Los 40 Principales y el locutor que nunca ficharon: una historia de amor no correspondido y radio que olía a vinilo

Antes de Spotify y YouTube, Los 40 Principales decidían qué música existía en España. Un locutor con criterio valía más que cualquier algoritmo. Yo lo viví desde el otro lado, en la competencia, con diecinueve años y la certeza absoluta de que antes o después alguien de Gran Vía 32 iba a llamarme. No llamaron. Y esta es la historia de lo que perdimos cuando la radio musical dejó de mandar, de tener magia.

Este artículo no es solo un ejercicio de memoria; es una carta de amor a un oficio que se fue. Que hoy es distinto. Tengo una confesión que nunca he hecho en público y que lleva décadas pesándome con la levedad de las cosas que no llegaron a ocurrir. Durante años, trabajé en la competencia directa de Los 40 Principales. Eran principios de los 90, estudiaba 3 de BUP por obligación, y cuando salía de clase trabajaba por devoción como locutor de musicales en el Top 40, el 97.2 de FM en Madrid, en la Radio España de la Calle Manuel Silvela, bajo las órdenes del gran Raúl Marchant.

Por debajo de Raúl, el Jefe de Antena era Gregorio Ramón, mi jefe directo, un buen tipo con una filosofía de radio grabada a fuego. Siempre nos repetía la misma letanía: «Aquí no queremos estrellitas como en LOS40. No grites, habla poco y da siempre ‘hora y temperatura‘ y el título de la canción. Lo demás sobra». Con diecinueve años y acojonado, yo obedecía a rajatabla. ¡Oír esas cintas es un espanto! A los veinte, ya le decía que sí con la cabeza mientras, poco a poco, empezaba a hacer lo que me daba la real gana. ¡Y cómo lo disfruté!

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Y mientras hacía mi trabajo con toda la convicción y la energía de quien es un chaval y cree que la radio musical es lo más parecido que existe a ser inmortal, en algún rincón secreto y nunca admitido de mi cabeza, esperaba que alguien de Gran Vía 32 cogiera el teléfono y me llamara fichándome ipso facto como locutor de la 93,9 FM. Hace unos días, una comida reciente con el fundador de Los 40 Principales, Rafael Revert, y con su hijo Rafa Revert Jr. me ha hecho recordar aquellos años, que viví con intensidad propia de la edad.

Ese fichaje nunca ocurrió (¡cabrones!). Siempre estuve al otro lado de la calle. Y con los años, he llegado a pensar que quizás eso fue lo mejor que me pudo pasar. Pero eso es otra historia.

Lo que sí quiero contar es lo que era aquello. Porque aquellos años —los de finales de los ochenta y los noventa— fueron algo que no existe ya en ninguna parte y que merece ser narrado antes de que quienes lo vivimos acabemos siendo los últimos en recordarlo.

Cuando paseo por Madrid y tengo un rato, no puedo evitar pasar por la calle Manuel Silvela y dejar correr libremente mis recuerdos.

Nunca he vivido tan ajustado como entonces, y nunca he disfrutado tanto trabajando. Recordatorio para Juan Ignacio Ocaña y la FARTE, a lo mejor no me debéis una antena de oro por lo bueno que era, ¡pero seguro que sí por lo mucho que lo disfruté! 🙂

Gran Vía 32, los martes, y el poder de decidir

Los 40 Principales tenía sus estudios en Gran Vía 32. Los martes por la tarde se celebraba allí una reunión que, sin exageración ninguna, era uno de los actos más influyentes de la industria cultural española de aquella época.

En esa reunión se decidían los cuatro «discos rojos» de la semana —las canciones en rotación preferente— y el número uno. Cinco discos. Cinco decisiones tomadas por un grupo de personas en una sala de Madrid. Y a partir del miércoles siguiente, esas cinco canciones sonarían en Los 40 cada dos horas. Doce veces al día. Nunca nadie tuvo un poder similar en una industria. Allí se decidía el éxito o el fracaso en cuestión de minutos.

Y el ritual del vinilo tenía su propia liturgia. Antes de ponerlo en antena, limpiabas el disco con el trapo específico, comprobabas que no tuviera rayaduras ni polvo, calibrabas el volumen. Había locutores que trataban sus vinilos con más cuidado que a sus novias. Y con razón: una aguja que saltaba en directo era una vergüenza que se quedaba grabada en la memoria de todos los que la escuchaban.

Era una España sin Spotify, sin YouTube, sin streaming de ningún tipo, con la única alternativa de ir a una tienda de discos o escuchar la radio. Con MadridRock, y la discotienda de El Corte Inglés. Sí, un espacio en los Centros Comerciales de El Corte Inglés inmenso y exclusivo para los amantes de la música porque el ingreso por metro cuadrado lo sostenía. ¡Vaya que si lo sostenía!

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Lo que esas cinco canciones conseguían, con raras excepciones, era triunfar. No porque fueran necesariamente mejores que las demás -que posiblemente también-. Sino porque la rotación creaba familiaridad, y la familiaridad creaba deseo, y el deseo creaba ventas, y las ventas creaban listas, y las listas confirmaban lo que la radio ya había decidido. Era un circuito perfectamente cerrado donde Los 40 Principales no reflejaba el gusto del país. Lo fabricaba.

Las discográficas lo sabían perfectamente. Por eso tenían departamentos enteros de «promoción» —una palabra que en aquella época significaba cosas concretas y tangibles: representantes que visitaban cada radio con los nuevos lanzamientos, presentaciones a las que los locutores éramos invitados cada semana, vinilos que llegaban a los estudios antes de que salieran a la venta—. El negocio de la música popular española de esos años pasaba, inevitablemente, por Gran Vía 32. Y por los estudios de Manuel Silvela también, aunque con menos presupuesto y menos influencia.

Los DJs de las mejores discotecas viajaban a Londres entre semana a buscar vinilos que todavía no habían llegado a España. Volvían con cajas de singles y maxis. Recuerdo que cuando llegué a Joy Eslava, donde trabajé durante algunos años, una de las cosas que más me impresionó es que el director y DJ viajaban una vez al mes a Londres a traer la mejor música. Venían cargados. Los clubes también eran prescriptores, en una ciudad en ebullición, la música era la vanguardia. La ola tecno y dance que invadió la radio española de principios de los noventa llegó en buena parte importada por esos viajes. Primero sonaba en las discotecas de Manchester o Sheffield. Dos semanas después, sonaba en los 40. Un mes después, todo el mundo la conocía.

¡Qué le jodan al algoritmo! En los 90 elegíamos las personas

Lo que no existe hoy y que resulta casi imposible de explicar a alguien que no lo vivió es la autoridad cultural de los locutores de radio musical de aquella época.

José Antonio Abellán (para mí fue el mejor), Yolanda Valencia (posiblemente la mejor locutora), Luis Vaquero —¡Vaquero de mediodía!, que venía de la SER y acabó en el top 40 y traía consigo toda la credibilidad de haber pasado por la casa madre—, Fernandisco: cuando cualquiera de ellos ponía un disco nuevo en antena con entusiasmo real, aquello no era un gesto neutro. Era un empuje. Una canción que Fernandisco presentaba a las once de la noche con emoción en la voz no era la misma canción que presentaba sin emoción. Los oyentes lo notaban. Las discográficas también y hacían lo posible por «emocionarle».

Y luego estaban las peticiones. El teléfono de la emisora sonando a las dos de la madrugada. «Oye, ¿me puedes poner a los Hombres G para dedicársela a mi novia que se llama Sonia y vive en Alcorcón?» Contestabas, prometías, a veces cumplías y a veces simplemente ponías lo que te daba la gana y decías el nombre de Sonia de Alcorcón igual o no. Nadie se quejaba. En el 97.2 teníamos dos líneas para peticiones. Hoy, no recuerdo el número de móvil de mi hija, pero aún si el de la centralita de la radio. ¡Mira si lo habré repetido veces! Las dos líneas sonaban a la vez durante horas.

Luqui era otra categoría. Joaquín Luqui. El erudito, el abuelillo, como le decíamos con el cariño que solo se le tiene a quien sabe infinitamente más que tú sobre algo que a los dos os importa. Murió demasiado pronto y dejó un hueco que nadie ha llenado, porque ese tipo de autoridad musical —construida durante décadas, basada en el conocimiento real y no en la pose— no se fabrica con un contrato.

Y luego estaba Mariano García (DEP). Discocross. Él tenía el rock. El Pirata también. Había una especialización temática que hoy resulta pintoresca pero que entonces era funcional: cada franja horaria tenía su experto, su universo, su oyente. Era un caos armoniosamente ordenado, lo cual es la descripción más exacta que se me ocurre de lo que significaba aquella radio. Un sistema con sus lógicas, sus jerarquías informales, sus rituales y su capacidad de hacer que millones de personas escucharan exactamente lo mismo a la misma hora.

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Mariano García, siempre con su fiel Jesús que le llevaba los discos y le ponía las copas. Sí, el se lo podía permitir en el estudio y otros teníamos prohibido tener una lata de coca-cola cerca de la mesa de mezclas. Y lo mejor es que él sonaba igual de bien con dos copas que en ayunas. Hay gente que funciona así y a la que no se le puede añadir ni una sola coma.

El otro lado de la calle: el Top 40 de Manuel Silvela

Desde el Top 40 del 97.2, donde yo trabajaba, la distancia con Los 40 Principales era a la vez pequeña y enorme. Pequeña porque hacíamos lo mismo —radio musical, radiofórmula, la misma obsesión por las listas—. Enorme porque ellos tenían los medios, las discográficas de su lado y la inercia de ser el referente absoluto. Una época competimos de tú a tú. Otra época, cuando empezaron a emitir vía satélite y de pronto pasaron de ser una emisora a ser un sistema, la distancia se hizo insalvable. Que conste que lo llevé con deportividad ejemplar. Si por deportividad se entiende una envidia sorda, permanente y nada sana que me acompañó durante años. No era envidia de la mala, que conste. Era envidia de la que te hace trabajar más.

Con una fracción de sus recursos y tal vez la mitad de sus salarios, competíamos. No ganábamos —seré honesto—, pero competíamos y ¡vaya si lo disfrutábamos!. Teníamos buenos locutores. Algunos aún siguen: Javi Nieves, que todavía hoy está en la radio musical en Cadena 100; Jaime Moreno, que también sigue en Cadena Dial. Otras viejas glorias lo fueron dejando Julio Manuel Domingo o Luis Vaquero.

En aquella casa las jerarquías se respetaban de una manera casi militar. Por ejemplo, solo podías decir tu nombre una vez por hora, y el verdadero estatus —el Olimpo de la emisora— consistía en tener un jingle propio: tu nombre cantado, generalmente de forma bastante hortera, por encima de una sintonía. En el Top 40 ese privilegio solo lo tenían autorizado en esa época Julio Manuel Domingo y Luis Vaquero, de otra generación y con mucha más experiencia. ¿Qué hice yo? Con la inconsciencia de la juventud, me grabaron unos jingles y como es mejor pedir perdón que pedir permiso, los metí en antena sin decir ni pío.

Gregorio Ramón tardó exactamente veinticuatro horas en cazarme. Me pilló del cuello y me sentó en el despacho de Raúl Marchant, que era quien tenía que aprobar esas cosas personalmente. Raúl, que imponía bastante, me esperaba con un radiocasete encima de la mesa listo para reproducir el cuerpo del delito. Play: «Aleeeejandro Suáaaaarez…, tachán». Me vi literalmente en la puta calle. Sin embargo, tras escuchar la cinta, Raúl se descojonó vivo, autorizó los jingles y me pidió que le trajera todos los que tuviera grabados para decidir cuáles podíamos pinchar. Me salvé por los pelos y sentí como si hubiera recibido un Óscar. Recuerdo mi sonrisa victorioso y desafiante ante la cara de Gregorio confuso como a quién le ha salido el tiro por la culata.

Por cierto, el máster de aquel jingle pionero aún lo conservo en un formato que en aquella época era la vanguardia profesional y hoy es una reliquia inservible: una cinta DAT. No tengo ningún reproductor donde meterla y me encantaría encontrar la forma de digitalizarlo y pasarlo a MP3, aunque solo sea para volver a oírlo hoy en día y descojonarme a gusto al recordar lo jodidamente hortera que suena que un coro cante tu propio nombre con redoble final de tambores antes de dar paso a la siguiente canción.

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Y yo además tenía un programa propio. Eso era una excepción notable en la radiofórmula de entonces: salirte de la rutina de presentar discos y tener un espacio con identidad propia era algo que casi nadie conseguía. La formula era sagrada. Pero si, «El programa universitario de Alejandro Suárez» fue ese espacio. Era malo de cojones, pero era atrevido en aquella época. Y me lo pasé de narices haciéndolo aún conservo cassettes y los escucho muy de vez en cuando. Hacíamos bromas telefónicas que todavía hoy pueden descargarse por internet y que, cuando las escucho con la distancia de tres décadas, me producen la mezcla exacta de vergüenza y nostalgia que solo produce lo que fue genuinamente tuyo.

Con veinte años nos creíamos en la cima del mundo. Y en cierta forma, en la escala de aquel mundo, lo estábamos.

Pero la cima del mundo se pagaba barata. Para mí, la radio y la música eran, por encima de todo, una vía de evasión. En aquella emisora de Don Eugenio Fontán se cobraba poco; recuerdo perfectamente que la tarifa eran mil pesetas la hora. Había que echarle una cantidad indecente de horas al estudio para poder pagar el alquiler y juntar un sueldo digno a fin de mes. A mí nunca me importó. Las horas siempre me parecían pocas porque lo que sentía era pura pasión. Una adicción tan fuerte que, aún hoy, tres décadas después, a veces sigo sintiendo el mono de micrófono.

Por eso, cuando llegaba diciembre, yo era el primero en levantar la mano. Las horas de las emisiones de Nochebuena y Nochevieja se pagaban especialmente bien, pero mi voluntariedad en Nochebuena tenía otra razón de ser: me permitía huir de mi casa, escapar de esas espantosas cenas familiares y, de paso, hacer algo verdaderamente especial en antena, lejos del corsé y la rutina de la radiofórmula del día a día. Pasar la noche más familiar del año a solas con miles de desconocidos al otro lado del transistor tenía una magia que sigo sin saber cómo explicar. Para mí era una motivación doble: el amor al micro y la excusa perfecta para huir.

Hoy, cuando saco esos viejos cassettes de la caja, mis hijos me miran como si fuera un anticuario excéntrico con un gramófono de los años cuarenta en la mano… y manda narices, ahora mi radiocasete ya no es un AIWA de doble pletina y con ecualizador, sino un nisuputamadre fabricado en China y comprado por AliExpress.

Hoy los locutores de radio formula son chavales pseudoanonimos, que en muchos casos de música saben lo justito, que no paran de repetir en antena que les sigas en Instagram. En mi época, si querías que la gente supiera tu nombre tenías que ganártelo en antena noche tras noche. Hoy lo primero que dice un locutor al abrir el micrófono es su arroba. Lo segundo también. Gracias a Dios nadie les pide lo de «hora y temperatura».

Y en el fondo de todo aquello, siempre flotaba en mi mente la misma pregunta no formulada: ¿cuándo llama alguien de Gran Vía 32? No llamaron. Y en esa espera, aprendí que la radio no era lo que iba a hacer toda la vida, que había otras historias que contar y otros negocios que construir. Pero aquella época me marcó de una manera que las siguientes no han podido borrar.

Ni Movistar Arena ni Wizink: vivíamos en el Palacio de los Deportes, La Riviera o en Mobydick

Los grupos que funcionaban en Los 40 actuaban en el Palacio de los Deportes. No en el estadio Santiago Bernabéu, reservado a las visitas de Madonna, U2 o gigantes similares, no en el WiZink Center, el Movistar Arena o como quiera que se llame en el futuro, no el de veinte mil personas. En el Palacio. Antes del incendio. Diez mil entradas. Una cercanía y lejanía a la vez que hacía que el concierto fuera una experiencia íntima incluso cuando el grupo era enorme.

Madrid tenía entonces un circuito de música en directo que funcionaba por capas. Los grupos empezaban en Moby Dick o en El Sol de la Gran Vía, que llevaba desde 1979 siendo el cuartel general de todo lo que sonaba antes de que nadie lo supiera. Si triunfabas, pasabas a Galileo Galilei o Caracol. Y si ya eras alguien de verdad, capaz de meter a tres mil personas en un recinto, llegabas a La Riviera (donde trabajé varios años de la mano de una persona a la que quise mucho y a la que hoy recuerdo y echo de menos, Eulogio Navalpotro). Todo aquello ocurría en la misma ciudad, en la misma semana, y era accesible con ochocientas pesetas en el bolsillo. Quinientas la entrada con copa por la tarde, y el resto para tabaco. Había un hambre voraz de disfrutar y una maravillosa impuntualidad para volver a casa.

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El pop español de aquellos años tenía una efervescencia particular. Salían grupos cada semana y la mayoría tenían algo propio, algo que los distinguía. El mercado español empezaba a importar de verdad la música anglosajona —los grandes artistas ingleses y americanos empezaban a venir con más frecuencia porque España comenzaba a ser un mercado solvente— y al mismo tiempo generaba cultura propia con una energía que hoy, mirándolo desde aquí, resulta casi sorprendente.

El referente era Londres. Era Nueva York. Era lo que llegaba de fuera con el tiempo suficiente de retraso como para que el locutor de turno pudiera presentarlo como descubrimiento propio antes de que la discográfica lo convirtiera en lanzamiento oficial.

Hoy el referente es Latinoamérica. Sobre todo Colombia, Miami y Puerto Rico. No porque haya nada malo en la música de Latinoamérica —hay artistas extraordinarios—, sino porque el cambio de eje revela algo sobre cómo se toman las decisiones culturales en 2026. Antes, el locutor traía el disco de Londres. Ahora, el algoritmo de Spotify determina que el reguetonero de turno es tendencia y la radio lo adopta para no quedarse fuera. Hasta artistas españoles con identidad consolidada como Aitana pronuncian «video», así, sin acento para alinearse con la fonética latinoamericana y no perder tracción en el mercado de streaming más grande en español.

Un amigo me contó hace poco que en Turquía los coches van con artistas colombianos y puertorriqueños a todo trapo con las ventanas bajadas. En los años noventa eso habría sido impensable. No porque la música latinoamericana no existiera, sino porque los flujos de distribución cultural iban en otra dirección. La globalización del streaming ha invertido muchos de esos flujos. No todos para mejor. Ojo, no lo critico. Es el devenir de los tiempos.

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Cuando Los 40 saltaron a la televisión, algo empezó a morir sin que nadie lo supiera

Hubo un momento en que Los 40 Principales parecieron conquistar el mundo. «Del 40 al 1» llegó a la tele y de repente la lista del sábado tenía imagen además de sonido. Los locutores que yo escuchaba en el coche aparecían en pantalla. Parecía la consagración definitiva. ¡Maldito Rafa Revert!

Pero la televisión hizo algo que la radio nunca había hecho: quitó el misterio. En la radio, Fernandisco era una voz con una autoridad que el oyente completaba con su propia imaginación. En televisión, Fernandisco era una persona con cara, con ropa, con gestos. La voz que había sido una proyección de algo mayor pasó a ser simplemente una persona en un plató. Y las personas en un plató compiten con todo lo demás que hay en la pantalla.

La radio musical funcionaba precisamente porque era un medio ciego. La imaginación del oyente era parte del producto. Cuando LOS40 pusieron imagen a eso, ganaron visibilidad y perdieron algo más difícil de nombrar: la capacidad de ser el lugar donde ocurría la música antes de que se viera en ningún sitio. A partir de entonces, la música primero se veía. La radio la confirmaba después. El orden de los factores cambió. Y ese cambio, que entonces parecía una expansión, fue en realidad el principio del fin del locutor como prescriptor.

Antes de que MTV llegara a nuestras vidas en cintas VHS de contrabando, la televisión musical española era Tocata y Rockopop. Beatriz Pécker presentando Rockopop en TVE con aquella energía y aquella melena era lo más parecido que teníamos a un canal de música. Si tu canción salía en Rockopop, eras alguien. Si no, existías solo en la radio. Y si no existías en la radio, directamente no existías.

MTV lo terminó de hacer. 24 horas de vídeo musicales. Muchos años no se vio en España y a algunos nos traían cintas VHS para ver en Madrid. Cuando un adolescente podía ver el videoclip entero a cualquier hora, la radio dejó de ser el único acceso a la novedad. Y sin el monopolio de la novedad, el locutor dejó de ser el guardián de algo escaso. Hoy si pones la MTV y sale música en vez de un reality de petardeo, puedes pedir un deseo.

Canal+ llegó a España en septiembre de 1990 y de repente había quien tenía acceso a videos musicales en casa. No todos —la mayoría seguíamos sin el decoder o sin poder pagarlo—, pero los que lo tenían grababan en VHS para pasarlos por el barrio como si fueran documentos clasificados. La cultura musical empezó a circular en cintas de video prestadas antes de que nadie le pusiera nombre a eso.

LOS40 TV convirtió la formula en una multinacional, pero perdió su magia. Fue el comienzo de cuando LOS40 se convirtieron en otra cosa. Más grande, más industria, más otra cosa. Lo que hoy son.

La fría mentira del EGM

Los 40 Principales tenía cinco millones de oyentes diarios en su mejor momento, a finales de los noventa y principios de los dos mil. En su cuarenta aniversario, en 2006, era todavía la segunda cadena de toda la radio española con 3,5 millones de oyentes. En 2015 perdió el 17,8% de su audiencia en un solo año —el año en que el streaming consolidó definitivamente su posición como primer punto de contacto de los jóvenes con la música—. Hoy tiene 2.928.000 oyentes. Sigue siendo la radio musical más escuchada del país, líder, enorme y de mérito, pero en un mercado que en su conjunto ha perdido el 2,8% de sus oyentes en el último año. Hoy LOS40 no prescribe música, refleja como un frío auditor la realidad del mercado pero no marca el ritmo musical del país.

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El total «oficial» de la radio musical española es hoy de 12,4 millones de oyentes diarios. Por supuesto, nadie se lo cree. Sea como fuere, es una cifra que sigue siendo enorme en términos absolutos. Pero que no refleja lo que aquella radio era en términos de poder cultural. Entonces, cuatro millones de oyentes de Los 40 Principales equivalían a cuatro millones de personas que esperaban que la radio les dijera qué escuchar. Hoy, doce millones de oyentes de radio musical son doce millones de personas que ya saben perfectamente qué escuchan —lo han visto en TikTok, en YouTube, en Spotify— y que encienden la radio para tener compañía mientras lo escuchan.

La diferencia es la diferencia entre la prescripción y servicio. Entre un artista y un notario.

El regreso de Fernandisco y la nostalgia como modelo de negocio

Hay algo que reconcilia pequeñamente el presente con aquel pasado: Fernandisco ha vuelto. ¡Ponme un disco Fernandisco, dame un mordisco Fernandisco! A Los 40 Classic, la versión vintage de la cadena, donde suenan los hits de aquellas décadas. Su regreso ha tenido la respuesta que tiene todo lo que vuelve de un pasado querido: gratitud mezclada con melancolía. El día que llegó le llamé y le dije: «me alegro como si me hubiera pasado a mi». Cómo si parte del mundo volviera a recolocarse en su sitio. Regresó donde nunca debió salir, a la que fue su casa. No se pueden entender los 40 sin Fernandisco ni se puede entender a Fernandisco sin los 40.

Los 40 Classic es el reconocimiento implícito de que lo que fue no puede rehacerse, pero sí puede preservarse. Es el museo de aquella radio. No la radio. Y hay algo honesto en eso. Más honesto, en todo caso, que fingir que LOS40 de hoy —sin el apellido «Principales», con el reguetón como columna vertebral de la programación— es la continuación natural de lo que José Antonio Abellán —el Baby, que tiene el mérito enorme de haberse reinventado siempre en primera línea— gritaba «¡leña al mono que es de goma!» y nunca supimos a qué mono ni por qué, pero lo repetíamos por la calle como si tuviera todo el sentido del mundo. Era una seña más de identidad de una generación.

Hoy la radio musical es otra cosa. Puede ser una cosa válida. Pero es otra.

Yo ya no hago radio. Me dedico a escribir, a mi empresa, a otras historias. Pero cuando escucho a Fernandisco en Los 40 Classic poner una de aquellas canciones que yo también presenté desde el 97.2, con aquella voz que no ha cambiado tanto, hay un segundo en el que el tiempo hace algo raro. Reconozco que aún yo, a veces, mentalmente presento los discos cuando mientras escucho la radio.

Y en ese segundo, por el milagro de una sintonía, volvemos a ser los locutores que fuimos.

Aquellos veinteañeros que todavía no sabían que la radio que tanto amaban sería, en realidad, irrepetible.


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