Por qué el euro digital del BCE es clave para el futuro de los pagos según Cipollone

El miembro del comité ejecutivo del BCE defiende que la moneda digital pública es la respuesta a la dependencia de infraestructuras de pago no europeas. La banca cooperativa, con su modelo de confianza mutua, está llamada a ser el brazo distribuidor del euro electrónico.

El dinero es, en esencia, una convención social. Lo recordó Piero Cipollone, miembro del comité ejecutivo del Banco Central Europeo, en un discurso en Roma este 17 de julio de 2026 ante la Federación de Bancos Cooperativos de Italia (Federcasse). El euro digital no es solo una cuestión técnica: para el BCE, representa la única vía para que la autoridad monetaria siga sirviendo al interés público en una economía donde los pagos se están digitalizando a toda velocidad.

Cipollone citó a Aristóteles, quien ya consideraba el dinero como “nomisma”, la expresión de la ley. “Sin confianza en que será aceptado mañana igual que hoy, el dinero sería solo un trozo de metal, un papel o una cadena de código”, afirmó. Esa confianza, sostuvo, es la base del proyecto del euro digital.

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La urgencia de un euro digital: adaptarse a la nueva realidad de pagos

La digitalización está transformando los hábitos de pago y, con ellos, la infraestructura que los sostiene. El uso de efectivo cae, mientras los pagos móviles ya superan el 10% de las transacciones en punto de venta en países como Irlanda, Países Bajos y Finlandia. “Si no ofrecemos una forma digital de efectivo en una economía cada vez más digitalizada, podemos preguntarnos si seguimos cumpliendo nuestro mandato”, advirtió Cipollone.

El problema va más allá de la comodidad. Dos tercios de los pagos con tarjeta en la zona euro se procesan con esquemas no europeos, una dependencia que crece. 13 de los 21 países del euro carecen de un sistema nacional de tarjetas y más de la mitad no tiene solución doméstica para el comercio electrónico. La resiliencia del sistema de pagos está en juego. Para la banca, el riesgo es perder datos de transacciones clave que alimentan su capacidad de evaluar créditos y mantener relaciones con los clientes.

“Si los bancos van viendo cómo su huella en los servicios de pago se encoge en beneficio de plataformas u otros operadores, los efectos negativos podrían alcanzar la actividad principal de préstamo a la economía”, dijo Cipollone. Las entidades más pequeñas, como las cooperativas de crédito, son las más expuestas.

La banca cooperativa, cimentada en la confianza mutua, puede ser la gran aliada del euro digital, pero su rol dependerá de que abrace la digitalización sin perder su esencia.

El espíritu cooperativo y el papel de la banca en la distribución

Cipollone recordó al fundador de la primera banca cooperativa italiana, Leone Wollemborg, que en 1883 creó en Loreggia un banco propiedad de los propios prestatarios. “El BCE se guía por un principio similar”, dijo: “El dinero público no sirve a ningún interés privado”. El euro digital seguiría esa lógica: sería distribuido por los bancos comerciales, no por el Eurosistema, y mantendría la relación directa entre entidad y cliente.

El funcionamiento es sencillo. Un cliente solicita una cuenta en euros digitales a su banco y puede pagar sin comisiones en toda la zona euro, con o sin conexión a internet, incluso mediante una tarjeta co-badged. Los estándares abiertos permitirán que soluciones de pago nacionales escalen a nivel europeo sin necesidad de convencer a cada comercio. Y la privacidad es comparable a la del efectivo: el Eurosistema solo verá un código cifrado, sin identificar a pagador ni beneficiario.

Los bancos, además, conservarán los datos necesarios para cumplir con la normativa de prevención de blanqueo y para análisis de crédito. Subrayó que los los datos de pago son el pegamento que mantiene unidas las relaciones con los clientes. El euro digital no pagará intereses y tendrá límites de tenencia calibrados para no afectar la estabilidad financiera, según el análisis del BCE.

¿Un euro digital que fortalece la soberanía europea?

El proyecto trasciende la eficiencia: es una apuesta por la soberanía monetaria. Si Europa sigue dependiendo de infraestructuras extranjeras para sus pagos cotidianos, su capacidad de decidir sobre su propio dinero se diluye. Cipollone lo planteó como una cuestión de mandato: si el banco central no emite dinero digital, otros lo harán, y probablemente sin las garantías de una institución que vela por el interés público.

Para la banca cooperativa, el reto es enorme pero también la oportunidad. Los costes se estiman entre 4.000 y 5.800 millones de euros para toda la zona euro en cuatro años, alrededor del 3,4% del presupuesto tecnológico anual de los bancos significativos. Los grupos de banca cooperativa y de ahorro, con proveedores informáticos centralizados, podrían beneficiarse de economías de escala. “La inversión es manejable y los beneficios, duraderos”, insinuó Cipollone.

Lo que está en juego no es menor. Hace dos décadas, la banca parecía imbatible; hoy, las fintech y las grandes tecnológicas muerden sus márgenes. El euro digital puede ser el dique que frene esa erosión o, si los bancos no lo adoptan con decisión, un paso más hacia su irrelevancia en los pagos. La cooperación, como la que fundó Wollemborg, puede volver a ser la clave. Pero esta vez en código abierto y con el BCE como garante.


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