El consumidor estadounidense, ese motor infatigable que ha mantenido a flote el crecimiento global, empieza a mostrar grietas. Y no lo dice un observador cualquiera. Es JPMorgan, uno de los mayores bancos del mundo, el que acaba de encender las luces de alerta. Su último análisis es claro: el colchón que protegía a los hogares del impacto de la inflación se ha reducido a mínimos y el margen para seguir gastando sin consecuencias se agota rápidamente.
La tesis de partida es sencilla pero demoledora. Durante la pandemia, las transferencias masivas del Gobierno y la imposibilidad de consumir ciertos servicios engordaron un ahorro extra de varios billones de dólares. Ese dinero ha funcionado como un amortiguador frente a las subidas de precios de los últimos tres años. Ahora, según las estimaciones del banco, ese excedente está prácticamente agotado. Mientras, la deuda de las tarjetas de crédito se ha disparado hasta superar los 1,3 billones de dólares, un récord histórico que refleja que muchos hogares ya viven al filo.
El ahorro acumulado, punto de inflexión
El colchón del consumidor que dibuja JPMorgan no es una mera metáfora. Hace apenas un año, la Reserva Federal de San Luis estimaba que el exceso de ahorro acumulado tras la covid podía haber llegado a los 2,3 billones de dólares. Ese dinero permitió a las familias absorber los precios récord de la vivienda, la gasolina o la cesta de la compra sin recortar bruscamente sus patrones de consumo. Pero los datos más recientes sugieren que ese superávit se ha diluido a un ritmo más rápido de lo previsto, en parte porque la inflación subyacente se ha mantenido pegajosa por encima del 3 % a pesar de las alzas de tipos de la Fed.
La alerta de JPMorgan se sustenta en cifras del propio Federal Reserve Board: la tasa de ahorro personal ha caído por debajo del 3 % en los últimos meses, niveles solo vistos justo antes de la crisis de 2008. En paralelo, la morosidad en tarjetas de crédito sube al 3,9 %, la peor cifra desde 2012. La clave no está en que el consumidor haya dejado de gastar —sigue haciéndolo—, sino en que el fundamento de ese gasto es cada vez menos sólido.
Lectura directa para la bolsa y los tipos
La consecuencia más inmediata de un consumidor sin red de seguridad es la revisión a la baja de las previsiones de beneficios empresariales, especialmente en sectores como el consumo discrecional, el retail y la hostelería. No es casualidad que los principales fondos de inversión hayan empezado a rotar desde compañías que dependen directamente de la demanda interna estadounidense hacia aquellas con ingresos más diversificados geográficamente.
Tampoco se puede obviar el efecto de esta debilidad sobre el debate en la Reserva Federal. Un consumo más frío ayudaría a frenar la inflación, sí, pero al mismo tiempo eleva el riesgo de un aterrizaje forzoso. Los inversores que aún contaban con dos bajadas de tipos en 2026 pueden estar olvidando que la Fed necesita que el mercado laboral aguante al tiempo que la demanda cede. Una ecuación con demasiadas incógnitas.
El problema no es que los estadounidenses dejen de comprar, sino que lo hagan cuando ya no tengan capacidad de endeudarse un poco más.
La fragilidad del modelo basado en el consumo
Este episodio pone de manifiesto una característica estructural del modelo económico de EE.UU. que a menudo se pasa por alto. Un país donde el consumo representa el 68 % del PIB necesita mantener la ilusión de prosperidad incluso cuando los fundamentales flaquean. Y durante los últimos años, esa ilusión se ha sustentado sobre unos ahorros que ya no existen. La pregunta, por tanto, no es si el consumo se ralentizará, sino si la ralentización se convertirá en una contracción repentina que el mercado financiero —todavía en máximos— no está preparado para absorber.
Yo mismo he defendido que el poderío de los hogares estadounidenses sería la clave para que la economía evitase la recesión. Los datos que maneja JPMorgan me obligan a matizar esa postura. No estamos hablando de una pausa técnica en el gasto, sino de una posible fatiga acumulada después de dos años de inflación que la mayoría de sueldos no han compensado. Y cuando la confianza se rompe, los patrones de comportamiento de los consumidores cambian más rápido de lo que tardan los economistas en modelarlo.
Dejémoslo en un ‘ya veremos’.




