Nunca pensé que vería a un dictador comunista convertido en profesor de economía básica. Pero la cruda realidad cubana ha logrado lo impensable. En su último vídeo, Juan Ramón Rallo analiza con detalle cómo Miguel Díaz‑Canel, el hombre que ha llevado a Cuba a una crisis sin precedentes, ha soltado en las últimas semanas un recital de sentido común económico que pocos esperaban. Controlar precios es inútil, subir salarios sin productividad solo genera más inflación y las empresas ineficientes deben quebrar. Tres lecciones que hasta ahora solo defendían los «ultraliberales» y que el propio Díaz‑Canel esta reconociendo a golpe de desabastecimiento y miseria.
Controles de precios y la inflación que ningún decreto puede esconder
Rallo recuerda que la dictadura socialista impuso topes generalizados a los precios con la promesa de frenar la escalada inflacionaria. El resultado, admite ahora el propio gobernante cubano, fue el contrario: los productos desaparecieron de los anaqueles legales y reaparecieron en el mercado negro con precios aún más altos. El analista explica que lo que se vivió en Cuba fue un caso de libro de inflación reprimida. El Estado niega la subida nominal, pero a cambio provoca que nadie pueda comprar a esos precios artificiales.
La paradoja es demoledora: se fijan precios bajos para que las mercancías sean más asequibles, pero la escasez las vuelve inalcanzables. Mientras el gobierno mantenga la moneda devaluada mediante emisión descontrolada, cualquier intento de contener los precios por decreto solo empuja la oferta hacia la clandestinidad. En la ilegalidad, los vendedores cobran un sobreprecio que compense el riesgo, con lo que el consumidor termina pagando mucho más que si se hubiera dejado libre el mercado.
Salarios, productividad y el billete directo al encarecimiento
La segunda lección que Rallo destaca es igual de inesperada. Díaz‑Canel ha afirmado que «tampoco podemos elevar salario sin respuesta productiva, porque eso es más inflación». El dictador ha entendido que si el salario sube por encima del valor que el trabajador añade, la empresa —pública o privada— tiene dos salidas: aumentar el precio del producto o recortar personal. En ambos casos la ineficiencia la paga el pueblo, como dijo el propio mandatario.
Rallo señala que esta reflexión desmonta el discurso de buena parte de la izquierda occidental, que sigue exigiendo alzas salariales sin considerar si la productividad las respalda. Si el sueldo crece más deprisa que la capacidad de generar riqueza, la espiral inflacionaria se acelera o, en su defecto, el desempleo se dispara. Cuba está viviendo las dos cosas a la vez.
‘El Estado impone controles de precios para que las mercancías se vuelvan más asequibles, pero lo que hace con esos controles es profundizar en la carestía, en el desabastecimiento, volviéndolos mucho menos asequibles.’
— Juan Ramón Rallo
El precio no lo fijan los costes: la lección austriaca que llega de La Habana
Quizá el momento más revelador, según Rallo, fue cuando Díaz‑Canel cuestionó la fijación de precios en función de los gastos. «Una empresa que sea ineficiente tiene muchos gastos. Entonces, si está fijando el precio por los gastos de su ineficiencia, esa ineficiencia le está pagando el pueblo», dijo el dictador. El analista conecta esta afirmación con el principio de imputación de Menger, popularizado después por Javier Milei: el valor de los inputs no depende de su coste, sino de lo que el consumidor esté dispuesto a pagar por el producto final.
Eso significa que las empresas no pueden pretender sobrevivir trasladando al cliente su propia ineficacia. Si nadie valora lo que ofrecen, deben desaparecer. Rallo subraya que durante décadas la clase política occidental ha evitado pronunciar esta verdad, mientras en Cuba la realidad se ha encargado de gritarla a través de apagones, migraciones masivas y anaqueles vacíos. La lógica austriaca de la soberanía del consumidor, sentencia, es la única que explica por qué quiebran las compañías que no sirven a nadie.
Resulta irónico que sea una dictadura comunista la que esté verbalizando conceptos que la socialdemocracia europea se niega a aceptar. Eso no significa que Cuba vaya a abrazar el libre mercado de inmediato; pasar de las palabras a las reformas es un salto enorme y el régimen sigue controlando la práctica totalidad de los medios de producción. Pero el mero hecho de que un líder que ha llevado la miseria a extremos insoportables reconozca el fracaso de los dogmas con los que gobernó muestra hasta qué punto el socialismo ha arrinconado a la isla. Los cubanos, mientras tanto, siguen buscando en el mercado negro lo que el Estado les niega, mientras sus gobernantes aprenden economía por la vía más cruel: empobreciendo a su propio pueblo.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.






