La seguridad energética se ha convertido en el nuevo enfoque de las inversiones tanto de los estados, como de las empresas, debido a las tensiones recientes a nivel internacional que han puesto sobre la mesa problemas en la cadena de suministro.
No obstante, hay un riesgo dentro del sector energético que ha cogido más peso en los últimos años como es el caso del cambio climático, que ha pasado de ser una amenaza en el largo plazo, a ser un factor condicionante de factores claves para la transición energética a través de fenómenos meteorológicos adversos. En definitiva, los proyectos de transición energética son ahora más vulnerables que nunca, sumado a que solo un 49% de las empresas tienen planes de contingencia ante estos eventos.
El cambio climático condiciona los proyectos de transición energética
La creciente frecuencia de fenómenos extremos está empezando a tener consecuencias directas sobre el despliegue de las infraestructuras necesarias para la transición energética. Es decir, las olas de calor, inundaciones, incendios forestales o sequías ya no representan únicamente un riesgo ambiental, sino que afectan a la construcción, operación y mantenimiento de redes eléctricas, instalaciones renovables y sistemas de almacenamiento. Según el último informe de DNV, estos eventos están dañando infraestructuras energéticas, interrumpiendo el suministro y retrasando nuevos proyectos en un momento en el que la electrificación y el crecimiento de la demanda requieren acelerar las inversiones.

El problema se agrava por los efectos indirectos que estos fenómenos generan sobre las cadenas de suministro. En este sentido, el informe destaca que la sustitución de transformadores, cables y otros componentes críticos tras eventos extremos está provocando cuellos de botella en mercados ya tensionados.
De hecho, DNV señala que los precios y los plazos de entrega de transformadores y cables eléctricos prácticamente se han duplicado en los últimos cuatro años, dificultando tanto la reparación de infraestructuras dañadas como el desarrollo de nuevas redes necesarias para integrar energías renovables. Es decir, los riesgos del cambio climático afectan directamente a la eficiencia y viabilidad de proyectos e inversiones asociadas a la transición energética.
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Pese a ello, la respuesta empresarial continúa siendo limitada, ya que apenas un 34% de las organizaciones prevé aumentar sus inversiones en resiliencia climática durante el próximo año, una cifra significativamente inferior a la registrada en ciberseguridad, donde el 60% de las compañías espera incrementar su inversión. Esta diferencia pone de manifiesto que buena parte del sector sigue percibiendo el cambio climático como un riesgo secundario frente a amenazas más inmediatas como los ciberataques o las tensiones geopolíticas.

La falta de preparación también queda reflejada en la planificación estratégica. Solo el 49% de las empresas cuenta con una estrategia de resiliencia claramente definida y actualizada, mientras que únicamente el 42% ha sometido su modelo de negocio a pruebas de estrés frente a escenarios de riesgo a largo plazo. En otras palabras, aunque existe una creciente conciencia sobre el impacto que el cambio climático puede tener sobre la actividad energética, muchas organizaciones todavía no han traducido esa preocupación en mecanismos concretos de prevención y adaptación.
En un contexto marcado por la electrificación de la economía y la expansión de las energías renovables, la resiliencia climática se perfila como uno de los principales desafíos para garantizar el éxito de la transición energética. La capacidad para anticipar riesgos, reforzar infraestructuras y asegurar cadenas de suministro robustas será tan importante como la propia inversión en tecnologías limpias. De lo contrario, los fenómenos climáticos que justifican la necesidad de acelerar la transición podrían convertirse, paradójicamente, en uno de los mayores obstáculos para su desarrollo.




