El Banco de España ha puesto esta semana sobre la mesa una actualización de previsiones que no deja indiferente a nadie. Mantiene el crecimiento de la economía española en el 2,3% para 2026, pero eleva la inflación media anual hasta el 3,6%, más de un punto porcentual por encima de su anterior estimación. La combinación dibuja un escenario de subida de precios con la actividad todavía rodando, un cóctel incómodo para empresas y consumidores.
El supervisor publicó ayer su informe trimestral de la economía española, donde reconoce que el impacto de la guerra será «limitado» sobre la actividad, pero no por ello deja de mostrar «preocupación» por la escalada inflacionaria. Y la preocupación tiene nombre: la inflación subyacente se resiste a bajar, los costes energéticos repuntan y la demanda interna empieza a dar signos de agotamiento.
Las cinco advertencias del Banco de España al Gobierno y a las empresas
El informe no es solo una revisión de cifras. El Banco de España alerta de cinco riesgos que, si se materializan, podrían torcer el rumbo de la economía.
- Freno del consumo privado: los hogares, castigados por la inflación y la pérdida de poder adquisitivo, moderan su gasto. El BdE anticipa un estancamiento del consumo en la segunda mitad del año.
- Exportaciones que pierden vigor: la demanda externa, lastrada por la incertidumbre geopolítica y la debilidad de la Eurozona, no compensará la debilidad interna.
- Inversión empresarial congelada: con los costes financieros elevados, las empresas posponen decisiones de capex. Se espera un descenso de la formación bruta de capital fijo.
- Cuentas públicas desequilibradas y desigualdad creciente: déficits estructurales no corregidos y una distribución de la riqueza cada vez más polarizada restan margen fiscal y cohesión social.
- Plan fiscal del Gobierno en entredicho: el BdE cuestiona que el Ejecutivo pueda cumplir sus objetivos de consolidación sin ajustes adicionales, lo que tensaría la relación con Bruselas.
Estas alertas llegan en un momento en el que el Gobierno presume de crecimiento robusto y de una gestión económica que resiste los envites externos. Sin embargo, el propio gobernador ha recordado que los riesgos se inclinan a la baja para la actividad y al alza para los precios.
La inflación al 3,6% con el consumo frenándose en seco es la peor combinación para un Gobierno que presume de crecimiento.
El Banco de España cree que el conflicto tendrá un «impacto limitado» sobre el PIB, pero los canales indirectos –como el encarecimiento de materias primas o la fragmentación comercial– sí se dejarán sentir con fuerza en la inflación. La tasa anual del 3,6% es la más alta desde 2024, y supera con creces el objetivo del 2% del BCE.
El dato tiene una lectura directa para el día a día: la cesta de la compra podría encarecerse aún más en los próximos meses, y los salarios, aunque suben, difícilmente recuperarán el terreno perdido frente a los precios. Los márgenes empresariales, que han resistido gracias a la traslación de costes, se enfrentan ahora a un consumidor más selectivo.
La guerra enfría las exportaciones y la inversión, pero lo peor está en los precios

Las pymes, en particular, son las más expuestas. Según el informe, el endurecimiento de las condiciones de financiación afecta de manera especial a las empresas de menor tamaño, que dependen en mayor medida del crédito bancario y que ya notan un repunte de la morosidad.
Análisis: ¿Previsiones realistas o un mensaje para forzar al Gobierno?
Conviene mirar con lupa estas previsiones. El Banco de España ha pecado en el pasado de optimista, pero esta vez su tono es más cauteloso que el del propio Gobierno, que mantiene una proyección de crecimiento del 2,5% y una inflación significativamente menor. La discrepancia no es menor: si el BdE acierta, la economía española perderá fuelle justo cuando el Ejecutivo necesita demostrar solvencia fiscal.
Yo creo que el supervisor está enviando un mensaje con destinatario claro: Moncloa y el Ministerio de Hacienda. Al poner en duda el plan presupuestario y alertar de los excesos regulatorios, está señalando que las políticas expansivas no pueden sostenerse sin consecuencias. La inflación por encima del 3% erosiona la renta disponible y puede forzar al BCE a mantener los tipos altos más tiempo del deseado.
Por otro lado, un crecimiento del 2,3% con una inflación del 3,6% implica un crecimiento nominal cercano al 6%, lo que a corto plazo infla las bases imponibles y alivia la recaudación. Sin embargo, ese espejismo fiscal no dura y, como advierte el BdE, acaba traduciéndose en mayor desigualdad y desequilibrios estructurales.
El verdadero test llegará en otoño, cuando se conozcan los datos de ejecución presupuestaria y la Comisión Europea dé su veredicto sobre el plan fiscal. Si la inflación no cede y el consumo se contrae, el escenario podría parecerse más al de un estancamiento con precios al alza que a un aterrizaje suave. Mientras tanto, la incertidumbre sigue mandando.




