El Banco Central Europeo (BCE) ha vuelto a apretar el freno. En su reunión del 11 de junio, el Consejo de Gobierno decidió una subida de 25 puntos básicos que sitúa la tasa de referencia en el 2,25%, un nivel que no se veía desde abril de 2025. Es el primer gran banco central del G7 que encarece el precio del dinero como respuesta directa a la guerra de Irán y al cierre del estrecho de Ormuz.
Christine Lagarde fue clara: ‘No estamos en la situación en la que podemos dejar correr este shock’. La presidenta del BCE subrayó que la subida es ‘una señal’ y algo ‘necesario ante la actual situación económica y la incertidumbre’. La decisión se tomó por unanimidad y no se debatió ninguna otra alternativa, según confirmó en rueda de prensa.
El detonante: la guerra en Irán y los precios de la energía
La guerra en Oriente Próximo ya está generando presiones inflacionistas palpables. Los precios de la energía se elevaron un 10% en abril y los expertos del BCE empiezan a ver traslados hacia otros productos. La inflación general de la eurozona se mantuvo en el 3,2% en mayo, pero la subyacente repuntó hasta el 2,9%, una señal de que el contagio va más allá de la factura energética.
En el comunicado oficial, la autoridad monetaria advierte de que ‘la guerra en Oriente Próximo está generando presiones inflacionistas y la decisión de aumentar los tipos de interés es adecuada en los diferentes escenarios que analizan la posible evolución de la perturbación’. El miedo no es nuevo: los bancos centrales temen que un shock energético sostenido acabe enquistándose en los salarios y los servicios, como ya ocurrió en 2021-2022.
En aquel episodio, la inflación llegó a superar el 10% y el BCE, que reaccionó tarde, tuvo que ejecutar una racha de subidas sin precedentes. Ahora, el objetivo es anticiparse a la espiral. Lagarde lo dejó claro: ‘Cuando la inflación se descontrola, cuesta mucho trabajo devolverla al objetivo del 2% que marca la estabilidad de precios’.
El BCE no quiere repetir el error de 2022. La memoria de aquel shock y el temor a un nuevo ciclo inflacionista fuera de control pesan más que cualquier modelo macroeconómico.
Proyecciones y el temor a un nuevo shock inflacionario
Las nuevas proyecciones macroeconómicas del BCE dibujan un panorama incómodo. En el escenario base, la inflación alcanzaría el 3% en 2026, el 2,3% en 2027 y el 2% en 2028. Son cuatro décimas más para este año y tres más para el próximo respecto a los cálculos de marzo. Es decir, los malos pronósticos se están materializando.
Además, los expertos han revisado al alza la inflación de 2026 y 2027 ‘debido a una senda más elevada de los precios de la energía, que se espera que se transmita en cierta medida a la inflación de los alimentos, los bienes y los servicios’, según recoge el comunicado. En el escenario más severo —que contempla una escalada de la guerra en Irán— la inflación podría dispararse hasta un pico del 5,3% en 2027.
Lagarde ha confirmado que la decisión se tomó de forma unánime. También insistió en que las expectativas de inflación a largo plazo siguen ancladas en el 2%, pero ‘tenemos una inflación que es demasiado alta para nuestros ciudadanos y para nuestro objetivo de estabilidad de precios. Estamos trabajando para revertir esa situación’.
La lección de 2022 y una apuesta arriesgada
Que el BCE haya sido el primero del G7 en subir tipos tras el estallido de la crisis de Irán no es casualidad. La eurozona es especialmente vulnerable a los choques energéticos y el recuerdo del retraso de 2021 planea sobre Fráncfort. En aquella ocasión, la institución tardó meses en reconocer que la inflación no era ‘transitoria’ y el coste en credibilidad fue alto.
Ahora actúa con apenas un 3,2% de inflación general. Algunos analistas consideran que la subida es preventiva y razonable, pero otros advierten del riesgo de frenar una economía europea que apenas crece. El Euríbor, que ya cotizaba la posibilidad de alzas, probablemente reaccionará al alza, encareciendo hipotecas y créditos empresariales.
El comunicado del BCE, consultado por esta redacción (disponible aquí), no ofrece pistas sobre el tamaño de los próximos movimientos. Lagarde se limitó a señalar que serán ‘cautos’. La clave estará en la evolución del conflicto en Irán y en si la inflación subyacente sigue subiendo en los próximos meses. De momento, el BCE ha lanzado un mensaje rotundo: no va a permitir que la guerra le robe el control de los precios.




