Nvidia rompe récords: invertirá 150.000 millones al año en Taiwán para fabricar chips de IA

El anuncio en Computex eleva la factura de semiconductores en la isla, que concentra el 90% de los chips avanzados. La apuesta de Jensen Huang contradice los planes de Washington para reindustrializar el sector y tensa la dependencia geoestratégica.

Nvidia invertirá 150.000 millones de dólares anuales en Taiwán, una cifra que contradice frontalmente los esfuerzos de Washington por reindustrializar el sector de los semiconductores en suelo estadounidense. El anuncio de Jensen Huang durante Computex 2026 refuerza la dependencia de la empresa más valiosa del mundo de la isla, cuyo control de la fabricación de chips avanzados alcanza el 90% del mercado global.

Claves de la operación

  • Inversión récord de 150.000 millones anuales Nvidia duplica su gasto en Taiwán en apenas un lustro, impulsada por una facturación trimestral de 81.600 millones de dólares.
  • Dependencia estratégica de TSMC La taiwanesa fabrica el 90% de los chips más avanzados del mundo y concentrará aún más la producción con la nueva supercomputadora Vera Rubin.
  • Choque geopolítico El movimiento tensa las relaciones con Estados Unidos, que presiona para reducir la dependencia de la isla, mientras Pekín mantiene sus pedidos multimillonario.

La paradoja de la rentabilidad frente a la reindustrialización

La decisión de Nvidia no es ideológica: es una cuestión de costes, plazos y capacidad. Taiwán produce el 90% de los semiconductores más avanzados del planeta, y TSMC acapara el 70% de esa cuota. La firma liderada por C.C. Wei tiene previsto invertir este año entre 52.000 y 56.000 millones de dólares, un ritmo de gasto que ninguna otra fundición puede igualar. Frente a ese músculo, las fábricas que TSMC está levantando en Arizona no estarán listas antes de 2028, y las de Japón y Alemania tampoco resolverán a corto plazo el desequilibrio geográfico.

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El propio Huang lo definió en Taipei con una claridad incómoda: “Taiwán es el epicentro de la revolución de la IA. Aquí se fabrican los chips y el empaquetado. Aquí se crean los sistemas”. Y ese ecosistema es lo que hace viable productos como Vera Rubin, un sistema que ensambla dos millones de piezas con 150 proveedores, casi todos taiwaneses. Trasladar esa cadena de suministro lleva una década y medio billón de dólares, como poco.

Cualquier empresa que aspire a liderar la inteligencia artificial tiene que pasar por Taipéi. Nvidia lo sabe y ha decidido construir su sede de I+D permanente, Constellation, en la capital taiwanesa, donde 4.000 ingenieros trabajarán a partir de 2030. No es un gasto, es una declaración de intenciones: la fábrica del mundo sigue estando en el Pacífico, no en el Valle del Silicio.

No es solo Nvidia. AMD sigue una estrategia similar, tejiendo alianzas con fabricantes taiwaneses como ASE, SPIL y Wiwynn para su plataforma de IA Helios, prevista para la segunda mitad de 2026. Los dos mayores diseñadores de chips de IA del mundo están atando su futuro a la isla, confirmando que Taiwán no es una opción táctica, sino un eslabón estratégico.

China, el cliente imposible y la amenaza latente

El papel de Pekín añade una capa de complejidad geopolítica todavía más delicada. A pesar de las restricciones comerciales, las empresas chinas han encargado en 2026 más de dos millones de unidades del chip H200 de Nvidia. La ruta de estos cargamentos a menudo se desvía por Japón para sortear los controles, según han detectado fuentes del sector. Washington prohíbe vender a su rival estratégico, pero el mercado tira con una fuerza imparable.

Esta contradicción —depender de una isla que China considera parte de su territorio para fabricar chips que el gigante asiático ansía pero no puede comprar libremente— es el alambre sobre el que camina Jensen Huang. Y lo hace sin red. Nvidia facturó 81.600 millones de dólares en el primer trimestre fiscal de 2026, un 85% más que un año antes, y obtuvo un beneficio de 58.300 millones, el triple. Con números así, la tentación de seguir exprimiendo la máquina taiwanesa es irresistible.

La IA no se juega en el diseño de un chip, sino en la capacidad de fabricarlo. Y esa capacidad, por ahora, solo existe en una isla de 24 millones de habitantes.

España y Europa ante el abismo de los semiconductores

La apuesta de Nvidia pone en evidencia la fragilidad europea. La UE ha diseñado la Chips Act con 43.000 millones de euros de inversión público-privada para duplicar su cuota de producción mundial hasta el 20% en 2030, pero los retrasos y la falta de grandes fundiciones lastran el plan. España, con el PERTE Chip, aspira a captar una parte de ese pastel y atraer una fábrica de vanguardia, pero los únicos proyectos avanzados en el continente —las plantas de TSMC en Dresde e Intel en Magdeburgo— están aún en fase inicial.

En este contexto, las grandes compañías españolas del IBEX 35, como Telefónica o Indra, seguirán dependiendo durante años de los centros de datos equipados con aceleradores fabricados en Taiwán. La transformación digital de sectores clave como las telecomunicaciones, la defensa o la automoción no tendrá verdadera autonomía estratégica mientras Europa no disponga de una capacidad de fabricación de chips comparable a la de TSMC. La “soberanía digital” es un eslogan vacío si los chips de IA salen todos del mismo puerto.

El movimiento de Nvidia no hace sino subrayar una realidad incómoda: la cadena de suministro de la próxima década se decidirá en el sudeste asiático. Europa corre el riesgo de convertirse en un mero consumidor de tecnología avanzada, en lugar de un actor con capacidad de producción propia. Y eso, en un mundo cada vez más fragmentado, es una condena a la irrelevancia.


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