Cuando Otto von Bismarck diseñó el primer sistema de pensiones en 1889, la esperanza de vida apenas rozaba los 50 años. Hoy, sin embargo, superar los 80 es la norma en la mayoría de los países desarrollados. Michael Clinton, expresidente de Hearst Magazines y autor de ‘Longevity Nation’, lo resume con una frase demoledora: ‘la jubilación es un concepto artificial’. En una entrevista con La Vanguardia, este economista y corredor de maratones plantea que la longevidad ya no es solo un reto demográfico para las arcas públicas, sino también un nuevo y lucrativo sector empresarial.
El origen artificial de la jubilación: por qué el sistema se pensó para una vida más corta
Clinton recuerda en su libro que el actual modelo de retiro a los 65 o 67 años nació de la mano de los incipientes sistemas de seguridad social hace algo más de un siglo. “En aquella época, la esperanza de vida en Estados Unidos era de 62 años; en otros lugares, incluso menor”, explica. En aquel contexto, la jubilación cubría apenas un puñado de años. Ahora, sin embargo, quienes se retiran a los 67 pueden tener por delante dos décadas más de actividad y consumo. Un cambio que transforma de raíz las reglas del mercado laboral.
El exdirectivo editorial, que forma parte del Consejo Asesor del Centro de Longevidad de Stanford, sostiene que la necesidad de propósito, conexión y salud mental impulsa a millones de seniors a buscar nuevas formas de productividad. “No todo tiene que monetizarse —matiza—, pero la gente quiere seguir activa”. Ese impulso está dando lugar a un floreciente ecosistema de proyectos, emprendimientos y segundas carreras que, según Clinton, las empresas no deberían ignorar.
De la jubilación al ‘encore career’: cómo la longevidad crea un nuevo mercado laboral y de consumo
Los casos que cita el libro de Clinton ilustran una realidad ya palpable. Un piloto de United Airlines, obligado a retirarse a los 65, volvió a la universidad para convertirse en asesor financiero. Una mujer de más de 70 años empezó cursos de soldadura y a los 80 lanzó una empresa de esculturas metálicas. “Son ejemplos de las ‘encore careers’ —segundas profesiones con propósito— que están redibujando el mapa del talento”, señala el autor. Para las empresas, este fenómeno supone una cantera de experiencia difícil de replicar con perfiles jóvenes.
Más allá del empleo, el sector de la longevidad abre oportunidades de negocio millonarias en salud, ocio y formación. Un segmento de población que antes era invisible para el marketing ahora se perfila como un consumidor ávido de servicios que van desde los anillos inteligentes que monitorean el sueño hasta los retiros de bienestar activo.

“La creatividad y el movimiento son los grandes aliados de la longevidad productiva”, apunta Clinton, que subraya que el 75% de los factores que determinan cuánto vivimos está bajo nuestro control.
Análisis: la longevidad como palanca de empleo, una oportunidad que España aún no aprovecha
El debate que abre ‘Longevity Nation’ aterriza con fuerza en una economía como la española, donde la esperanza de vida supera los 83 años y el sistema de pensiones empieza a mostrar tensiones estructurales. Sin embargo, la tasa de empleo entre los mayores de 60 años sigue siendo baja, y las políticas de retención del talento senior brillan por su ausencia en en la mayoría de las compañías.
Empresas de sectores como los servicios financieros, la consultoría o la industria ya están experimentando con fórmulas de jubilación parcial, mentoría inversa y proyectos por objetivos. En España, iniciativas como los programas de ‘senior talent’ de algunas consultoras o los ‘hubs’ de emprendimiento plateado en Barcelona y Madrid empiezan a cambiar el paisaje, aunque de forma tímida. “La gran mayoría de las empresas españolas sigue anclada en la idea de que el talento senior está de salida”, reflexiona Clinton. Sin embargo, la evidencia apunta a que la experiencia y la estabilidad de este colectivo pueden ser un activo competitivo justo cuando la demografía aprieta.
El riesgo de no moverse es alto. Perder la oportunidad de comercializar productos y servicios dirigidos a la generación de los 60, 70 y 80 años equivale a renunciar a uno de los pocos nichos de consumo que aún no están saturados. Clinton ha puesto el foco en una verdad incómoda: la longevidad no espera, y los negocios que no se suban a este tren llegarán tarde.
La jubilación, tal y como la conocemos, se diseñó para una vida que ya no existe. Con 20 años extra de vitalidad por delante, toca reinventar el mercado.





