Europa inicia una repatriación histórica de lingotes de oro por desconfianza geopolítica

Varios bancos centrales europeos están repatriando sus reservas de oro desde depósitos en Estados Unidos y Reino Unido al continente. La medida refleja la creciente desconfianza hacia la infraestructura financiera global.

El traslado de oro no se anuncia con grandes titulares. Sin embargo, varios bancos centrales europeos han comenzado a repatriar sus reservas depositadas desde hace décadas en cámaras acorazadas de Estados Unidos y Reino Unido. La operación, según fuentes del sector, se está ejecutando con extrema discreción logística.

Los datos recogidos por El Economista apuntan a que la repatriación afecta a varias toneladas de metal precioso. No es la primera vez que un banco central europeo recupera el control físico de su oro —el Bundesbank alemán completó un traslado similar entre 2013 y 2017—, pero sí es la primera ocasión en la que el movimiento cobra dimensión continental y se produce de forma casi simultánea.

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La motivación no es técnica. Los costes de almacenamiento en Nueva York o Londres siguen siendo competitivos, y los sistemas de custodia no han fallado. El factor diferencial es la política.

La desconfianza geopolítica como detonante

El clima de inseguridad global ha llevado a que nueve de cada diez bancos centrales, según una encuesta reciente recogida por Finect, anticipen que la fiebre del oro continuará. La guerra en Ucrania, la creciente tensión entre Occidente y el eje sino-ruso, y los bloqueos de activos a países como Rusia han sembrado dudas sobre la inviolabilidad de las reservas depositadas en el extranjero.

“La confianza es el activo más valioso y el más frágil”, resume un analista de XTB en un informe reciente. “La posibilidad de que un gobierno congele reservas de otro país ha convertido el almacenamiento en suelo aliado en un riesgo estratégico”.

El precedente de la congelación de los activos del banco central ruso en 2022, valorados en cientos de miles de millones de euros, ha sido citado en los círculos financieros como el punto de inflexión. Desde entonces, la noción de que el oro físico ubicado en Fort Knox o en el Banco de Inglaterra está realmente a salvo de decisiones políticas ha empezado a resquebrajarse.

El oro desplaza al dólar en el imaginario de los bancos centrales

La repatriación coincide con un aumento récord de las compras de oro por parte de los institutos emisores. Según datos del World Gold Council, las adquisiciones netas de los bancos centrales superaron las 1.000 toneladas por segundo año consecutivo en 2025, una cifra que duplica la media de la década anterior.

Esa dinámica está reconfigurando las reservas internacionales. El oro ha pasado de representar el 10% de las reservas de los bancos centrales europeos en 2010 a cerca del 20% en 2026, según estimaciones de varios analistas. El dólar, mientras tanto, ve cómo su peso relativo en las reservas globales ha caído por debajo del 58%, su nivel más bajo en treinta años.

El traslado del oro desde Nueva York y Londres es el síntoma más visible de una fractura que va más allá de lo financiero.

Lo que está en juego no es solo la ubicación de unas barras doradas. Es la arquitectura de la confianza financiera internacional, basada desde Bretton Woods en la hegemonía del dólar y en la neutralidad de los centros financieros occidentales. Cuando esa neutralidad se percibe erosionada, el oro físico en casa se convierte en el único activo libre de sanciones.

Algunos países del este de Europa, como Polonia y Hungría, ya habían iniciado el camino antes. Pero ahora el movimiento se extiende a economías centrales del euro, lo que añade una dimensión simbólica y práctica mucho mayor.

La tendencia no se detendrá. La encuesta de bancos centrales que cita Finect muestra que solo un 10% de ellos espera que el protagonismo del oro se reduzca a corto plazo. El resto apuesta por mantener o aumentar sus posiciones. La desconfianza, una vez instalada en las entrañas del sistema, tarda en desaparecer.

El efecto sobre los centros financieros no es menor. Londres alberga unas 6.500 toneladas de oro en sus cámaras acorazadas, y Nueva York custodia aproximadamente otras 6.000. Cualquier goteo de salidas, aunque sea de unos cientos de toneladas, puede alterar las dinámicas de préstamo y de cobertura del mercado de derivados del oro. Los bancos centrales que repatrían están, de hecho, retirando liquidez al sistema de préstamos de lingotes.

Este traslado masivo de metal podría, paradójicamente, generar tensiones de corto plazo en los mercados. La oferta de oro en Londres se contrae, lo que encarece el alquiler de lingotes y puede presionar al alza los precios en el corto plazo. Los traders consultados por ig.com señalan que el mercado ya está descontando una prima adicional por la escasez de metal físico en los centros tradicionales.

Para Europa, la repatriación es también un gesto de soberanía. En un entorno en el que las sanciones financieras se han convertido en un arma de primer orden, tener el oro en casa deja de ser una cuestión de mera logística para ser una cuestión de seguridad nacional. La señal enviada a Washington y a Londres es clara: la confianza no es infinita.

No obstante, el camino no está exento de riesgos. La concentración de grandes volúmenes de oro en territorio europeo obliga a reforzar los sistemas de seguridad física y a diseñar planes de contingencia frente a ciberataques o crisis continentales. La dispersión geográfica de las reservas tenía también una lógica de protección. Ahora, esa lógica se está invirtiendo.

La repatriación de oro que está en marcha es el capítulo más reciente de un proceso de reconfiguración del orden monetario mundial. El patrón dólar fiduciario, que ha sustentado el comercio global durante ocho décadas, se enfrenta a su mayor desafío desde la crisis financiera de 2008. Y el metal amarillo, relegado durante años a un papel simbólico, recupera protagonismo como activo de reserva por excelencia.

La fiebre del oro, por tanto, no es solo una cuestión de precios. Es la expresión de un cambio tectónico en las relaciones de poder económico. La desconfianza, como el oro, pesa. Y esta repatriación es su medida más exacta.


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