He analizado el último informe sobre el hambre en el mundo que acaba de publicar Naciones Unidas, y aunque la tendencia general es de mejora —en 2025 la desnutrición global se redujo por tercer año consecutivo— el dato que verdaderamente descoloca es otro: 2.690 millones de personas no pueden costear una dieta saludable. Dicho de otro modo, uno de cada tres habitantes del planeta carece de acceso económico a frutas, verduras, lácteos y otros alimentos que proporcionan los nutrientes esenciales. La cifra la arroja la edición anual del informe sobre seguridad alimentaria que coordinan cinco agencias de la ONU (FAO, FIDA, UNICEF, PMA y OMS) y que hoy se ha presentado en Roma.
Los datos clave del informe
El informe, que monitoriza el progreso hacia el Objetivo de Desarrollo Sostenible de hambre cero, revela varios puntos significativos:
- 2.690 millones de personas no pueden permitirse una dieta nutritiva en 2026, la tercera parte de la humanidad.
- La desnutrición descendió por tercer año consecutivo en 2025, un signo alentador pero que no oculta que el acceso a una alimentación de calidad sigue siendo un lujo para miles de millones.
- Las frutas, las verduras y los productos lácteos son los alimentos cuyo precio se ha disparado más, haciendo que la cesta de la compra saludable sea hoy inalcanzable incluso en países de renta media.
- Los expertos consideran que los esfuerzos necesarios para cumplir el objetivo de 2030 son “inmensos”, según la propia advertencia del documento.
“Harán falta esfuerzos inmensos para alcanzar el objetivo global de hambre cero en 2030”, advierte el informe de las cinco agencias de la ONU (FAO, FIDA, UNICEF, PMA y OMS).
Inflación, conflictos y el precio de comer bien
Lo que me resulta más preocupante de estos datos es que la inaccesibilidad a la dieta saludable no se concentra solo en los países más pobres. La combinación de una inflación alimentaria que ha superado al IPC general, los conflictos armados que interrumpen las cadenas de suministro y los fenómenos climáticos extremos ha encarecido productos frescos esenciales de forma casi universal. En muchas regiones, las familias están sustituyendo las frutas y verduras por carbohidratos baratos, lo que dispara la doble carga de malnutrición: obesidad y carencia de micronutrientes al mismo tiempo.
El informe subraya que las políticas actuales de apoyo agrícola y comercial no están orientadas a reducir el precio de los alimentos más nutritivos. Sin una intervención pública decidida —subsidios a la producción de frutas y hortalizas, reducción de barreras arancelarias a los lácteos, mejora de la logística en los corredores de alimentos—, la brecha no se cerrará. La UE, por ejemplo, cuenta con la nueva PAC y la estrategia Farm to Fork, pero los avances en accesibilidad económica son todavía tímidos.
🌍 El impacto en España y Europa
Aunque el informe se centra en la realidad global, sus conclusiones también interpelan a los países desarrollados. En la UE, la inflación de los alimentos frescos ha superado con creces la de otros productos durante los dos últimos años, y España no ha sido ajena a esa tendencia. A pesar de las medidas fiscales —como la rebaja del IVA a determinados productos básicos—, el coste de una dieta equilibrada sigue siendo un reto para los hogares con rentas más bajas. Los datos de consumo del panel del Ministerio de Agricultura muestran que la demanda de frutas y hortalizas ha caído, lo que sugiere que una parte de la población está recortando en los alimentos más nutritivos.
La advertencia de la ONU refuerza la urgencia de que Europa, y España en particular, refuercen sus políticas de seguridad alimentaria desde la óptica de la asequibilidad, no solo de la producción. El futuro del Euríbor y de los tipos de interés afecta poco a este grupo de población, pero la inflación en la cesta de la compra sí lo hace de manera directa y dolorosa.




