El pequeño pueblo de Almería donde nació Juan y Medio: termas y rutas

Lúcar, en el Valle del Almanzora, atesora manantiales termales de origen árabe, una iglesia del siglo XVI con artesonado mudéjar y senderos que ascienden a la Sierra de Lúcar. El presentador de Canal Sur nació en este municipio de apenas 800 habitantes que mira al Almanzora desde

El primer llanto de Juan y Medio resonó entre paredes encaladas de un pueblo que huele a almendras tostadas y a tierra mojada. Lúcar, colgado a 900 metros en la ladera norte de la Sierra de las Estancias, mira al valle del Almanzora desde sus balcones de forja, y fue en ese anfiteatro natural donde el presentador aprendió a distinguir las voces que luego llevaría a la televisión. El municipio, de apenas ochocientos vecinos, vive volcado en sus olivos y almendros, pero cada vez más viajeros se desvían de la autovía A-92 para asomarse a un lugar donde el agua brota caliente desde los tiempos de Roma.

Lúcar pertenece a la comarca del Alto Almanzora, un territorio de sierras calizas y ramblas que delimita la frontera entre Almería y Granada. A media hora de Baza y a hora y media de la capital almeriense, su caserío de calles empinadas se apiña en torno a un campanario de reloj que sirve de punto de referencia. La historia del pueblo está ligada al agua y a la ganadería, pero en el siglo XX la emigración vació buena parte de las casas. La economía local descansa hoy en el turismo rural, el cultivo de almendros y olivos y el aprovechamiento forestal, mientras la comarca del Valle del Almanzora mantiene su fama por los jamones curados y las fritadas.

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Un manantial con historia

El agua ha definido la vida en Lúcar desde mucho antes de que existiera el pueblo tal como lo conocemos. Los romanos ya se detenían junto a la Balsa de Cela, una laguna natural de aguas termales que brota a una temperatura constante de 21 grados, ideal para el baño y el recreo. Este espacio, hoy acondicionado con un merendero y zonas de sombra, conserva la esencia de un remanso en la ruta que unía el interior con la costa, mencionado en viejos itinerarios y aprovechado por las legiones como parada.

Pero el ingenio hidráulico más notable está oculto bajo tierra. Las fuentes de Los Caños, El Marchalillo y El Molinillo son qanat, galerías excavadas en la roca caliza que captan el agua del subsuelo y la conducen mediante una ligera pendiente hasta la superficie. Esta tecnología, de origen persa y perfeccionada por los árabes, llegó a la península con la expansión del islam y permitió el desarrollo de huertas y cultivos en zonas áridas. En Lúcar, los qanat han abastecido al municipio durante siglos sin necesidad de bombas ni motores, solo con la ley de la gravedad. «Las galerías tienen tramos de más de cien metros y en algunos puntos la altura supera los dos metros: una obra de ingeniería que sigue funcionando como el primer día», comenta un técnico de la Oficina de Turismo de Lúcar mientras recorre el canal principal.

El término municipal está salpicado de otros nacimientos menores que riegan los almendros y los olivares, base de la economía local. La Balsa de Cela, en concreto, está declarada Monumento Natural y es uno de los principales atractivos del Valle del Almanzora. Además de sus propiedades termales, el entorno es un observatorio privilegiado de aves acuáticas y un lugar donde el silencio solo se rompe con el murmullo del agua y el canto de las abubillas.

La herencia mudéjar de Santa María

aguas termales Almería

La iglesia de Santa María de Lúcar se alza en la calle principal del pueblo, un edificio del siglo XVI que guarda en su interior un tesoro de carpintería mudéjar. Su armadura de madera, con lacerías que combinan motivos geométricos cristianos y musulmanes, cubre la nave central y sorprende por la delicadeza de su ejecución. Las capillas laterales, entre las que destaca la de Nuestra Señora del Rosario —la más antigua y de mayor devoción—, completan un espacio de culto que resume la historia de la convivencia estilística posterior a la Reconquista.

«La techumbre de Santa María es una de las más singulares del mudéjar almeriense; los carpinteros locales supieron fusionar el legado andalusí con las necesidades del culto cristiano», señala un investigador del patrimonio de la comarca. En el exterior, la sobriedad de la fachada contrasta con la riqueza interior, y la torre campanario, visible desde casi cualquier rincón, marca el ritmo de la vida lujareña.

«La armadura de madera es una joya del mudéjar almeriense, con lacerías que combinan elementos cristianos y musulmanes de una forma casi única en la provincia»

A pocos metros de la iglesia se encuentra La Santa, una columna de mármol blanco que sustituyó a una antigua cruz de madera de pino conocida como la Cruz Negra. El lugar, donde según la inscripción de su base existió una ermita dedicada a Santa Bárbara, ha sido acondicionado como espacio escénico en forma de anfiteatro, aprovechando la belleza natural del paraje. Desde allí, las vistas sobre el valle y la sierra conforman un escenario donde ocasionalmente se celebran conciertos y representaciones al aire libre.

Peña Lobera y los últimos lobos

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La Peña Lobera domina el horizonte de Lúcar como un guardián pétreo. Esta escarpada formación caliza, declarada Monumento Natural, constituye el referente geográfico y paisajístico del Alto Almanzora. La tradición local asegura que en sus oquedades buscaron refugio los últimos lobos que habitaron la provincia de Almería, de ahí el nombre que ha llegado hasta hoy. El pico Lúcar, con sus 1.722 metros de altitud, corona la mole y regala desde su cima una panorámica que abarca el Altiplano Granadino, la Sierra de la Sagra, las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, Sierra de María, Los Filabres e incluso la costa.

El ascenso hasta la cumbre parte del núcleo urbano y se adentra por un sendero bien señalizado entre almendros y carrascas. La subida, de dificultad media, requiere unas tres horas de marcha y ofrece en cada revuelta una estampa distinta de la comarca. Los días claros, las salinas de San Rafael y el brillo del Mediterráneo completan una postal que justifica cada paso. La bajada se puede combinar con otros caminos que recorren antiguos cortijos hoy abandonados, testigos de la dura vida pastoril que durante siglos modeló estas laderas.

Rutas para todos los sentidos

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Además de la ascensión a Peña Lobera, el municipio ofrece un abanico de senderos que aprovechan el legado minero y los miradores naturales. El sendero de las Minas de Talco parte del casco urbano en dirección a la rambla por un camino de fuerte pendiente que rodea la ladera del cerro de La Santa. La ruta sigue la antigua vereda por la que se accedía a los pozos de explotación de talco, un mineral blanquecino que se extrajo hasta mediados del siglo XX y del que aún quedan restos de molinos y bocaminas. A lo largo del trayecto, las panorámicas de la Sierra de los Filabres y del Valle del Almanzora recompensan el esfuerzo del ascenso.

Para quienes prefieran un paseo más relajado, el área recreativa de Poveda ofrece un merendero con mesas dispuestas en terrazas rodeadas de pinos, fogones y zonas habilitadas para encender fuego. El acceso se realiza por un camino que asciende por la Sierra de las Estancias y, justo al lado, el mirador de Poveda regala vistas excepcionales sobre el territorio circundante. Es el rincón perfecto para una jornada familiar o para descansar después de recorrer los olivares.

Otra opción es acercarse a la Balsa de Cela, donde un sendero circular de fácil recorrido rodea la laguna y permite observar la fauna acuática. El itinerario está adaptado para personas con movilidad reducida en algunos tramos y cuenta con paneles interpretativos que explican la formación geológica y la historia del manantial.

Sabores del Almanzora

La cocina de Lúcar bebe de la tradición serrana y de la abundancia de productos del campo. El plato más emblemático es el potaje blanco, un guiso de garbanzos, habichuelas y bacalao que se sirve en las ocasiones señaladas. Junto a él, las migas de sémola —con tropezones de chorizo, panceta y pimientos— y la sopa de ajo —espesa, con almendras y pimentón— conforman la santísima trinidad de la gastronomía de invierno. En verano, los gazpachos y las ensaladas de tomate raf y aceite de la almazara local refrescan la mesa.

La comarca del Valle del Almanzora es, además, tierra de jamones curados, un producto que se beneficia del clima seco y del viento de sierra para alcanzar un punto de curación excepcional. Las fritadas —de conejo, de cordero o de cerdo—, cocinadas a fuego lento en cazuelas de barro, son otro de los reclamos para los viajeros que buscan el sabor auténtico de la cocina rural andaluza. Y como colofón, los dulces de almendra y miel, elaborados en los obradores familiares, ponen el contrapunto a una mesa que habla de generaciones.

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Los bares y restaurantes del pueblo, pocos pero honestos, ofrecen estas especialidades en un ambiente sin artificios. En la calle Real, cerca de la iglesia, un pequeño mesón cuece las migas cada fin de semana y las sirve en platos de loza acompañadas de un vino del terreno, un caldo joven que se elabora en las bodegas de la vecina Tíjola.

Un pueblo que se cuenta a sí mismo

Lúcar no es solo un destino de escapada; es un lugar que late al ritmo de las estaciones y que guarda en su memoria colectiva los nombres de quienes un día tuvieron que marcharse. Juan y Medio es, quizá, el más conocido de esos hijos pródigos, pero la lista incluye a jornaleros, albañiles y maestros que emigraron a Cataluña o a la capital en busca de un futuro. Hoy, el municipio apuesta por el turismo cultural y de naturaleza como vía para fijar población, y los resultados empiezan a notarse en forma de casas rurales rehabilitadas y rutas señalizadas.

«Mientras el agua siga manando, Lúcar tendrá vida», sentencia un vecino octogenario mientras recoge almendras con un cesto de esparto. Su frase resume la filosofía de un pueblo que ha hecho de la resistencia y del vínculo con la tierra su seña de identidad. Cada manantial, cada sendero y cada receta guardada en el recetario familiar son un testimonio de que en esta esquina del Alto Almanzora la historia sigue escribiéndose a diario, sin prisa pero sin pausa.


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