La alianza China-Rusia cumple 25 años: el gasoducto Fuerza de Siberia-2 sigue estancado

Pekín y Moscú refuerzan su alianza política con un nuevo pacto estratégico, mientras el megaproyecto del gasoducto que canalizaría 50.000 millones de metros cúbicos anuales de gas ruso sigue encallado por la cautela china sobre precios y condiciones.

Pekín y Moscú conmemoraban ayer los 25 años del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa, el pilar jurídico sobre el que han edificado una de las alianzas más sólidas del siglo XXI. Sin embargo, en mi análisis, lo relevante no es el aniversario en sí, sino lo que sigue sin aparecer sobre la mesa: el acuerdo definitivo para el gasoducto Fuerza de Siberia-2, el proyecto que debía tender un puente energético entre ambos colosos y que permanece paralizado por diferencias inconfesables sobre precio y condiciones.

25 años de una alianza con mensaje político firme

El Tratado, firmado el 16 de julio de 2001, ha sido ampliado en mayo pasado durante una cumbre entre Xi Jinping y Vladimir Putin en Pekín. En aquel encuentro, ambos líderes reivindicaron su relación como un factor de “estabilidad” frente a Occidente, firmaron declaraciones sobre un “nuevo orden mundial” y rubricaron veinte acuerdos de cooperación. Xi aseguró que los vínculos se encuentran en “el nivel más alto de su historia”. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo ha reiterado esta semana en un artículo en Kommersant: “Las relaciones entre Rusia y China se basan en la igualdad, no están condicionadas por dogmas ideológicos, no están dirigidas contra terceros países y son resistentes a las influencias externas”.

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“Las relaciones entre Rusia y China se basan en la igualdad, no están condicionadas por dogmas ideológicos, no están dirigidas contra terceros países y son resistentes a las influencias externas.” — Serguéi Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, artículo en Kommersant, 16 de julio de 2026

Moscú valora la “postura constructiva y equilibrada” de Pekín sobre Ucrania, insiste en una arquitectura de seguridad euroasiática libre de injerencias y condena lo que considera un intento occidental de “destruir la arquitectura jurídica internacional centrada en la ONU”. Pero, al mismo tiempo, Pekín mantiene una ambigüedad calculada: pide respeto a la soberanía de todos los países y, a la vez, atender las “legítimas preocupaciones de seguridad” de Rusia. El aniversario apenas ha tenido eco en los medios chinos, una frialdad indicativa de que la asociación discurre a dos velocidades.

El gasoducto Fuerza de Siberia-2, símbolo de la divergencia energética

Me detengo en el proyecto Fuerza de Siberia-2. Diseñado para transportar otros 50.000 millones de metros cúbicos anuales de gas ruso hacia China a través de Mongolia, debía ser la joya de la cooperación energética. Para Rusia, es una prioridad geoestratégica desde que perdió buena parte de su mercado europeo tras la invasión de Ucrania. Sin embargo, China no tiene prisa. En la cumbre de mayo, no se rubricó ningún avance concreto, y el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, se limitó a afirmar que “China y Rusia seguirán defendiendo los propósitos y principios consagrados en el tratado, ampliando la cooperación mutuamente beneficiosa en todos los sectores”.

La parálisis obedece a diferencias en precio y condiciones. Pekín negocia desde una posición de fuerza: consume gas ruso a través del gasoducto Fuerza de Siberia-1 con un ritmo de compras creciente, dispone de alternativas como el gas natural licuado (GNL) de Catar o Australia y no considera urgente comprometer inversiones multimillonarias en un gasoducto cuyo gas podría ser más caro de lo necesario. Rusia, acorralada por las sanciones y con menos cartas que jugar, lleva años intentando arrancar un cronograma vinculante. De momento, sin éxito.

Análisis: el desequilibrio de poder en la cooperación energética sino-rusa

Lo que observo en este estancamiento es una realidad que define la relación bilateral actual: la asimetría. Mientras que en el plano político y militar la sintonía es alta —ambos se necesitan para contrarrestar a Washington—, en el terreno económico el gigante asiático dicta los tiempos. China ha construido una estrategia de diversificación energética que le permite postergar cualquier proyecto que no le resulte claramente ventajoso. Para el Kremlin, el gasoducto es una tabla de salvación; para Pekín, una opción más que no está dispuesto a pagar a cualquier precio.

Este desencuentro tiene implicaciones más allá del gas. La alianza cumple 25 años con una retórica política blindada, pero con una cooperación energética que avanza al ritmo que marca China. Si el proyecto sigue varado, la señal para Europa y Estados Unidos es ambigua: la alianza antioccidental tiene límites prácticos cuando los intereses comerciales no casan. Como precedente, recuerda las dificultades de otros consorcios energéticos donde Pekín ha impuesto sus condiciones, como en Kazajistán o Myanmar.

El siguiente hito que vigilaré será cualquier declaración durante el próximo foro de la Nueva Ruta de la Seda, previsto para otoño de 2026, que pueda indicar un reinicio de las negociaciones. Si no hay señales, el proyecto podría entrar en un letargo de años.

🌎 El impacto en España y Europa

Para el consumidor español y la economía europea, el atasco del Fuerza de Siberia-2 tiene un impacto indirecto pero tangible. Un menor flujo de gas ruso hacia China significa que Moscú necesita buscar otros compradores con más urgencia, lo que presiona a la baja el precio del GNL que llega a Europa y, por tanto, puede contener el Euríbor y los costes hipotecarios al moderarse la inflación energética. Sin embargo, también pone de relieve la fragilidad del mercado global del gas: si China acelera la transición al carbón o encuentra alternativas más baratas, Rusia podría redirigir su excedente a mercados asiáticos secundarios, afectando a la competencia para los suministros ibéricos. A corto plazo, el estancamiento es un alivio para la estabilidad de los precios energéticos en la eurozona y para las empresas del IBEX con alta exposición a los costes del gas, como las químicas o las metalúrgicas.


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