con un calendario de cierre escalonado de sus siete reactores que arrancaría en 2027, sigue el debate con el precio de la electricidad como telón de fondo y sin una decisión industrial propia sobre el sector.

La discusión que viene no será tecnológica, sino de soberanía: quién suministra el combustible, quién certifica los diseños y quién forma a los ingenieros que los operan. El XV Plan Quinquenal, que arrancó este año y se extiende hasta 2030, dará la primera pista seria sobre cuántos proyectos se autorizan y con qué prioridad. La segunda llegará con cada inventario anual del OIEA. Quien construye más rápido no solo genera más electricidad: también escribe las reglas que los demás aplicarán después.


Publicidad