La final del Mundial de Qatar entre Argentina y Francia reunió a 1.420 millones de espectadores. La mayor audiencia jamás registrada para un único evento en la historia de la televisión. En España, las nueve emisiones más vistas de 2022 fueron partidos de aquel torneo. Estas cifras, que el analista económico Marc Vidal recupera en su último vídeo, son el punto de partida de una tesis incómoda: el Mundial 2026 no es solo fútbol; es probablemente el último gran acontecimiento de la televisión lineal tal como la conocimos.
Vidal, que confiesa no ser aficionado al fútbol –prefiere deportes de contacto como el rugby–, explica que 4 de cada 10 habitantes del planeta vieron al menos 20 minutos del pasado Mundial. “Más gente de la que reúne cualquier religión, más de la que vive bajo cualquier bandera”, parafrasea. Esa atención masiva y simultánea es el verdadero producto que la FIFA comercializa.
Un ritual planetario: 4.000 millones de miradas sincronizadas
El pensador francés Guy Debord ya anticipaba en 1967 que el espectáculo es una relación social mediada por imágenes. Para Vidal, la Copa del Mundo es el ejemplo perfecto: un ritual diseñado milímetro a milímetro para la cámara y no para los 80.000 aficionados que llenan el estadio. “Esos espectadores son atrezo; el público real está en el sofá y se cuenta por miles de millones”, sostiene.
La cifra de la final de Qatar —1.420 millones de telespectadores— supera cualquier ceremonia olímpica, Super Bowl o final de Champions. En su análisis, Vidal subraya que nueve de los diez espacios más vistos en España durante 2022 fueron partidos de aquel Mundial; el décimo fue tela, una serie de ficción. Los datos confirman que ningún otro contenido es capaz de congregar a la humanidad al mismo tiempo.
La televisión se apaga, el streaming no enciende
A comienzos de 2026, en Estados Unidos el consumo por streaming ha superado por primera vez al de la televisión por cable y a la convencional juntas, según mediciones de Nielsen. Vidal observa que esta revolución llega justo en el año en que el país coorganiza el Mundial. “El torneo aterriza en el peor momento para el modelo clásico, porque el streaming aun no ha terminado de matar a la tele lineal”, advierte.
Los derechos de retransmisión del Mundial 2026 están repartidos entre operadores tradicionales y algunas plataformas, pero ninguna ha conseguido hacerse con el monopolio del espectáculo. Netflix se ha limitado a vender un videojuego ambientado en la competición y YouTube, pese a ser la plataforma preferida de los fans, no emitirá los partidos. “Un acontecimiento atrapado entre dos eras: demasiado tarde para la tele clásica, demasiado pronto para el dominio total de las plataformas”, resume Vidal.
La FIFA ha convertido el fútbol entero en un activo financiero más, comprado y vendido por el mismo capital global que mueve el petróleo.
— Marc Vidal
La FIFA, una multinacional sin ánimo de lucro
El analista detalla que para este ciclo la FIFA prevé ingresar 13.000 millones de dólares, un 72 % más que en el anterior. Lo más revelador es que los derechos televisivos, que suponían casi la mitad de sus ingresos, ahora apenas alcanzan un tercio. La organización ha diversificado sus fuentes de negocio: amplió el Mundial de Clubes, introdujo precios dinámicos en las entradas (el mismo sistema que usan aerolíneas) y exprimió los contratos de patrocinio. “Ha dejado de ser una entidad que vive de un evento cada cuatro años para convertirse en una multinacional de medios y eventos”, subraya Vidal, recordando que aún así conserva su estatus jurídico de asociación sin ánimo de lucro en Suiza.
Para dimensionar el peso económico, Vidal compara la facturación del mercado europeo del fútbol —38.000 millones de euros— con la de Coca-Cola en todo el mundo. Los clubes ya no son entidades locales sino piezas de conglomerados que los manejan como una clase de activo más, igual que un inmueble, una acción o un barril de crudo. “El balón se ha integrado en el mercado del capital global”, afirma.
Aramco y el lavado de imagen: el precio de la pasión
En abril de 2024, la FIFA firmó con la petrolera estatal saudí Aramco el patrocinio más lucrativo de su historia, valorado en más de 100 millones de dólares anuales. Aramco es, según las bases de datos de grandes emisores, el mayor productor de petróleo del mundo y la mayor fuente corporativa de gases de efecto invernadero del planeta. El contrato se cerró apenas unos meses antes de que se confirmara a Arabia Saudí como sede del Mundial 2034. Amnistía Internacional denunció la operación como un claro caso de sportswashing: emplear el deporte para lavar la imagen de regímenes y empresas cuestionadas. Para Vidal, “el fútbol es hoy la lavadora de reputación más eficiente que existe, precisamente por esos miles de millones de miradas que lo ven a la vez”.
Según el informe de Environment Defense Fan citado por Vidal, el actual Mundial repartido en tres países y 16 sedes generará más de 9 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, la mayor huella de carbono de la historia de los torneos, casi el doble que la de Qatar. El principal responsable son los vuelos. “El evento que se vende como la fiesta de la humanidad es también uno de los más contaminantes jamás organizados”, remata.
¿Quién paga la fiesta? El aficionado como producto
A diferencia de Qatar, donde se levantaron estadios desde cero, en 2026 se utilizan recintos ya existentes, muchos en manos de franquicias privadas muy ricas. Esta circunstancia, según Vidal, traslada el centro de gravedad económico hacia unos pocos propietarios y sus patrocinadores, mientras que las ciudades anfitrionas asumen los costes de seguridad, transporte y servicios públicos sin apenas tocar los ingresos del evento. “Los beneficios suben —FIFA, fondos, dueños—, pero los costes bajan: el contribuyente, el aficionado que paga un abono cada vez más caro, la ciudad que pone la policía. La pasión la ponemos nosotros; el beneficio se lo llevan ellos”.
En este esquema, el espectador no es el cliente sino el producto que se vende a los anunciantes y, al mismo tiempo, “el alma que se le presta a quien quiere lavar la suya”, apunta Vidal. La maquinaria audiovisual funciona porque la emoción es genuina, pero el negocio lleva décadas confundiendo a propósito el juego y la cuenta de resultados.
Separar el juego del negocio
Lejos de pedir que se apague el televisor, Vidal invita a vivir la pasión con consciencia: “Mientras lo ves, debes saber lo que estás viendo; detrás de cada plano cuidado, de cada repetición, hay una maquinaria que ha calculado tu atención con la misma frialdad con la que se calcula un barril de petróleo”. Saberlo, sostiene, no rebaja lo que sientes pero te permite separar el juego que es del negocio que nunca lo fue. Y, con ironía, cierra deseando suerte a España, que debutó empatando con Cabo Verde: “Esperemos que nos vaya mejor en los próximos partidos”.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube.






