Apenas 150 euros separan la nómina de un fontanero oficial de la de un aprendiz sin cualificación. El dato, revelado por el fontanero y empresario Rubén Ariza, refleja una realidad que paraliza la incorporación de jóvenes al sector. La escasa diferencia salarial y el alto coste de contratar desaniman tanto a empresas como a trabajadores.
En una entrevista en el pódcast Sector Oficios, Ariza desgranó las cuentas que maneja una pequeña empresa de fontanería al incorporar a una persona. Según sus cálculos, un aprendiz cobra alrededor de 1.400 euros netos al mes. Un oficial cualificado apenas supera esa cifra en 150 euros. Una distancia demasiado corta para justificar años de formación.
El coste real de contratar a un aprendiz
Rubén Ariza, que empezó en el oficio con 16 años y hoy dirige una empresa con dos empleados, no se anda con rodeos. “Yo creo que se paga demasiado. Hay poca ayuda al empresario a la hora de contratar y eso afecta muchas veces al sueldo del trabajador”, explicó. El fontanero detalla que un aprendiz genera un coste bruto de 1.800 euros mensuales para la empresa, pero al trabajador le llegan menos de 1.500 euros netos tras las cotizaciones sociales.
La diferencia entre lo que paga el empresario y lo que recibe el empleado es uno de los puntos que más frustra a Rubén Ariza. “Oye, mira, tú cuestas esto y esto es lo que te llega, o sea, es que yo no me quedo ese dinero”, señaló en la entrevista. A su juicio, el sistema transmite una imagen distorsionada de quién se beneficia realmente del margen laboral.
Además, criticó el diseño de las ayudas a la contratación. Al contratar a su primer trabajador solicitó una subvención que nunca recibió porque “ya no hay fondos para la ayuda”. Y aunque las ayudas llegasen, advierte, el empresario sigue teniendo que adelantar los costes mes a mes, lo que hace que muchas pymes se lo piensen dos veces antes de ampliar plantilla.
La brecha salarial que desincentiva la formación

El punto más llamativo de la entrevista es la comparativa entre el sueldo de un ayudante y el de un oficial. “Un aprendiz, un ayudante está cobrando bruto 1.800 euros y de ahí se le quedan a él, sin contar seguridad social, no llega a 1.500”, afirmó. Después añadió: “Entre un aprendiz y un oficial, ¿cuánto hay de diferencia? 100, 150 euros”.
Esa diferencia de 150 euros mensuales no parece suficiente para convencer a un joven de que invierta tiempo en formarse como fontanero profesional. Ariza lo resume con claridad: si el retorno económico es casi el mismo desde el primer día, la motivación para adquirir una cualificación se diluye. Y sin cualificación, el oficio se devalúa.
“Entre un aprendiz y un oficial, ¿cuánto hay de diferencia? 100, 150 euros.”
El dilema del oficio: ¿quién forma si el margen no existe?
La experiencia de Rubén Ariza no es un caso aislado. El sector de los oficios tradicionales —fontanería, electricidad, carpintería— arrastra desde hace años un problema de relevo generacional que se explica, en gran medida, por la falta de incentivos económicos. Los jóvenes no ven en estos trabajos una progresión salarial atractiva, y los empresarios no encuentran margen para pagar más porque los costes laborales se comen cualquier holgura.
En este contexto, Ariza defiende que formar a nuevos profesionales es una inversión, no un gasto. “Yo soy más partidario de intentar hoy en día formar a la gente. Es una inversión”, declaró. Su empresa intenta compensar la baja diferencia salarial con condiciones laborales atractivas: jornada de 8 horas, salida a las 12 los viernes y pago de horas extra. “Eso cuesta mucho”, reconoce, pero cree que es la única manera de fidelizar a los trabajadores en un mercado donde la demanda de fontaneros supera con creces la oferta.
La ecuación es compleja. Si el coste laboral impide pagar sueldos más altos y las ayudas no llegan, el empresario se queda sin capacidad para formar aprendices. Y sin aprendices, el oficio envejece. La alternativa —no contratar y externalizar servicios— empuja a muchos profesionales hacia la economía sumergida o al pluriempleo, lo que precariza aún más el sector.
La reflexión final de Ariza es una llamada de atención: “Aquí no se echan más horas de las que pertenecen, echamos 8 horas, los viernes se van a las 12”. La frase revela que la calidad del empleo también es una estrategia de retención, pero admite que “cuesta mucho”. Mientras los márgenes empresariales sigan siendo tan estrechos y la diferencia salarial entre un aprendiz y un oficial se mida en poco más de cien euros, la brecha generacional en los oficios seguirá abierta.




